Hambre

Fotografía: Delight Lab
Por Francisca Rodríguez

Me siento privilegiada de poder amar la cocina. Disfrutar y sentir alegría al preparar platos. Con el tiempo, he llegado a considerarlo una suerte, un superpoder que me permite entregar a otros satisfacción y placer.

Mi madre, una mujer nacida en 1946, creció viendo la cocina como una habitación para los deberes. Aquí la comida más que una vía para el deleite era un mero medio para saciar el hambre. En su cocina, la cocina de mi abuela materna, no había espacio para el disfrute de quien cocinaba. La comida debía ser rica y apetitosa, sí, pero por sobre todo debía alimentar y saciar el hambre de más de una decena de comensales: marido, hijos, pensionistas y otras bocas ávidas del plato del día.

La cocina como espacio reclamado por muchas desde el sentido de posesión, territoriales en la defensa del a veces único lugar dentro de la casa que podían considerar de su propiedad (“no hagas desorden en MI cocina”). En hogares donde muchas mujeres carecen de ese cuarto propio del que Virginia Woolf nos habló, es la cocina el donde (de haber puerta) las mujeres podemos encerrarnos y entre ollas, trastos, sofritos, y verduras. Tener un momento a solas. A veces la compañía es la radio: oh, cuántas líneas escritas a punta de la nostalgia de la radio AM y la canción cebolla tarareada por la mamá o la abuela frente a una olla humeante. Otras, era una tele chica ubicada en un rincón, con Felipe Camiroaga -tan presente e inmortal en un calendario o en ese imán del refri- acompañando las mañanas. Pero la protagonista hasta hace poco tiempo solía ser siempre una mujer. 

Mis primeras aproximaciones a la cocina fueron en la cocina de mi madre. Me tocaba cocinar cuando ella no podía hacerlo por estar trabajando, preparando la comida de otros, limpiando cocinas ajenas. Fue una sorpresa descubrir que me gustaba cocinar. Y que los platos me quedaban tan o más ricos como a ella. Hasta que pude vivir sola no pude experimentar el acto de cocinar con libertad. Y hoy es una actividad que me proporciona tal nivel de satisfacción que me esmero todos los días en preparar cositas ricas. Un premio para mí solita.  

Hoy, desde la planificación para comprar los ingredientes en plena cuarentena, hasta los tiempos que dedicamos para la preparación y el disfrute de nuestra comida, cocinar parece ser una actividad mucho más consciente y valiosa. 

Masas madres, pasteles, pancitos y guisos reemplazaron en Instagram las fotos de carretes y paisajes veraniegos que llenaban los feeds antes de la pandemia. La cuarentena se alargó, las cifras de cesantía se dispararon y la brecha entre estas stories llenas de comidita rica, y las cocinas de El Bosque que gritaron “Hambre”, también. Y de nuevo abrimos los ojos a la desigualdad, a las despensas vacías, al paquete de tallarines que no alcanza a alimentar a cinco o a seis. A la mujer que tiene que escoger entre comprarse toallas higiénicas o un kilo de pan. A las abuelas y mamás que, como alguna vez mi abuela cocinó para mi mamá y sus hermanos, tenía que privilegiar saciar el apetito a darse un gustito.

Letreros de neón con el slogan “comida rica” a metros del rascacielos más grande de Santiago, platos de “la abuela”, cocina “de barrio”, animadores de televisión volviéndose meme por asaltar las ollas de las casas de todo Chile. Se gentrificó la comida casera y hasta la humilde sopaipilla ahora aparece en cócteles de matrimonios y otras fiestas del barrio alto.

Pero, pese a todo eso, siempre hubo hambre. Siempre hubo cocinas habitadas por mujeres, por obligación y necesidad. Siempre hubo ollas comunes. Siempre hubo cajas de mercadería entregadas por la municipalidad. Ahora las estamos mirando un poco más de cerca, aunque no faltará quien desvíe la mirada editando libros de “cocina de cuarentena”, o chefs que inviten a tomar 3 litros de agua a los pobres para evitar la sensación de hambre, y hacer durar dos semanas la famosa caja de mercadería que está entregando el gobierno.

La asociatividad es la única herramienta con la que contamos, una vez que nos despegamos de la ceguera del privilegio, y la rabia frente a esa realidad que muchos, simplemente, deciden no ver. Siendo conscientes de nuestro privilegio, sabiendo la historia detrás de los platos que preparamos y reconociendo las manos que anteriormente nos los prepararon –incluyendo otras etnias y nacionalidades– y nos enseñaron los secretos detrás de ellos. Reconociendo y estimulando la cooperación social de las ollas comunes, donando, participando en ellas, difundiendo sus labores. 

En la distancia de este encierro, hoy recuerdo los cariños de mi mamá. Sus manos ásperas. Su silencio y las canciones de la radio mientras ella se concentra rellenando con pino y aceitunas unas empanadas. El olor a comino y a cloro impregnado en su delantal. Y busco honrar esas manos s en todos los alimentos que ahora mis manos preparan, y que yo, en la soledad de mi cuarentena disfruto con orgullo.

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