Flash

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Ilustración de Augusto Gómez Fuentes

El sonido del teléfono me hace volver de a poco a la realidad. Me cuesta abrir los ojos: abro uno, saco el brazo fuera de la cama, tomo mi pequeña cartera de fiesta, no me cuesta encontrarlo. Una melodía familiar anuncia la llamada junto a la foto de un hombre rubio, muy rubio y muy sonriente, que espera mi respuesta.

Por Simona

Las imágenes, como cortos flashes, despiertan mi mente: me veo bailando y besando a un hombre moreno, muy moreno y, curiosamente, muy sonriente también.

Miro alrededor y me doy cuenta que no estoy en mi cama. El rubio aún espera que le conteste y yo aún no sé qué decir. Dejo que la música suene hasta empezar el buzón de voz.

Flash: el rubio, muy sonriente, me saluda entre millones de personas en el puerto, nos damos un abrazo. La gente lo empuja de un lado para otro, me río, nos besamos y subimos a una lancha entre varios amigos.

Un brazo me rodea por la cintura, interrumpiendo mis pensamientos. Me congelo pese al calor de esta mañana.

Arriba de la lancha, el rubio y yo miramos la bahía, tomamos champagne en copas, pero él ya no sonríe, ahora tiene cara triste y yo me aburro. Comienzan los fuegos artificiales, el muy rubio se va a un rincón, como si eso existiera en una lancha. Yo me aparto de él y voy a celebrar con los demás.

El brazo en mi cintura me atrae con fuerza hacia un cuerpo moreno, siento su erección entre los muslos, me acomodo. Quiero ganar tiempo, aunque mis pezones traicioneros responden al juego de sus dedos.

Flash: desembarcamos en el puerto habitado por miles de botellas, pelucas brillantes y silentes cornetas. El moreno y yo caminamos por las escaleras, no paramos de hablar y de reír. El muy rubio se ha marchado con su cesta llena de copas y tupperware vacíos; creo que hasta llevaba una radio para asegurarnos el momento exacto de las doce. El moreno, con las manos vacías, decide tomar la mía y nuestros dedos juegan anunciando una noche más bien traviesa.

En la cama, con la respiración agitada, decido girar mi cuerpo y abrazarlo, nos besamos y el contacto con su lengua hace que se mezclen la noche y el día. Lo beso en la escalera del Cerro Cárcel, en la fiesta y en su cama al mismo tiempo. Tomo las sábanas y las arrojo lejos, siento calor, me muevo y bailo sobre el cuerpo del moreno. Arqueo mi cuerpo mientras él besa mis pechos y toma firmemente mis caderas para mecerlas más rápido. Ambos aprovechamos el ritmo de mi teléfono que vuelve a sonar y así seguir celebrando el año nuevo.

Debajo de la cama, la imagen del rubio vuelve a brillar. En la foto del teléfono, el muy rubio sonríe.

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