Hacer el delicioso

Por: Viviana Ávila | Escritora, profesora de lengua castellana.

Cuando escribí mi tesis del magíster que se llamó, ambiciosamente: “Caracterización de los estereotipos sexuales en los adolescentes chilenos: un análisis de su comportamiento lingüístico” me interesé en investigar sobre el comportamiento sexual y el lenguaje. O, más simple: cómo los jóvenes hablan sobre la sexualidad. Precisamente me interesé en este tema, dadas las consideraciones negativas, sobre todo, que preexistían acerca las mujeres y su comportamiento sexual. 

Recuerdo que en mi cumpleaños de los 18 hice una fiesta en mi casa. Reinaba el perreo del reguetón old school gracias al  dvd que mi papá puso a reproducir con los mejores hits. Evidentemente, la fiesta había sido un éxito: los compañeros borrachos, el baile, el asado, el sudor, la casa llena y ¿la rusia pelá?

A eso de la mitad de la fiesta, se escuchó un barullo tremendo: “rusia pelá, rusia pelá”… ¿quién era esta chiquilla adolescente a la que le decían tal cosa? Al parecer, la amiga de alguien que la llevó. Bonita ella. Se había tomado la libertad (y quizás el privilegio) de pincharse a dos de mis compañeros durante el evento. Y a dos de los más guapos. Quedó como “la rusia pelá” Todo el año. Incluso no siendo mi compañera. Ni siquiera de colegio. Su sombra se extendió hasta que nos graduamos, mientras que al compañero que solía hacer lo mismo en más de algún carrete quedaba como el más prestigioso Donjuán. 

Mi colegio quedaba en Recoleta, en Av. México. Todos los días caminábamos con mis amigas hacia la Av. Independencia para tomar la micro y llegar a nuestras casas. Un día, caminando por la vereda de enfrente, iba la archi enemiga de mi amiga a quien un séquito de perros callejeros comenzó a seguir, porque una perra en celo la seguía a la vez: “la siguen los perros porque es una perra”, dijo (todo porque ella pololea con el niño que te gusta, pensé, aunque no lo dije).

Más vieja ya, y necesitando un objeto de estudio en el magíster, quería darle forma a esta idea sobre cómo la gente hablaba de las mujeres y de su comportamiento amoroso. Como estaba trabajando en el colegio, tenía ahí mismo a quienes podían responder a mis interrogantes, así que ya, hice mi investigación y ¿todo bien con los resultados? advertí un par de cosas, tales como las siguientes:

1. La sexualización de conductas que no son esencialmente sexuales: las categorías analizadas sobre ser desleal, ser mala madre/padre maquillarse mucho antes de salir se encuentran altamente sexualizadas dadas las palabras con las que atribuyen a estas 

2. Un alto uso de expresiones disfemísticas e insultos: de un total de 1184 palabras analizadas, un 91,14% corresponde a disfemismos o insultos , lo que evidencia que, cuando las/los/les adolescentes refieren al comportamiento sexual y amoroso, los campos semánticos a los que aluden cargan con una connotación negativa o peyorativa y es acá donde me quiero detener.

Hay palabras que refieren al comportamiento sexual y amoroso desde el campo semántico de los animales (muy común en el habla chilena), tales como vaca y pollo para los hombres y perra, zorra y potranca para las mujeres. Hay otros términos que aluden al campo semántico del género como arma ofensiva, como maricón, gay o travesti. Hay otros que refieren al de la temperatura, como caliente o calienta sopa, otros que aluden al campo de la capacidad cognitiva, como ahuevonado, estúpida, enferma, huevón, huevona, incapaz o pendeja. Y muchos otros, en su mayoría, los que aluden más directamente al ámbito sexual, tales como maraca, pelada, pelaisa, puta, fácil suelta, bellaca, buena para el pico, alpinista, etc.

A partir de la enumeración de palabras señaladas anteriormente, se puede concluir que las/los/les jóvenes, para aludir al comportamiento sexual y amoroso emplean palabras de connotación peyorativa y que, por lo tanto, el estereotipo sobre el comportamiento sexual liberal que se configura a partir de estas, también lo es, lo que evidencia una depreciación de su significado. Más en simple: cuando las/los/les jóvenes piensan en la sexualidad, esta tiene una connotación de sucia, de poco inteligente, de animal.

¿Por qué esta entrada se llama, entonces, “Hacer el delicioso”? pues bien, de un tiempo a esta parte, por redes sociales, se ha expandido este uso para referir al comportamiento sexual y amoroso. Más expresamente: a tener relaciones sexuales. Si nos ponemos a analizar la palabra “delicioso/a” (no les vamos a consultar a la Rae), evidentemente, carga con una connotación positiva, todo lo contrario respecto del análisis que veníamos haciendo atrás en este texto. Una comida deliciosa es un placer, por ejemplo. Una pintura es deliciosa si el arte mediante es fantástico. Lo delicioso es bueno.

Un uso correcto respecto del contexto en el que actualmente se está empleando  esta unidad fraseológica es, precisamente, “hacer el delicioso” y no “tener del delicioso” o “involucrarse deliciosamente” (veamos más adelante si se modifica o se mantiene). El verbo hacer implica una ejecución a través de la cual se ejerce un trabajo para el logro de una tarea (una tarea deliciosa). Por otra parte, la palabra “delicioso” está sustantivada, entonces, “el delicioso”, como forma nominal ya es inseparable de su determinante. Según mi amiga lingüista y tocaya, Vivi: “la derivación impropia del adjetivo produce la sustantivación”. Por otro lado, “Hacer el delicioso”, en términos semánticos, es bastante transparente, vale decir, ofrece a través de la conformación de sus elementos su significado (contraria a la unidad calienta sopa, más “opaca”, porque no es una mujer que pone a calentar sopas en el microondas, por ej.)

¿Implicará este nuevo uso lingüístico un cambio en la mirada respecto del comportamiento sexual y amoroso?, ¿estaremos enfrentando un cambio de paradigma respecto de la noción social acerca de las relaciones sexuales?. Yo, con lo optimista que soy, pienso que un poco sí. Un poco. Si evidenciamos los términos cochino, sucio, dirty, etc. para aludir al delicioso (jaja) encontramos una diferencia no solo abismal, sino que absolutamente contraria, pues la primera carga, como ya lo mencionamos, con una connotación negativa en la mayoría de los contextos en donde se ejercen estas palabras mientras que esta neo unidad fraseológica implica el placer y el goce. 

Podría, incluso, advertir la influencia de la educación popular feminista acerca del consentimiento, del placer y de la responsabilidad afectiva en estas nuevas formas, puesto que quitarle prejuicios al ejercicio de la sexualidad, abre horizontes a la educación sexual laica y responsablemente ejercida. Tan importante es este nuevo surgimiento para la sociedad, que me atrevería a decir que si, poco a poco, las personas van empleando términos menos peyorativos para aludir a la sexualidad (o si los peyorativos se van resignificando), las tasas de violencia de género disminuirían considerablemente, porque, en el fondo, el lenguaje es un reflejo de lo que somos.

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