Kutral, artista mapuche: “La familia nuclear es una réplica del Estado castrador”

Francisco Vargas Huaiquimilla (30 años) creció en el campo, en tierras Mapuche del sur o Willi Mapu. De pequeño soñó con ciudades nocturnas: sensuales, marica y desbordadas. De adulto sus recuerdos lo devuelven a los árboles y al fuego. De ese bosque urbano surge su obra hecha de nudes, libros experimentales, fotografías y performances. Un edificio de memorias camp y sensibilidades tatuadas en el cuerpo. 

Foto de M.R.F, 2020. 

Francisco zurce. Zurce su ropa americana, zurce la memoria. Tiene manos inquietas que fabrican libros como objetos. En vez de Nike escribe Ñuke (madre en Mapuzugun) sobre prendas que luego vende. Kutral, como le llaman en la escena artística, es pura intensidad. Se obsesiona con lo que le atrae sea una idea, una obra, una vida. Así, desde hace diez años, ha ido armando su perfil de artista sin pasar por las aulas universitarias, con el pulso de sus manos zuciéndose a sí mismx. 

En esta entrevista hacemos un recorrido testimonial, poético, político y sensorial por sus obras. Puedes ver parte de sus acciones de arte en el blog franciscovargashuaiquimilla.blogspot.com y en su insta @franciscokutral.

“AÚN ARDO POR DENTRO”

¿Cómo ha sido tu experiencia del estallido social y, también, del estallido en medio de la pandemia?

-El estallido ha sido una experiencia extremadamente poética, épica y dolorosa. Un pueblo que se alza contra lo establecido. Cuerpos perdiendo la visión, ciudades que arden desde muy dentro de cada vida. Un país que es una cicatriz tan grande en el mapa, que Abya Yala se estremece

Se siente el dolor como también una renovadora forma de pensar lo colectivo. Intensos procesos de solidaridad, pensar el espacio público y debatir lo privado. Pensar y renombrar los sitios, las plazas, nuestros nombres, me abre un halo de esperanza para quiénes son los más abatidos por este sistema que nos atormenta, porque hemos edificado para nuestros hermanos, hermanas y hermanes la palabra dignidad.

La felicidad de poder ver la creatividad explosiva de cada persona desde las calles hasta la web, me hace cavilar que el arte está realmente en todas partes y que esa visibilidad que suelen poseer los artistas, en mi caso particular, no era necesaria y sólo debía entregarme con humildad a los devenires de la colectividad y sumergirme en procesos de autoconocimiento donde construir nuevos territorios. De este estallido lo que más hago es aprender de quiénes están entregando el cuerpo, como también de la memoria entregada por otros en períodos agitados de la historia.

No realicé ninguna obra personal con respecto al estallido porque aún ardo por dentro y no he tenido el tiempo de reflexionar detenidamente. Colaboré para amigues artistas que admiro mucho, como en la performance colectiva Duerme Tranquila de Valentina Inostroza y en apoyo técnico para la obra Geoglifo contemporáneo en el cerro Konünwenu de Temuco de Paula Pailamilla junto al colectivo Chiliweke. Estos meses he funcionado en pos de los afectos. 

“El 18 de octubre, el día del estallido, fue mi primera exposición de artes visuales en un museo en Santiago. Un evento a mis ojos inaugurado por el fuego. Llegué al museo entre el éxodo y una larga marcha de personas hacia un lugar que no podía dilucidar”.

Imaginé ese yo que deseó construir espacios para él y quienes le rodeaban, crear viajes por la noche de alguna capital. Al sentir eso cumplido una alegría repentina me abrazó. Al salir de la inauguración el fuego seguía ahí, la gente gritaba, celebraba, reía entre la incertidumbre y la energía de que algo grande estaba ocurriendo. El niño que soñó viajar estaba transitando hacia la energía más vital de una revolución.

Esa exposición colectiva fue Lawentuchefe, curada por Aliwen Muñoz en el Museo de Química y Farmacia de la Universidad de Chile, donde pude mostrar el trabajo que he ido realizando en colaboración con Fernando Lavoz llamado MallMapu. Y que espero continuar en colaboración con más artistas. 

