La gloria de vivir tan libre donde hay tanto que sufrir: «Gaucho americano», de Nicolás Molina (2021)

Por Kevin Holmes

Lanzada este año en el prestigioso festival canadiense de cine de no ficción Hot Docs, el documental Gaucho americano, tercer largometraje del director chileno Nicolás Molina Los castores (2014), Flow (2018)- se estrenó en el país esta semana en la última edición de SANFIC, dentro de la sección de competencia internacional.

En su primera película ya había aparecido de manera tangencial la figura de los gauchos, retratados como unos de los enemigos de los dañinos castores que fueron introducidos y se propagaron sin control por toda la isla de Tierra del Fuego, pero en esta oportunidad lo que veremos es a un par de gauchos que son contratados para hacerse cargo de labores ganaderas en medio de otro territorio inmenso y solitario, en el corazón de Norteamérica. Igual que los cowboys, los gauchos han sido considerados por la cultura popular como unos héroes coloridos y valientes, así como trabajadores infatigables, una imagen que ha traspasado fronteras y les ha valido ser altamente considerados para realizar esas tareas en las temporadas que más se necesita mano de obra en Estados Unidos.

No dejan de ser potentes las similitudes que existen entre escenarios como los estados de Idaho o Wyoming y la Patagonia chilena, universos que podríamos considerar que existen en un tiempo suspendido; sin embargo, las diferencias son evidentes. En las Montañas Rocallosas hay lobos, osos y coyotes. Las texturas y colores del paisaje varían. Lo mismo pasa con el relieve. Y con el idioma. Las reglas del juego, en definitiva, son distintas. Para subrayar estas diferencias y las sensaciones de extrañamiento y de hazaña que experimentan los personajes, la película se vale de ciertas claves típicas del western, como el introducirnos a la historia mediante grandes planos generales que nos pierden en estos paisajes agrestes donde han ido fundiendo sus vidas unos pocos hombres, junto a sus perros y a sus caballos y, claro está, una infinidad de ovejas. En este ejercicio prima una cámara estática o con suaves movimientos que buscan expandir aun más esa inmensidad. Otro elemento característico del western que es posible identificar es la música, que aquí está a cargo de Ángel Parra y es usada en pocas ocasiones y con sutileza, pero ya esas cuerdas que acompañan a los créditos iniciales nos transportarán al imaginario fronterizo del «oeste».

Los protagonistas de esta historia son Joaquín y Víctor, dos gauchos que prácticamente no se encuentran durante el desarrollo de la película, desperdigados cada uno en sus obligaciones con el ganado en distintos sectores. Desde las primeras imágenes que se muestran de ellos, se puede ir atrapando ciertas pistas que señalan que ambos se hallan en procesos y actitudes distintas, aunque el trabajo sea el mismo. Joaquín (54) es presentado dentro de su tráiler cebando mate en silencio, con su tetera de «aluminios Yévenes» y un calendario de pared bien chileno de fondo. A Víctor (28), en cambio, lo encontramos entusiasmado en una tienda, probándose botas y sombreros de cowboy y haciendo un esfuerzo por entablar conversación con la vendedora.

Es con el correr del metraje que empiezan a florecer algunas situaciones incómodas que no llegan a zanjarse, o probablemente este documental ni siquiera hace el intento, pues se trata de una obra que mantiene un tono más observacional para dejar que sea el espectador quien vaya formulando y respondiendo sus propias preguntas, de acuerdo con sus experiencias personales y sus escalas de valores. Podrán surgir preguntas y cuestionamientos en torno a la conquista y la colonización, al hombre blanco y su forma de relacionarse con el entorno, al intento de controlar la naturaleza y la amenaza de un descontrol siempre latente, al trato y maltrato animal -como el ingenuo orgullo de Víctor al matar un puma que rondaba la zona-, a las condiciones laborales que se establecen en esa «tierra de nadie» y la dudosa camaradería de los patrones que por momentos se desvanece -coincidentemente, cuando aparecen mínimas grietas en su férreo control del ganado y el entorno.

Sin embargo, es evidente que el foco del retrato de estos gauchos está puesto en patentar la soledad que acarrea el oficio y en cómo esta soledad inherente a su estilo de vida se multiplica cuando se trasladan a un territorio ajeno. Para Víctor y -aun más- para Joaquín, existe una barrera idiomática que los aísla. Sin embargo, parece que no pudieran vivir de otra manera, en constante trashumancia. «Nadie ha salido de vacaciones, por los menos de los chilenos que han estado acá», «más vale aguantarse, si uno viene aquí a generar monedas nomás, la idea no es gastarlo acá, la idea es írtelo a gastar a Chile», «aquí hay que olvidarse de las mujeres, estamos cagados», «ya habrá tiempo, ya», son algunas de las frases con que otro de los gauchos, empleado hace más tiempo en el rancho, aconseja al joven Víctor. Queda claro que la migración estacional de estos hombres tiene un fin económico y que están dispuestos a sacrificar mucho por ello, pero revisando este fragmento de sus vidas, retratado con el punto de vista sereno y detallista que ya caracteriza al director Nicolás Molina, se hace ostensible que en ellos habita sobre todo un espíritu solitario e indomable. Ya lo advertía el gaucho Martín Fierro en estas inolvidables líneas:

«Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del Cielo,
no hago nido en este suelo
ande hay tanto que sufrir;
y naides me ha de seguir
cuando yo remunto el vuelo.»

Gaucho americano
Largometraje documental
75 minutos
Chile
Director: Nicolás Molina
Guión: Nicolás Molina, Paula López, Valentina Arango
Casa productora: Pequén Producciones
Producción: Josephine Schroeder
Producción ejecutiva: Marcela Santibáñez, Josephine Schroeder
Fotografía: Nicolás Molina
Montaje: Camila Mercadal
Sonido: Jorge Acevedo, Roberto Espinoza Música: Ángel Parra


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