La crítica (teatral) en sus laberintos

Por Zavel Castro. Crítica y curadora de artes escénicas (México)
Ilustraciones: Said Galván 

Cansadas de navegar sin rumbo en el mar de conversaciones –en su mayoría irrelevantes- sobre el porvenir de las artes escénicas, en las cuales se incluye el ejercicio de la crítica teatral, la conversación entre Javier Ibacache y Federico Irazábal interrumpió el coro ecoico que insistía en las mismas ideas sobre la crítica, la mayoría de ellas inaplicables en el contexto actual, inútiles para la apertura de nuevos sentidos. Mientras el coro compartía con orgullo sus conclusiones sobre la función de la crítica  (recomendar, vender boletos, premiar lo mejor y lo peor del teatro), La Juguera Magazine ofreció una ocasión de placer y remanso para quienes creemos que la crítica posee una fuerza política latente capaz de reorganizar los modelos de pensamiento sobre las artes.

El título de la charla indica el propósito de este encuentro: provocar a las personas convidadas a repensar los supuestos. El laberinto es oscuro, múltiple y mutable, ofrece tantas salidas como recorridos posibles, en cada transformación de sus paredes y pasadizos propone nuevos temas sin perder de vista el objeto de deseo de los participantes, cada tema es una provocación para seguir pensando al finalizar la transmisión. Personalmente he caído gustosa en la trampa y este texto es una respuesta inicial al irresistible diálogo.

Los pasadizos oscuros

La incitación fue tan sencilla como seductora: escuchar los pensamientos de dos grandes referentes de la crítica latinoamericana. Sé que algunas participantes intuían, como yo, que la simple escucha bastaría para recuperar  o fortalecer el sentido de nuestro quehacer ¿Por qué escribimos? ¿Qué nos invita a pensar, interpretar y valorar las obras? Con este ímpetu nos adentramos al laberinto y los pasillos nos condujeron hacia las zonas oscuras del ejercicio, allí, donde subyacen las ideas, los discursos y las posibilidades de representación que no han sido iluminadas por el sistema, acaso porque su visibilización supondría una amenaza para la continuidad del esquema de poder que determina las funciones de la crítica.

Reconocer lo que el sistema ilumina es sencillo: las mismas ideas, las frases cansinas, la insistencia en una sola posibilidad. El poder determina qué es, cómo es y para qué puede servir el teatro y limita a reproducir sus sentencias, condicionando el ejercicio. Al colocarle una ortopedia le dificulta avanzar, mirar más lejos, comprender mejor.  Al estar limitada, durante la pandemia, la crítica no hizo más que obedecer las consignas que inmovilizaban el devenir del pensamiento respecto al teatro colocando dos grilletes al objeto: la corporalidad y la presencia.

Limitar es controlar. Algunos pensadores se aferraron a la única forma del teatro sobre el cual tenían –o creían tener- cierto control, habían establecido categorías, desarrollado discursos y ganado espacios ostentando sus fundamentos como verdades, pero el resto de las posibilidades se les escapaban de las manos, de ahí que fuera mejor para ellos rechazar las alternativas, de ahí el temor que les provoca el inasible y extraño mundo digital.

Así como redujeron las posibilidades del teatro a únicos modos de corporalidad y presencia, redujeron las funciones de la crítica a la recomendación irreflexiva, poco importaba que quien escribiera no tuviera mayores argumentos que sus criterios de gusto o sus dogmas académicos (para eso sirve el control del discurso), lo importante era simular que la crítica era una vía de salvación del teatro, que las críticas teníamos la responsabilidad y el honor de hacer que la gente le pusiera play a la transmisión de una obra y de asegurarnos que regresara al teatro analógico tan pronto como los espacios se reactivaran. Teníamos que apoyar el discurso de que la pandemia nos había impuesto un periodo de abstinencia y que estamos ávidas de volver al antiguo sistema, ese en el que podíamos fungir de jueces porque teníamos un séquito que agradecía nuestra asistencia. 

En los tiempos que corren no es necesario saber mucho sobre aquello que se califica. Swipe up, follow y “manita arriba”. Irazábal llama la atención sobre este sistema cuando señala que la crítica, en su sentido más profundo, más potente, y enriquecedor debe partir de la comprensión del contexto que posibilita la creación de una obra, de otro modo, cualquier veredicto es injusto. En caso de desconocer las condiciones de producción, bastaría con reconocer públicamente las limitaciones y pasar la palabra a alguien con mejor grado de comprensión, con esto la crítica podría comprenderse como un ejercicio puntual y honesto.

Contrario a lo que las redes sociales estimulan, podemos reservar nuestras opiniones de vez en cuando, más aún si estas opiniones pretenden resolver cuestiones como la calidad, pertinencia y valor de un objeto artístico.

He aquí dos paradojas: para que la crítica pueda saber más tiene que reconocer su ignorancia y para que su  voz trascienda tiene que guardar silencio de vez en cuando.

Un oráculo escondido

Ilustración: Said Galván

Las voces de los conversadores nos guían hacia el centro del laberinto, cuentan que hace tiempo en las calles de Santiago, Javier compartió con Federico la intuición de que el futuro de la crítica estaba en la gestión[1]. El poder de convicción de estas palabras fue tal que, tras meditarlas un tiempo, Federico “dio un volantazo” y cambió el rumbo de su trayectoria, aplicando sus conocimientos a la curaduría y programación, actividades que solicitan el conocimiento de algunas herramientas de gestión. El trabajo de Irazábal como director artístico del Festival Internacional de Buenos Aires ha sido tan significativo e inspirador que, como bien intuyó Ibacache, la curaduría, la gestión y la programación actualmente son percibidas como posibilidades de desarrollo y aplicación práctica de la mirada y pensamiento crítico.