Salir de Santiago en llamas para retornar a casa fue una larga lucha, entre lágrimas, el estruendo y el encuentro con amigos que me fueron dando el cariño y la contención que necesitaba. 

Eso es hermoso. ¿Y sobre la pandemia, cuáles han sido tus pensamientos?

-Nos vemos enfrentados a un cambio global de magnitud cinematográfica. Estamos a la par de las ficciones que hemos creado como humanidad, afrontamos un reflejo. Hollywood nos dio un imaginario de espectacularidad y caos. Es momento de desmantelarlo porque suele verse un futuro aún más injusto y poco prometedor. Será necesario más de un despertar, como si de Matrix se tratara y sin un salvador. Todos somos el cuerpo de la salvación, cada uno será protagonista de las historias que podamos reescribir desde ahora. Escribir es resistir. Escribir con todo el cuerpo y los cuerpos a disposición, esa es la respuesta.  

“El estallido nos hizo salir a las calles, la epidemia irnos adentro de nosotros, más dentro del cuerpo, a lo celular, al inicio de la vida, donde el miedo es gestionado por el poder, representado en el Estado y su fuerzas”.

La enfermedad, la pandemia se me muestra como un instrumento administrado por el poder que intenta neutralizar el movimiento de este nuevo cuerpo de la revolución que se estaba dando en los espacios del mundo. Habrá que poner atención a cómo guiar el movimiento, cuidar del cuerpo dentro de nuestras posibilidades, nutrirlo y prepararlo ágil e incrementar cada uno nuestras potencias, nuestras mejores formas para salir al encuentro de enfrentar los deseos opresivos de un sistema que no se detiene. 

También debemos pensar en la idea de hogar, ¿es vivible para todes una pandemia en el encierro? ¿Cuántos cuentan con hogar? Cuántos cuerpos no pueden estar en el mismo espacio donde son discriminados, hostigados, etcétera. ¡Si la familia nuclear es una réplica del estado castrador mismo! Cuando niño soñé muchas veces escapar de casa. ¿Qué ocurre con esos niños que no pueden escapar hacia ningún lugar? ¿Qué ocurre con los presos políticos mapuches, con la población penal, con los chicos que habitan el SENAME y los senames del mundo?


De la obra MallMapu. Fernando Lavoz

DESNUDAR LA MODA

Tu obra MallMapu mezcla la cultura “marquera” consumista, con palabras en mapuzugun tatuadas en tu piel y fotos “nude”. ¿Qué es lo que estás construyendo?

-Construyo un vestir de la memoria, la huella y su tiempo. MallMapu fue el encuentro con un camino de proponer usurpar los territorios de la palabra foránea con el mapuzungun. Hablas distintas en teoría, pero que dialogan en cuerpos como el mío o muchos champurrias. Wallmapu me sonaba a wall en inglés, una pared invisible que debía saltar. Hablo inglés desde hace años, pero no he podido integrar el chesungun a mi vida, sólo de manera escasa. 

Como ejercicio, mi compromiso fue escribir la piel, tatuarme las marcas que los centros de venta nos presentan pero esta vez falseadas, re-escritas, volcadas al absurdo. La moda se alimenta de nosotros y nosotros solemos vestir su hambre. También mi ejercicio es repensarnos.

“Leer los códigos de la moda puede ayudar a confeccionar la capucha que nos permita idear acciones contra el aparato represor, para ello hay que desnudarse y vestirnos con nuevas ideas, hechas con los retazos más brillantes de lo que nos quede.”

Ahí estamos muchos en medio, usando Nike para correr rápido de la yuta, como también para ir a una fiesta. La marca se hace cuerpo y en ese diálogo propongo reapropiar ese sello de tiempo, esa cicatriz diseñada y hablar con el público desde algo popular con lo que todos podemos relacionarnos en ciertos niveles.

No es la primera vez que trabajas con la moda y sus repercuciones menos aceptadas por la sociedad colonial-patriarcal. En tu primer libro, Factory (2016), relacionas las huelgas de hambre en las cárceles con el  mundo de las super modelos. Cuéntanos.

