Juan Salvador Tramoya: clown y pantomima

7Este martes 28 de enero a las 20 horas la Cía. La Mona Ilustre presentará en Valparaíso su pieza teatral “Juan Salvador Tramoya”, sumándose a la programación del  XIV versión del Festival Teatro Puerto Duoc UC. La función es gratuita  previo retiro de entradas en el Centro de Extensión Duoc UC (calle Blanco 997). Aquí una crítica teatral de un montaje que ya suma más de 40 funciones en Chile y Francia.

por Fabián Escalona para sangria.cl 

Juan Salvador es un tramoya, una de esas personas que quienes gustamos del teatro solemos no ver, cuyo trabajo consiste justamente en pasar inadvertido. Si su trabajo se nota, suele ser porque algo falló. En esta obra, la tercera de la internacionalmente premiada compañía La Mona Ilustre, justamente asistimos a la historia de un personaje que se mueve detrás de la escena, cuya única labor consiste en mantener impecable el camarín de un actor estelar, y lo hace con la pulcritud y perfeccionismo de quien ama su trabajo. Ni una sola pelusa puede contaminar el espacio del actor, ni un solo mosquito puede perturbar la paz de ese lugar, como si se tratara de un templo. Sin embargo entre medio de toda su dedicación vislumbramos el sueño oculto de este personaje adorable: sueña con la ovación de un público imaginario, sueña con los aplausos reservados para el divo que pronto llegará al camarín.

Desde los primeros pasos que Juan Salvador Tramoya da en la escena (el camarín del actor), vemos a un ser humano cautivante y entrañable, que pone en su quehacer toda su humanidad. Estremece, emociona, arranca risas y carcajadas su ternura, su mezcla de pulcritud y torpeza, pero poco a poco nos vamos adentrando en su mundo interior, asistimos a sus fantasías, somos cómplices de sus sueños, y a poco andar nos entregamos a su imaginación: las servilletas se vuelven palomas, los algodones que el actor usa para sacar su maquillaje se tornan granadas de mano, y así, sin más, de pronto estamos acompañando a Juan Salvador en un viaje espacial, donde una simple gotera se torna un mar del que debe salir nadando. De pronto como espectadores olvidamos donde partió todo esto, de donde vino tanta magia. Sólo podemos disfrutarlo.

El clown, la pantomima, el impecable uso de objetos simples, que en las manos del actor Diego Hinojosa cobran vida y profundidad poética, así como el increíble trabajo sonoro ejecutado por el mismo actor, constituyen el universo. Hinojosa construye un personaje chaplinesco, que a ratos recuerda a Mr. Bean, y en otros se acerca a Simon`s Cat (sé que es una animación, pero de verdad se acerca), pero de todas formas se inscribe en la tradición de los actores que hacen de su cuerpo una herramienta significante por sobre la palabra, que llevan su cuerpo a límites insospechados, sorprendentes.

5La cuidada dirección y una buena dramaturgia se reflejan en una gran interpretación, fina, delicada, cuidada hasta en los más mínimos detalles, evidenciando un gran trabajo de ensayos y creación, tanto dramática como visual, que recuerda en algo los primeros trabajos de la desaparecida compañía  “La Troppa” (además el diseñador escénico es Eduardo Jiménez, quien trabajó durante muchos años con esa compañía, y su mano también se nota). Todo esto se explica en gran medida gracias a que se trata de una compañía joven (tiene apenas cuatro años), pero que ha trabajado sistemáticamente en la búsqueda de un lenguaje escénico propio, desarrollando una propuesta estética que les pertenece, que les da identidad. Son un equipo, no sólo un grupo de actores reunidos para hacer una obra.

En lugar de tratar de seguir explicando la encantadora experiencia de ver una obra que reconecta al espectador con la simple belleza del teatro, es mejor hacer una recomendación: no se la pierda. Sin embargo aún se puede hacer un comentario final. Hoy por hoy pueden verse muchas obras de teatro que hablan de teatro, que se embarcan en una búsqueda estética del lenguaje dentro del lenguaje mismo (y cosas por el estilo). Pues bien, a pesar de la simpleza de Juan Salvador Tramoya, de su limpia construcción dramática sin grandes pretensiones, a ratos violenta los límites de la ficción, rebasa los marcos de la propia historia que cuenta, pero no lo hace construyendo un meta-texto (y cosas por el estilo). Lo hace como un simple juego de magia, lo hace emocionando al niño que duerme dentro de cada uno de nosotros, lo hace con los recursos que siempre han sido parte del teatro: el cuerpo, el juego y la ficción.

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