“La fragmentación fue mi Beatrice”. Entrevista con Silviano Santiago

RevZculturalDesde la década del setenta, y por medio de una obra en la que se entrecruzan tanto la poesía como el ensayo, la ficción y la autobiografía –en definitiva, el arte y la vida–, Silviano Santiago (Formiga, 1936) ha venido construyendo uno de los aportes más relevantes al pensamiento crítico y literario latinoamericano durante el siglo pasado e inicios del presente.

Por Hugo Herrera

Dicha contribución significativa guarda en sus inicios un deseo de deconstruir la jerarquización de valores eurocentristas, impuesta por el proceso de occidentalización. Imposición que Silviano Santiago sintetiza en su ensayo “A pesar de dependiente, universal” (1980): “¿cómo reflexionar sobre nuestra inteligencia? Ningún discurso disciplinar podrá hacerlo por sí solo. En la Historia universal, somos explicados y destruidos, porque vivimos una ficción desde que hicieron de la historia europea nuestra historia. En la Antropología, somos constituidos y no explicados, ya que lo que es considerado superstición por la Historia, constituye la realidad concreta de nuestro pasado”. Su travesía de más de medio siglo le valió, en gran parte, el otorgamiento del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2014, entregado por la Universidad de Talca, pasando a convertirse en el primer brasileño que recibe este reconocimiento instaurado el año 2001. En el marco de este recibimiento, y en medio de sus vertiginosas actividades, pudimos sostener un diálogo con el autor, del cual ahora se presenta un extracto.

Dentro de su método crítico, usted asigna un lugar importante a lo que denomina la “genealogía de la forma”. De su propio trabajo se ha dicho que éste transita los bordes del ensayo, la ficción y la autobiografía. Por tanto, ¿cuál sería su particular “genealogía de la forma”?

Hay dos características muy importantes en mi trabajo. Por una parte yo soy una persona muy disciplinada en el sentido intelectual: yo busqué estudiar letras, hacer una maestría, un doctorado, enseñar, etcétera. Toda una posición disciplinada o disciplinaria, una línea formal muy fuerte que es la del profesor. Pero por otro lado, soy muy indisciplinado. Yo no me interesé inicialmente por la palabra, me interesé por la imagen. Cuando niño, con cinco o seis años viviendo en Formiga, una ciudad con treinta o treinta y cinco mil habitantes, me gustaba mucho leer comics e iba todas las noches al único cine de la ciudad. Y tanto los comics como las películas trataban de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, llevaba una vida provinciana de lo más aburrida, pero tenía una imaginación en fuego, por así decir, muy cosmopolita que no estaba ahí. Yo tenía una imaginación del afuera, de lo que pasaba en sitios que yo no conocía. Es decir, era todo un mundo que no era mi mundo y que me encantaba. Entonces yo creo que es por ahí que me gusta una cierta indisciplina en relación a lo real. Hay una visión muy realista, pragmática, concreta y hay otra que es casi la locura: querer vivir donde no se vive, querer pensar como no se piensa, querer salir, querer viajar, querer tener otras experiencias. Y eso no fue por medio de la palabra, sino por medio de la imagen. Pero a la palabra, yo no podía creerla muy disciplinada, entonces desde el principio de mis estudios literarios –que comenzaron el ’56 en la Facultad de Letras– nunca tomé las cosas como los profesores me decían. Yo siempre buscaba otra perspectiva y esa otra perspectiva no estaba en la literatura brasileña, de ahí mi interés por la literatura española y, sobre todo, por la francesa. Entonces me voy a estudiar francés con profesores franceses en Río de Janeiro y después voy a hacer el doctorado en literatura francesa en La Sorbonne, con una tesis sobre André Gide, porque descubrí un manuscrito de él en Río de Janeiro, el manuscrito de Les Faux-monnayeurs (Los monederos falsos). Entonces estamos hablando de una lucha muy fuerte, desde el punto de vista formal, entre lo disciplinado y lo indisciplinado. Quiero decir que fui un buen estudiante siempre y por otro lado fui muy indisciplinado en mi manera de pensar, de sentir, de escribir, porque yo no quería ser solo un profesor. Vuelvo a decir, entonces, que hay en mí una línea que es disciplinada y otra que es fragmentación: todo en mí es fragmentado. Mallarmé dijo “la destrucción fue mi Beatrice” y yo digo “la fragmentación fue mi Beatrice”.

libro ssantiago“Entre lugar”, “cosmopolitismo del pobre” y “descarrilamiento” son algunos de los conceptos que ha acuñado para pensar diversas instancias del proceso creativo. ¿Qué relación puede establecer entre ellos?

Es un gusto por un cierto anarquismo de pensamiento, no querer pensar como la gente cree que uno tiene que pensar. En el caso del “entre-lugar” es no pensar que se debe pensar la literatura brasileña o literatura latinoamericana o literatura africana, lo que sea, como quieren los europeos. Mis profesores querían que yo pensara la literatura francesa como francesa y la literatura brasileña como brasileña, en un marco donde con seguridad la literatura francesa era mucho más importante que la brasileña, porque se veía a la literatura brasileña como basada en influencias de tal autor francés o europeo.