Factory fue un ejercicio de entender la belleza y la muerte caminando de la mano en este espacio del capitalismo, como la joya que sin sangre no brilla. Analicé los estados de lo bello y su precio. También descubrí la belleza en los espacios de lo distinto, eso que la luz vigilante aún no captura. Busqué salirme de la épica del relato externo que escribe a los artistas mapuche, como también el cuerpo que habitamos

Quería tomar lo banal, lo superfluo y darle tintes políticos, descubrir que todos los espacios pueden ser un campo de trabajo y análisis. Trabajé por azar en un recinto penitenciario y desde ahí, con los cuerpos en el encierro, comencé a entender los lenguajes de aquellos espacios. Pude pensar los cuerpos mapuches, bajo la reclusión criminal que nos da el Estado. Por ello Factory une el hambre, las huelgas, la muerte y el agenciamiento a una voz colectiva. 

La moda a veces refleja en ciertos cuerpos espectaculares lo más atroz de un sistema, lo demuestra en una complejidad y poética sin igual. Es imaginar una hermosa modelo famosa en la pasarela, vistiendo algo inalcanzable para una mayoría, envuelto en una luz y destello. Está bajo la luz de las cámaras, está expuesta, famélica, al borde de la enfermedad, sin embargo, luce y vende su ficción para ser reproducida en otros espacios y sistemas económicos. No existe un bien o un mal, es un transitar bajo el espectro del ojo del poder. 

Libro-objeto Factory, Fernando Lavoz, 2016

“El cuerpo mapuche está bajo la vigilancia, en un territorio para mí conceptualizado como Glammapu, “glam” como magia y destello, “mapu” la tierra de este fulgor”. 

Se sufre por ese destello de la cámara vigilante; poseemos las joyas por las cuales se nos quiere exterminar. Así en esta suma de elementos logro pensar a nuestros hermanos y autoridades ancestrales que hoy en día enfrentan el hambre como lucha y están dispuestos a todo incluso entregar el cuerpo mismo.

“LAS VIDAS RURALES TIENDEN A SER ROMANTIZADAS”

El fuego está presente en tu obra y en tu nombre artístico, Kutral. ¿Qué te sugiere el fuego, qué te recuerda, que representa, o qué cosas moviliza en ti?

-El fuego está presente en mi obra como una obsesión, por una marca, por su belleza y vida. El fuego no sólo destruye, también regenera, es parte de elementos vitales para el pueblo mapuche y pueblos alrededor del mundo. Es en el kütral [fuego] donde nos encontramos a pensar, dialogar en un fogón infinito con los procesos conscientes de estos planos, como también con estímulos distintos a la realidad cotidiana. 

Es una obsesión y marca porque desde niño observé su grandeza y destrucción, cómo en un acto puede quitar los cuerpos que amas. El colegio en el cuál viví y estudié se incendió al terminar mi enseñanza básica, antes de comenzar las clases del nuevo ciclo. Mi memoria se perdió ahí y me marcó para siempre, al igual que pensar en mi madre y hermano y otras personas quienes estaban y lograron escapar de las instalaciones del lugar cuando el fuego se apoderó de todo.

“El fuego moviliza muchas cosas en mí, es un motor de revoluciones y es con lo que nos cicatrizan y relacionan a nivel mediático e imaginario nacional al mapuche. Es el sinónimo del peligro y el terrorismo. Me apropio del fuego para hacer uso de ese insulto, porque la llama con la que naces no puede, ni debe ser apagada por otro más que tu propio ser y destino”. 

“Kütral” no sé si es mi nombre artístico, es más un rumor, una construcción colectiva con amigos, una lengua la cual suele susurrarme al oído cosas que me son reveladas en el sueño. Una marca con la que de a poco en el mundo del arte se me fue conociendo, algo con lo que vivir como las cicatrices que poseo.

¿Cómo surge el libro La edad de los árboles que publicaste en 2017, donde el fuego es protagonista? 

