Hastío patrimonial

 

mena -

Por Paula Carvajal Craddock*

Vivo en un refugio arrinconado en un callejón del Cordillera desde donde debo salir todos los días a trabajar. Desde mis tres ventanas enrejadas puedo ver un escenario muy chileno, muy latinoamericano, aunque nos guste sentirnos europeos. A mi izquierda el museo Baburizza y el mirador lleno de fotógrafos, artistas, jóvenes estudiantes de humanidades que caminan parsimoniosamente, melancólicos con un ejemplar de “Las flores del mal” de Baudelaire en la mano, una libretita manchada con vino comprada a los artesanos de la Plaza Bellavista en la que han escrito un par de versos que luego subirán a su blog.

Más abajo está la calle Tomás Ramos y las eternas persecuciones de turistas y cogoteros. Un espectáculo sadomasoquista. Contemplando desde la altura, entre las rendijas que dejaron los planos imaginarios de una arquitectura improvisada, me regocijo en el sufrimiento de ver a los gringos detrás de los lanzas que corren a la velocidad de un galgo para escabullirse entre los muros y latas, los colchones meados que alguien ya desechó porque se compró el box spring en cuotas. Allí se pierden, en los lindes de Cordillera, Concepción o Cerro Alegre, no sé, nunca he sabido mucho sobre geografía porteña (hace un año y medio que los cerros porteños me recibieron, la misantropía y la virginitifobia desmesuradas no colaboran en mi erudición sobre el patrimonio cultural)–. En el horizonte desaparecen y estoica sigo contemplando los techos oxidados de las casas porteñas, los plásticos y las ropas tendidas que flamean igual que las banderas para el dieciocho, las paredes descascaradas, el adobe roído por el paso de las décadas, los muros agrietados por las impredecibles sacudidas de esta tierra infértil.

El trayecto para salir es bien simple: desde el final del pasaje caminas por un sendero de tierra embetunada de caca y enfrentas a los vecinos okupa, autosustentables y libertarios. Cuidadosamente los esquivas para subir dos escaloncitos en los que se sientan y toman cerveza Báltica. Un saludo y aprovechan esos veinte segundos para darte algún consejo sobre la quema de basura y la autogestión, y afirmas y le dices que sí, que estás de acuerdo, ciertamente lo estás, pero no prestas mucha atención porque vas apurada para llegar a la pega, entonces creen que no te interesa el tema y musitan entre dientes que eres una maldita consumista esclava del imperio.

Luego, en el primer semáforo de la calle Castillo, otro personaje. Lo ves. Allí está para protegerte, tieso como un poste, efigie de la seguridad, casi un púber a quien recién se le están asomando los bigotes. Un carabinero entrenado en pocos meses para permanecer a diario lánguidas horas de pie, con temple serio mira de reojo a las colegialas que vienen subiendo del liceo de jumper acortado por una gruesa basta zurcida con hilo blanco. Ese carabinero es un adolescente que mientras mira a las estudiantes debe también estar atento para advertir del peligro a los turistas que llegan en oleadas a recorrer el variopinto Puerto, con sus Nikon y sus Canon colgando en el pecho.

Y ahora ¿cómo bajar el cerro? ¿ascensor o escalera? Cuentas con unos segundos para tomar la decisión. El ascensor casi siempre está cerrado y cuando está abierto se demora en partir. A veces se llena y huele a fierro. A la escalera no hay que esperarla, se baja al ritmo deseado. La mayoría de las veces es tranquila y por ahí se movilizan los vecinos. Esa anciana que evita tomar el ascensor para ahorrarse los cien pesos. Ese otro que prefiere bajar lentamente la empinada escalera y saludar a los transeúntes para así, escalón tras escalón, cazar una víctima y contarle sus fábulas seniles. Eso si tiene suerte y no le toca en la mitad de la escalera estudiantes o cesantes agrupados que necesitan tomarse una pilsener y fumarse un porrito. Te cagas de miedo. Imaginas que te van a acosar, violar, en el mejor de los casos, asaltar.

Miras los colectivos que pasan llenos, la gente en la escalera, el ascensor cerrado.

Una vez en el Plan, hay que tomar la micro. Es lunes y vas atrasada a la pega. El trayecto es siempre igual. Un rito impostergable. Las que recorren las avenidas Pedro Montt, Errázuriz o Colón difieren solo en el destino. Todos los vapores se mezclan, huelen a humedad, a desodorante y mentitas. Adentro se ven autómatas encandilados con sus celulares ignorando al drogadicto rehabilitado que ofrece láminas educativas recortables. A ellos, a los infectados con VIH, a los alcohólicos y a los ex reos nadie los contrata y su única opción es vender en la locomoción. Pero en la micro nadie presta atención, optan por la indolencia, la conversación del WhatsApp o deslizan incansablemente el inicio del Facebook mirando fugazmente lo que un algoritmo dedujo que debía ser interesante.

Continuamos el trayecto con los ojos cansados, las pieles grises, las ropas opacas, apelotonadas, las suelas gastadas, proyectando una melancolía tan propia del chileno, como si viviéramos en un eterno luto amenizado por el son de la bota milica, aún cuando se suba un payaso y logre sacar un par de risas tímidas siempre hay quienes detestamos esas irrupciones artísticas.

Antes preferíamos el metro, más rápido y más pulcro que los fierros pegajosos de las micros. Pero los carnavales migraron también a los vagones y ahora sólo nos podemos conformar con que acá en la micro no haya penes dibujados en los asientos y con que no se suba un anciano o una embarazada a quien debas cederle el único asiento disponible, más por temor a ser víctima de una funa viral que por respeto a sus várices o a la devota tradición de sobrepoblar.

A tu izquierda una mujer que estornuda sin taparse la boca y a tu derecha una señora que no para de toser. Intentas cubrirte con la bufanda para que funcione como mascarilla. Aguantas la respiración porque en cada estornudo y cada tos, ves venir a ti millones de virus e infecciones, –la gripe porcina, la gripe aviar, el ébola, incluso el cáncer. No hay racionalidad que soporte tanta saliva ni vida que soporte tanto pesimismo. Falta tanto para que sea viernes.


*Licenciada en Lengua, Literatura y Educación. Participante del Taller de Escritura La Juguera Magazine

 

 

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