Ahora, también hay una situación que es totalmente personal, que no tiene que ver mucho con la teoría pero en realidad sí, porque en mi modo de pensar hay una relación muy estrecha entre vida y pensamiento, y que es mi vida en una ciudad como Formiga, una vida muy solitaria. Era una vida entre dos cosas. Por una parte estaba mi familia, yo tengo once hermanos, y en mi familia hubo una pérdida muy fuerte, que nunca he trabajado, que es la pérdida de mi madre cuando yo tenía un año y medio. Entonces era un sufrimiento muy grande, una situación que yo no comprendía, no quería comprender y que me llevaba a pensar de una manera muy autodestructiva. Y por otro lado, una situación de un número de personas grande para una casa, que me llevaba a decir “tampoco quiero vivir con tanta gente”. Entonces el “entre” es eso también, es una situación de soledad. Una situación en la cual los referenciales son importantes, pero, simultáneamente, no tienen importancia. Y si no tienen importancia cómo dar sentido a esa cosa que dicen que no tiene importancia. Entonces es la manera como yo buscaba dar importancia a mi vida. Junto a esto está la idea de que siempre he sufrido golpes muy fuertes y momentos de ruptura existencial. La vida avanza así por medio de momentos de ruptura y en este sentido la imagen del “descarrilamiento” en muy importante. Yo me doy cuenta de que en ciertos momentos –y de ahí la fragmentación, la ruptura– no hay manera de querer conciliar las dos cosas. Pero las dos cosas existen y están en mí tanto antes del “descarrilamiento” como después. El problema es atarlas. Aunque no me interesa atarlas tampoco. Entonces son esas rupturas muy fuertes las que llevan a sentidos, a significados distintos del destino, del pasado, etc. Es una mirada que tampoco es futuro, es una mirada hacia el presente. Yo tengo que pensar lo que pasa ahora.

libro 2 ssantiagoY el “descarrilamiento” para mí es el accidente de la ruptura en el momento del accidente. Entonces hay que pensar el accidente. Me encanta cuando veo en la vida de un autor, de un personaje o en la historia intelectual de alguien ese momento en que yo detecto el “descarrilamiento”. Por ejemplo, es el momento en que Artaud viaja a México. ¿Por qué quiere viajar a México? Venía de publicar un libro importantísimo sobre teatro, El teatro y su doble, tenía una importancia como actor, como director, como todo, pero quiere viajar a México. Y entonces allí está el “descarrilamiento” que en el caso de Artaud es el desastre total. O, por ejemplo, en Em liberdade, que es la novela que escribí sobre Graciliano Ramos, sobre su periodo de cárcel y después su libertad, pero una libertad tonta, es decir, ¿qué puede fabricar esa libertad en términos de vida, en términos de familia, en términos profesionales? Nada. Es un hueco, tal como había un hueco en mi infancia, ubicado entre mi familia y la pérdida de la persona más importante de la familia, que es la madre. El “descarrilamiento” es también ese momento del hueco, del silencio, de la falta aparente de significación; un poco también de la soledad, de la tristeza, pero una soledad y una tristeza que tienen que ser productivas para que la persona no se autodestruya.

Ha dedicado muchos años de su labor intelectual a la crítica en medios de comunicación escritos. ¿Cuál es el valor que le da a este espacio y qué transformaciones de éste ha experimentado en el transcurso de su carrera?

Es doble. Por una parte, porque pagan (risas). Se paga o se pagaba muy bien en los periódicos y se paga hoy muy bien en los prefacios y cosas así. Entonces es una cuestión que uno busca hacer porque quiere y porque es necesario. Por otro lado, está el hecho de que yo fui crítico de cine antes de ser crítico de literatura. Para mí la crítica no fue una actividad sin lectores y me di cuenta joven, ya que empecé a escribir con 16-17 años, de que uno podía tener importancia. En esa época, ahora ya no, cuando uno decía que una película era muy mala la gente no la veía. O, al contrario, cuando uno decía que era muy buena sucedía que los primeros días no había espectadores y después la sala se llenaba. Hubo casos extraordinarios, por ejemplo, Hiroshima mon amour. Cuando llegó nadie sabía qué era y entonces los críticos empezaron a escribir sobre la película y se transformó en un éxito. Yo fui el primero en Brasil en escribir sobre Antonioni, sobre Cronaca di un amore. No era tan difundido el neorrealismo italiano en aquella época, pero como yo tenía formación francesa pude darme cuenta de que se trataba de una película sicológica. Antonioni no es tanto un neorrealista, o lo será en una que otra película, pero en esa, la gran película de él, en mi opinión, no lo era. Entonces a la gente no le interesó al comienzo y yo escribí tratando de hablar de cuestiones más de carácter sicológico, el uso del tiempo, creación de personajes y cosas así y sucede que luego fue un éxito. Entonces yo creo que la función de la crítica es muy importante; yo sé que es cada vez más pequeña, menor o reducida, pero es interesante si uno puede escribir para una revista o para un periódico, es bueno. En la televisión no. Yo digo que no a la televisión cuando me invitan porque muchas veces te graban media hora y luego te presentan cinco.

*Retrato de Santiago extraído de Revista Z Cultural web.

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