La edad de los árboles es un proyecto de largo aliento donde intento hacer una novela-performance, un guión para una serie de acciones de arte o, como las llamo, “Ejercicios de Memoria” motivado por la misma obsesión con el fuego, los incendios y las forestales. 

Surge por la forma en que observé mi propia migración campo-ciudad. Fue un proceso de investigación, preparación física y mental, a la vez, de redescubrir y reescribir mi historia y definir cómo quiero generar una memoria corporal, donde el cuerpo mismo hable. Pretendía autoficcionar la memoria que tenía de ciertos hechos significativos, como también vincularla con los hechos con los que se nos ha asociado a nosotros como nación: la quema de casas, los incendios forestales, los presos políticos.

“Siempre al escribir intento crear un entramado. Una costura de todas las historias. Pretendo vestir la escritura y que se revelen sus capas como un vestido hecho a mano”.

La edad de los árboles es parte de mi proyecto de obra total. Cada pieza está conectada de manera muy sutil. Por lo mismo en este libro intento un desborde, para ello el recurso del fuego y la biografía propia son elementos los cuales me dejaron en el lugar de fragilidad e incomodidad necesario para producir esta pieza y de todo lo que voy construyendo. 

Mi idea de trabajo en el arte hasta ahora tiene una fecha de caducidad. Llevo 10 años trabajando para crear las ideas que tenía desde la infancia. Quedan 10 años más para terminar de edificar cada pieza que me resta. Luego veré qué hago. Siempre he creído tanto en el desborde, como en fugar de las zonas de confort, por ello estoy en esa misión. Cuando tenga 40 quizás ya no tenga las mismas energías y deseos. Es parte también de asimilar nuestros procesos.

Obra homenaje a José Huenante “Amaneceres para ti”, 2017

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Ya hablaremos de los “Ejercicios de Memoria” que surgen de La edad de los árboles. Primero, quisiera ir a sus elementos de autobiografía, el libro es como un bildungsroman o novela de formación en clave “marica”. ¿Cómo fue tu infancia en San Juan de la Costa? ¿Cómo fue tu despertar erótico y sexual?

-He sentido que las vidas rurales tienden a ser romantizadas. En mi biografía no creo existe nada romántico y ni bello en vivir la precariedad, la falta de recursos, los oprobios de un estado y un sector de la sociedad por ser pobre, incluso sin yo vivir en un Lof o comunidad mapuche en sí. 

El campo es un lugar duro, en el cual las construcciones de cuerpo y personalidad nos llevan a experimentar de maneras creativas. Mi despertar erótico siempre fue una naturaleza indómita, no creo que ocurrió un salir del clóset en ese espacio, la ciudad me entrega esas nociones. Y tampoco comparto una salida de closet, si los pobres ni armarios solemos tener. 

“En el campo sólo era un ser sexual que disfrutaba de los paseos y los erotismos animales, los olores, las sensaciones y las zonas grises del deseo, lo erótico de las labores de los hombres que sudan en verano, nadar en los ríos, mezclado con el aroma de la bencina y el aserrín mojado de un árbol derrumbado”. 

Mi erotismo primigenio se desarrolló entre la pérdida del bosque y las labores del trabajo del cuerpo que suda su pobreza. La edad de los árboles es una novela de construcción, así como la casa que se grafica ahí. Está hecha de voces muertas, de árboles industriales, el fuego que desarma todo, una y otra vez en la circularidad infinita de los procesos de la naturaleza.

Ser un niño marica en el campo suele ser un desastre, como también puede llevar a ignorar ese cuerpo. En ese ignorar la delicadeza del niño maricón, en mi caso, se lo dejó libre de obrar. Desde niño tuve una personalidad que dejaba, creo, poco espacio para que importara cuáles fuesen mis preferencias. Siempre usé los vestidos de mi abuela, sus zapatos, sus abrigos. Siempre bailaba para quién estuviese en la casa, hacía pequeños espectáculos. Shows para mi propia soledad. Tenía claro que podía ser prohibido desear otros hombres, pero no conocí el castigo de ello, porque agencié mis deseos en tantas formas que no me basta con el ser marica. Fui un niño histriónico y ambiguo.

