Intercambio de sonrisas en Patio Volantín

Desde Villa Alemana, Carolina Cárdenas vino a Valparaíso para experimentar la oferta artística de Patio Volantín. Y aquí escribió, lo que esa visita le dejó.

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Por Carolina Cárdenas

Subir por la Avenida Ecuador es un gran desafío para los que no somos buenos para hacer ejercicio, pero caminar con la lengua afuera vale la pena si nuestro destino es el Patio Volantín. Se siente un gran logro cuando se divisa una casa colorida de dos pisos con murales bellísimos, la que además cuenta con un estacionamiento, un patio y una escalera patrimonial. También se siente gran dicha cuando se confirma que es exactamente la dirección anhelada, Avenida Ecuador 378. Al entrar a la casa, uno se da cuenta altiro que es un lugar perfecto para compartir, disfrutar de música y de distintas actividades artísticas y culturales, entre las que se encuentran los “Talleres por trueque”. Éstos son oportunidades de formación en diversas áreas, tales como creación de máscaras, acrobacia en tela, yoga, cocina curativa, telar, entre otros talleres muy interesantes que se imparten a cambio de que llevemos ganas de aprender, buena onda, paciencia, compañerismo y algún material, alimento, servicio, conocimiento o cualquier cosa que el profesor o la profesora del taller especifique como trueque.

En estos talleres no solo aprendemos y aplicamos lo aprendido, sino también podemos relajarnos en un ambiente cálido y hogareño lleno de lanas, telares, fotografías, mandalas, libros, materiales reciclables y gatos y perros dando vueltas por el lugar. Además, podemos disfrutar y compartir el exquisito pan amasado hecho en el Patio y un tecito con personas simples de distintas edades, ciudades, regiones y países, pues también vemos que los talleres se llenan de extranjeros ansiosos por aprender y de turistas nacionales e internacionales que no pueden evitar pasar por el Patio Volantín a fotografiar el espacio y a los participantes de los talleres justo en el momento en que están en plena acción.

Cuando finalizan los talleres, uno se da cuenta que definitivamente son una experiencia única, encuentros agradables y útiles para aprender, interactuar, experimentar, cuestionar, criticar, conocer, escuchar, crear, hacer y compartir, pero lo más importante: sonreír a cambio de todo tipo de aprendizaje que se pueda adquirir gracias a la facilidad de estar en un lugar donde uno puede sentirse como en casa y, además, ser parte de la gran familia de volantineros.

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