Hasta que la dignidad, realmente, se haga costumbre

Eduardo Bofill Chávez
Profesor Derecho Público – Universidad de Valparaíso

¡La hora sonó, la hora sonó! Cuarenta años después, sonó. El domingo 25 de octubre todas y todos podremos cambiar la forma en la que convivimos, con un simple lápiz BIC de color azul. El momento de decidir, por fin, llegó. 

Se suele definir a la Constitución como una estructura jurídica de la convivencia. Es un fenómeno jurídico, pero por sobre todo político, ya que impacta y determina la vida en sociedad. 

Dentro de la parte dogmática de una Constitución se encuentran los derechos fundamentales. Estos buscan asegurar y proteger la dignidad humana. Esta es la diferencia con el resto de los derechos. Si tenemos una serie de derechos fundamentales consagrados en la Constitución vigente, ¿por qué en Chile no hay una vida digna para todas y todos?

Al estudiar los derechos, y en general, cualquier norma de la Constitución no solo hay que fijarse en el texto. También hay que atender a la práctica política que se da a la norma. A modo de ejemplo, la propia Constitución vigente que asegura que “en Chile no hay persona ni grupo privilegiados”. Pero, sabemos que en la realidad, hay privilegios anclados en todas las esferas de nuestra convivencia. 

Los derechos sociales son un tipo de derecho fundamental. Aquí encontramos el derecho a la educación, salud, vivienda adecuada, seguridad social, alimentación, entre otros. Estamos hablando de esferas claves para el desarrollo de todas y todos. Una persona a la que se le niega la salud o educación, no podrá desarrollarse plenamente, de forma digna.

Sin embargo, en la Constitución vigente estos derechos tienen una consagración “de segunda clase”. El derecho a la alimentación y vivienda digna no se encuentran consagrados. La Constitución, derechamente, los omite.

Los otros mencionados, se encuentran en la Constitución pero tienen un estatuto normativo de menor protección. La práctica política que se da a estos derechos es aún peor. Típicamente se entregan al mercado, donde solo algunos los pueden costear. 

En Chile los derechos sociales se confunden con bienes de consumo, tal como afirmara Piñera el año 2011, a propósito de la educación. Esto socava toda la teoría de los derechos fundamentales. Algo que debiese ser universal, para todos, termina siendo un privilegio para los que pueden pagarlo. Y para los que no pueden, el Estado presta un servicio mínimo, que usualmente se confunde con caridad. 

Nada de esto responde a la condición de derechos fundamentales de los derechos sociales. Por lo mismo, la dignidad que estos garantizan llega solo a algunos. Esto termina segregando a los menos favorecidos. 

En pocos días más, tendremos la oportunidad de decidir si queremos mantener esta forma de convivir, que favorece a unos pocos y excluye a muchos; o si queremos abrir las puertas a un país diferente. Un Chile en el que la dignidad, realmente, se haga costumbre. ¡La hora sonó!

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