San Juan de la Costa es el espacio dónde descubrí lo que era la herida de vivir en un terreno que de a poco se iría secando. Es una comuna con gran precariedad y en mi tiempo, cuando inicié mi deseo por escribir, mi tía se acerca a la muerte, queda en coma. Desde aquello quiero registrar sus procesos de recuperación, ya que perdió su movilidad, a su hijo y siento que perdió mucho de su memoria. Pero siempre en su amor estuve presente, el cual nunca ha dejado de darme. Yo la escribo a ella, porque me enseñó las formas adecuadas de dirigir el lápiz cuando aún no entendía el poder de las palabras.

Leo un erotismo muy anclado en el territorio, quizás un erotismo lafkenche desde mi perspectiva wingka. ¿Hay una intención de sumarte a la literatura que erotiza el entorno como Alfonsina Storni y Roxana Miranda Rupailaf?

El erotismo es parte de mi quehacer y de como pienso el cuerpo mismo. En los ejemplos de autoras que das me hace sentido pensar el erotismo en la literatura desde otras posibilidades que no sean las grandes historias contadas por hombres “complejos” y conmocionados por el mundo. Siempre he sido cercano a la literatura escrita por cuerpos que no sean hombres, ya que sienten las relaciones del cuerpo y la erótica desde múltiples formas. 

De Roxana Miranda Rupailaf entendí mucho a través de su obra y siendo su alumno y amigo, entendí del potencial de los flujos. En su literatura aprendí a navegar por lo que el agua y su erótica significa, las aguas maternas, las aguas violentas. Sus aguas me llevaron a descubrir cómo sentir el lenguaje de la naturaleza y el bailar hasta caer en un éxtasis. La siento tan cercana, como una madre, una hermana, una cómplice que extraño a diario ahora en la distancia. Sin ella y muchas otras autoras no podría escribir con el gozo que lo hago ahora. La literatura de mujeres, al igual que bailar me enseñaron a gozar frente a lo adverso.

Las relaciones humanas  tienen ese contenido erótico que roza nuestros gestos, gestos mínimos y coquetos que rodean una sala, que abren un portal a pensar de manera amorosa todo lo que nos rodea. Un eros que se proyecta sobre las cosas y organismos para generar una relación de pasiones para descubrirlas en lo más interior. 

“LOS BOSQUES DE MI FRACTURA”

El libro también puede leerse como un relato humano-arbóreo sobre el efecto del extractivismo forestal en vidas bajo amenaza. ¿Cómo te ha afectado el extractivismo forestal a niveles íntimos y también colectivos?

-El extractivismo creo que cruza no sólo una zona específica y material, sino un todo. Por ejemplo, veamos Chile, una despiadada industria productora de materias primas que son exportadas a nivel material e inmaterial. San Juan de la Costa es la comuna que me dio la vida de alguna forma, ahí está mi kupalme, mi linaje y todo lo que significa mi raíz. 

Me estructuré como un árbol torcido y hermoso, al cual el fuego pudiese hacer crecer cada vez que fuese atacado por una llama maliciosa. Crecí porfiado, porque así dicen que somos los indios. He descubierto que el pewen o araucarias han generado resistencias a las quemas e incendios y me gustaría pensarme una vida así. 

San Juan de la Costa no tiene araucarias, tiene alerces de gran edad y también aún posee gente que es la memoria viva de la invasión y la sequía que existe ahí. En la adultez pude comprender que en otros territorios ocurre lo mismo que he visto en carne propia: como se producía el monocultivo y era plantando bajo un engaño solapado, el aprovechamiento de las empresas con comunidades de personas las cuales ven una opción de sobrevivencia en realizar esta plantación. 

“El escuchar a mis abuelos decir que estaban plantando un futuro para sus nietos… Es asfixiante pensar que a través del acto de plantar, estaban sembrando olvido, devastación y soledad”.

Estaban sembrando la madera con la que serían sepultados. Vivir en tierras secas y cercadas por estos árboles, que a niveles de otras regiones aún no se compara en magnitud, dejó una huella en mí. 