El modelo de programación de Irazábal se sostiene en la comprensión de la crítica como una práctica que en lugar de concluir un problema, propone discusiones y habilita el diálogo, por ello, ha procurado tender puentes entre creadores y creadoras de distintas latitudes, así como entre creadores y creadoras con distintos públicos, desestabilizando la relación admirativa que situaba a algunas figuras sobre otras, ya fuera por su fama o prestigio o por la legitimación de sus funciones y por su  posición en la jerarquía establecida por el sistema artístico (hasta hace unos años se pensaba que el arte europeo era superior al latinoamericano y que las y los creadores eran más importantes que el público).[2] Jamás sabremos si la intuición de Ibacache es la respuesta al enigma sobre el futuro de la crítica, pero hay que reconocer la inspiración que provoca y la esperanza que alberga.

Un espacio compartido

Avanzamos -sin muchas ganas de salir-. En el camino nos encontramos con otras visitantes, entonces, caemos en cuenta de lo importante: no somos las únicas criaturas en el laberinto. Este descubrimiento revela otro sentido posible de la crítica, que a partir de un deseo compartido es capaz de crear comunidades.

A menudo se olvida que la crítica es una actividad destinada a la discusión pública, es decir, que da la oportunidad a las interesadas en determinado tipo de producción artística, como el teatro, de intercambiar puntos de vista. Sugiero no perder de vista esta característica que nos ayuda a comprender que toda crítica únicamente ofrece una interpretación posible sobre una obra, a partir de una perspectiva y de una idea particular sobre el teatro; esta comprensión de la crítica desmiente la autodesignación y legitimación de figuras autoritarias, que esperan que sus ideas o peor aún sus opiniones sean tomadas como ciertas e incuestionables, condicionando al resto a repetirlas y obedecerlas, haciéndole creer que con esto se convertirá en un espectador o espectadora “profesional”. Cuando la crítica se aparta del autoritarismo, representado por una institución, grupo o individuo, puede funcionar como una práctica de (micro) resistencia y como tal deberíamos defenderla quienes propugnamos su operatividad política.

Un campo de batalla

La noción de la crítica como práctica de resistencia nos obliga a preguntarnos contra qué resistimos. En este sentido, con el paso de los años, he afianzado la concepción de que la función de la crítica, ejercida como estrategia micropolítica, consiste en rebatir los discursos oficiales que  buscan debilitar la posibilidad de poner en crisis los modelos. Por cierto, en la charla Ibacache recuerda la relación de crítica y crisis, pero la nombra con el propósito de poner sobre la mesa la idea de que la crítica en sí misma se encuentra en estado crítico, próximo a la muerte, con lo cual Federico sonríe y recuerda que los discursos necrológicos (como los llama ese inconmensurable aporte para la reflexión sobre la crítica llamado Por una crítica deseante: de quién, para quién, qué, cómo) han acompañado a la práctica desde sus inicios, con lo cual podemos dimensionar su capacidad para resistir. 

En el centro se encuentra el minotauro persiguiendo su propia cola, en cuerpo presente, como tanto le gusta. Y mientras él repite esta faena, cada vez más desesperado, escapamos con un click. Nuestro cuerpo expandido nos permitía estar fuera y dentro, entrar y salir con libertad, conectarnos y desconectarnos sin necesidad de fingir. Estuvimos allí el tiempo justo sin necesidad de tocarnos, sin ponernos en riesgo. Recorrimos el laberinto con nuestro pensamiento emocionado, para encontrarlo sacudido y renovado al salir. Ha sido una charla ejemplar sobre el tipo de diálogos que la crítica puede provocar, incluso (?) en el laberinto digital.

Zavel Castro

Historiadora, crítica y curadora de teatro. Es cofundadora de la página de crítica y reflexión teatral “Aplaudir de Pie”,  asistente de coordinación del Seminario de Desarrollo de Públicos para las Artes Escénicas de Teatro UNAM, forma parte del programa de formación de públicos de Comunidad Cultura UNAM y del consejo curatorial del Encuentro Iberoamericano de Experimentación Dramatúrgica y Creación Escénica, TRANSDrama. Imparte charlas y talleres de crítica y apreciación teatral.


[1] Quiero llamar la atención sobre la mirada contemporánea de Javier Ibacache. Agamben conceptualizó este tempo como la facultad de “desconexión y desfasaje” atribuido a quien no coincide a la perfección con su época ni se adecua a sus pretensiones, y que debido a esta inadaptación y anacronismo es capaz de percibir con mayor claridad su propia era, pues al mismo tiempo que pertenece a esta, toma distancia para observar las condiciones de existencia con precisión. Agamben atribuía esta facultad a los poetas, afortunadamente hemos atestiguado que algunas miradas críticas, como la de Ibacache, también están cargadas de poesía.

[2] La decisión del establecimiento de un vínculo dialogal y el rechazo de la relación admirativa es un ejercicio político. Considero que el análisis de las estrategias políticas de programación merece un análisis extenso, que escapa de los intereses de este artículo.

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