La ciudad que nunca he oído

Con un megáfono en la mano, en medio de la ciudad de Nueva York, Sharon Hayes gritaba en 2007 algo que todas hemos oído en algún momento de nuestra vida: “El oído es el único orificio que no puede cerrarse!”[1]. A diferencia de la nariz, la boca, el ano, la vagina y el resto de pequeños y grandes agujeros de nuestro cuerpo, las orejas siempre están abiertas, queramos o no. El sonido es el único que penetra, que atraviesa, que invade nuestro cuerpo sin nuestro consentimiento. Y aunque esta afirmación parezca banal, por el momento no hemos inventado organismos, leyes ni contratos que protejan nuestros oídos de las violaciones sistemáticas de la tiranía mediática, los discursos conservadores o el habla totalitaria.

Desde el momento de formación en el desarrollo intrauterino, la oreja recibe un flujo constante de estímulos que canaliza a través del conducto auditivo hacia su centro de vigilancia, control y decisión. La refinada maquinaria del oído permite no sólo la recepción infinita sonidos, sino que posee también la capacidad de retenerlos, reproducirlos y archivarlos casi de manera inmediata, dependiendo de cómo haya sido entrenado a lo largo de su vida. Igual que en el resto de animales, y junto con el olfato, el oído dispone de un mecanismo de alerta que no se desactiva nunca. Escuchar es estar al acecho como el animal de Deleuze[2]

¿Cuál es la última canción que recuerdas? ¿Cómo suena tu calle? ¿Y tu cocina? ¿La casa de tus padres? ¿Qué está sonando ahora mismo? Canta el feliz cumpleaños por dentro. Detente en el segundo cumpleaños. Las notas que suenan sobre las vocales en ple-a forman lo que se llama en música una octava, la frecuencia de vibración de la primera e, multiplicada por dos. Estas reproduciendo una relación 2:1 de dos frecuencias que, en realidad, no estás oyendo. Que puedas escuchar “por dentro”, rebobinar, pararte y reproducir el sonido de forma ralentizada significa que gozas, ni que sea de forma latente, de memoria y pensamiento musicales. Éstos son los que te permiten pensar musicalmente no sólo los sonidos melódicos, sino otros: acordarte de las tablas de multiplicar, escuchar qué está sonando mientras lees, recordar los sonidos de tu calle, viajar y situarte en el espacio y en el tiempo en cualquier momento. El oído es una máquina del tiempo, un teletransportador, un sintetizador, un cassette, un archivo.

La audición está esencialmente ligada a la evaluación de la situación espacio-temporal, a la que el ser humano añade la vista y el animal el olfato. La escucha es el sentido propio del espacio y el tiempo, pues capta los grados de alejamiento y los retornos de la estimulación sonora[3]. Ocupo un territorio haciendo ruido y habito un espacio cuando tomo la palabra. El sonido y la escucha tienen una relación directa con la apropiación del espacio, pero también con sus disputas: el timbre programado del instituto de secundaria marca los estados cognitivos de los jóvenes estudiantes, pero también sus desplazamientos entre aulas y su distribución en el espacio.

En diálogo con Hanna Arendt a propósito de las expresiones del movimiento y las estrategias de toma y protección del espacio en la plaza Tahrir en 2011, Judith Butler demuestra como para que la política tenga lugar, no es suficiente la aparición de un cuerpo en un territorio (el parque, la calle, el banco, Wall Street), sino que es necesario que el fenómeno visual se convierta también en auditivo. El cuerpo debe oírse, debe ser registrado a través de la escucha[4]. El territorio, el espacio de seguridad y de defensa, es aquel a través del cual podemos captar la función política de la escucha. O dicho al revés, la escucha (en mayor medida que la vista!) es la que dibuja los límites de nuestros espacios de seguridad y defensa.

Desde Barcelona, y con la intención de preparar una investigación sobre territorios políticos para el programa de residencias del Festival Tsonami 2014, no tengo otra opción que recurrir a la visión virtual que me ofrecen las tecnologías de la información y la comunicación para imaginarme los límites de éstos territorios de seguridad, defensa y disputa de la ciudad de Valparaíso. Frente a la pantalla de mi ordenador, dejo caer el muñeco amarillo de Google Street View sobre la Avenida Errázuriz y me doy un paseo por el puerto. Como me ocurre en Barcelona, no veo el mar. Quizás no esté tan lejos, pienso.

A partir de esta proposición, No veo el mar, preparo la mochila y la grabadora para descubrir la ciudad de Valparaíso a través de la escucha de voces que hablen de luchas políticas, experiencias de vida subjetivas, procesos de transformación social y invisibilización de cuerpos que estén teniendo lugar actualmente. No veo el mar, pero puedo escuchar una ciudad que no conozco y unas gentes que nunca he oído.

[1] Sharon Hayes, I march in the parade of liberty but as long as I love you I am not free, audioperformance, Nueva York, 2007-2008.

[2] Gilles Deleuze, Abecedario, A de animal, París, 1988.

[3] Roland Barthes, Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos y voces. Paidós, 2009.

[4] Judith Butler, Cuerpos en alianza y la política de la calle. Revista Transverales, 2012. Traducción de Patricia Soley-Beltrán.

 

modul-dani-medina-web*Dani Medina, invitado Tsonami Arte Sonoro 2014

Su trabajo transita entre los campos de la educación musical, la investigación sonora militante y la organización comunitaria.

Se formó como pedagogo en la Escuela Superior de Música de Catalunya (ESMUC) y la Sibelius Akatemia de Helsinki, ampliando su campo de acción y reflexión artística, educativa y política en el Programa de Estudios Independientes del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) con Beatriz Preciado y Marcelo Expósito.

Su trabajo en el ámbito de la investigación y la producción artística incluye experiencias entorno a la pedagogía crítica radical, el feminismo queer, las prácticas sonoras activistas y la activación de espacios de politización de la escucha. Ha participado en el Festival quEAR Berlin 2013 y en el programa de residencias en institutos de secundaria Bòlit Mentor de Bòlit, Centro de Arte Contemporáneo de Girona.

Su perfil híbrido como músico, educador, investigador y activista le ha llevado a reflexionar entorno al carácter social del oído y la potencia revolucionaria de la experimentación sonora en procesos colectivos.

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