También recuerdo la dimensión del crecimiento de esos árboles, tan veloces en comparación a como yo crecía, tocarlos y ver como ensanchan, observar la perfección de su orden, un parche en la caótica naturaleza. En lo íntimo puedo pensar que los árboles son la materia con la que crecí, mis manos han rodeado su corteza y edad. Me siento un árbol o deseo serlo, con esa capacidad de comunicación tan distinta a la humana.

¿Qué imágenes se te presentan con la palabra “bosque”?

-Siempre me perfilé como un niño que deseaba la ciudad o que otros la deseaban para mí, para romper el círculo de la pobreza. También por ello escribo, porque en la blancura e inmensidad del papel construyo mis propios bosques donde vivir ahora. Me he autoexiliado para plantar mi propio bosque del recuerdo.

Ahora soy quien puede producir las naturalezas de ese niño que corría por el monte y buscaba perderse en el aroma húmedo de las hojas que se pudren y entregan vida a otros organismos. Ahora puedo yo mostrar los bosques de mi fractura.

Existo en la búsqueda de plantar mi propio bosque de ideas. El bosque es aún el lugar donde encuentro tranquilidad o el descontrol de mis agitaciones, es aún donde lloro y amo todo lo que me rodea, es donde los miedos quedan y el odio se va de mí. Es ahí donde escucho los elementos y puedo observar detenidamente cómo funciona el iltrofil mongen. La biodiversidad es un espacio posible de encuentro, es un lugar donde el mito, la magia y la ciencia se encuentran. 

“Mi cerebro es un bosque que en ciertos sectores está estructurado e iluminado como una vitrina industrial y en los demás predios es el caos perfecto donde todo es vida y lugares que sólo yo accedo a veces”. 

En los bosques y en el bosque de mi memoria me encuentro. Es un viaje y lugar de estudio a través del cuerpo. El bosque es el lugar secreto de mis sentidos, el bosque es la memoria viva de todos nuestros antepasados. Ahí me gusta ver los anillos formados, para leer el tiempo que han vivido e imaginar el que me tocará vivir, el bosque es mi oráculo. Un espejo vivo de lo que habita en mí. Cuando pienso en bosque, pienso en regalo, para cada uno un bosque tan rizomático que a través de las raíces en secreto nos susurramos un antiguo conocimiento, para cada uno un bosque, una nación donde buscas el agua que añoramos, por un derecho a alimentarnos y florecer.

Ahora sí, háblanos de las dos obras que surgen a partir del libro La edad de los árboles, Plantación y Cosechas.

Plantación es un video performance en el cual tatúo en mi espalda la marca de los balines de un peñi agredido por el aparato policial del Estado. Este trabajo lo realicé con la tatuadora Mapuche Kiyen Clavería Aguas y el fotógrafo Fernando Lavoz. El video fue editado por el editor de Pudú Ediciones. 

Pensé en una constelación sembrada en el cuerpo. Por ende, la espalda baleada es el espejo del cielo en nuestros lomos, una plantación de estrellas, signos que nos avisaban que tiempos como estos llegarían, pero que es posible desde la misma herida levantarse. Existen presagios en el cosmos y en fenómenos como los eclipses; la quila florida es el presagio de la hambruna.

Y el ejercicio performativo Cosechas es un trabajo de investigación sobre el cuerpo y el movimiento en espacios cerrados, las estructuras de los árboles y la madera. Es un estudio desde aproximaciones del artista visual Bruce Naumann, pasando por documentos y artículos de coreógrafos tales como Jerome Bel, entre otros. Y Alcances de Luis Eduardo Araneda bailarín y coreógrafo chileno, del cual me dediqué obsesivamente a ver material que existía en la web. Así como también tintes de lo que creó la Bauhaus en los movimientos en la danza contemporánea a nivel mundial. 

Todo eso sumado a lo que, creo, es la herencia del movimiento que se me otorga como cuerpo mapuche, un conocimiento que el cuerpo expresa por sí mismo, en acciones repetitivas hasta llegar a un éxtasis, un trance. En esta pieza colaboran conmigo dos artistas que admiro, Camila Huenchumil y Loreto Carrasco Buschmann.

Retrato de Francisco en la playa, foto de M.R.F, 2020.

“QUIERO QUE EL CUERPO DESAPAREZCA”

¿Qué significado tiene para ti escribir con un cuerpo Mapuche? Estoy pensando en la historia de intento de genocidio contra el pueblo Mapuche y el actual asedio por medio del capitalismo extractivo.  

-Tener esta corporalidad es un reto, intento tener consciencia de este cuerpo, como muchos otros cuerpos que coexisten a mi alrededor. No soy el único, tengo ciertas ventajas a mi favor. Ser varón o lucir hasta ahora como uno, es una de tantas ventajas frente a otros cuerpos bajo el asedio. Cuento con visibilidad por mi trabajo. Sin embargo, no siempre ha sido o es así. Y al escribir con este cuerpo Mapuche, al poder pensarme desde ahí y tener una posición política con respecto a lo que representa ese cuerpo propongo sumarme a las voces que han sido calladas, sumarme a ese grito y esa hambre de justicia. 

“Quiero que el cuerpo de tanto entregarlo desaparezca para producir esa colectividad tan anhelada, perder el cuerpo en el sentido de mimetizarse con la lucha y el ambiente, que el poder ya no sepa quién es quién”

Cada voz, cada gesto que un Mapuche hace en cualquier espacio es un aporte, el mío es muy pequeño en comparación a lo que otros hacen, pero en mi entrega quiero dar todo, porque estamos frente al riesgo del exterminio. Pienso en sentirse tan parte de todos los elementos que cuando algo se corta lo sientas. Que la consciencia del camino que es ser che (persona) sea la búsqueda última para nosotros. La extracción por ahora no se detendrá, por ende, nuestra opción es pensarnos como una maquinaria de fuerza, resistencia y, cómo dice Elicura [Chihuailaf], ternura. 

Los cuerpos mapuches resisten a pesar de todo y no es un discurso heroico de un pueblo guerrero, sino de la insistencia y la porfía de querer existir, porque es una filosofía de vida que nos entrega a buscar un camino que nos devuelva a un equilibrio.

“Tanta fiereza requiere de la sabiduría que nos da el contacto amoroso y un pueblo que sabe de dolor, sabe también de dar amor el doble, no desde la concepción cristiana sino de una conexión genuina con todos los elementos”.  

Han intentado extraer tanto de Wallmapu, nos robaron el querer la propia lengua, extrajeron recursos naturales, intentaron robarnos el amor propio e incluso se nos extrae de manera intelectual.  El extractivimo es tal que incluso la empresa Falabella se ha visto inmersa en un comercio de piezas de cultura mapuche y apropiación cultural. 

El capitalismo propone absorber cada elemento y hacerlo suyo hasta su último flujo, eso lo sabemos con certeza, lo interesante es lo que proponen los artistas y defensores de una cultura y lo que suceda con eso. Por lo mismo desde hace años mi obsesión ha recurrido a la moda y la publicidad, sus lenguajes y como a través de ellos poder leer los siguientes movimientos de la extracción.

Volviendo a la pandemia, entiendo muy bien que el poder gestiona y administra la enfermedad para debilitar ciertos territorios específicos. 

“No es coincidencia ni paranoia conspirativa que Temuco sea una de las zonas más afectadas en regiones por la enfermedad. Ha sido sitiada, empobrecida, mal alimentada de manera progresiva a través de los años. Las zonas mapuche corren un grave peligro, ya que el kimun está contenido en los cuerpos de riesgo, los mayores.” 

El equilibrio se ha roto y creo que viéndolo desde una perspectiva ancestral se puede leer como el capitalismo ha producido este quiebre, generando un mal contacto con los elementos de la naturaleza. No se puede pensar en la explotación de los territorios desde China hasta Chile si no existe un proceso de pensar que somos una cadena, un círculo en el cual es necesario mantenerse en equilibrio constante. La tierra no es nuestra, nosotros somos la tierra y si la tierra es devastada, nosotros somos eliminados. Cavar la propia tumba, al desgarrar cada pieza que nos rodea ha sido la práctica de este periodo de la historia.

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