Espacio Warhola: la épica de dos gestores culturales por rescatar la gloria del ex hotel Royal

Tras dos intentos fallidos por consolidar un espacio cultural multidisciplinario en el barrio puerto de Valparaíso, Sebastián Flores y Fernando González dieron en 2018 con el ex hotel Royal, un edificio que data de 1897 y que fue conocido como el más lujoso del Pacífico Sur. El futuro se veía auspicioso antes del 18 de octubre de 2019: habían logrado revivir el hall como espacio para espectáculos en vivo y el segundo y tercer nivel estaban ocupados por 150 artistas. Hoy solo quedan 3. La crisis social y la pandemia les jugó una mala pasada, pero los socios están más convencidos que nunca de seguir con el Espacio Cultural Warhola, que este 16 de noviembre vuelve a las pistas con talleres virtuales.

Por Beatriz Danitz

Las crónicas relatan que a finales del siglo XIX, quien viniese por viaje de negocios o placer desde Europa y pasando por el Cabo de Hornos, hacía una parada obligada en Valparaíso, donde el “Royal”, catalogado el mejor hotel del Pacífico Sur los esperaba. Ubicado en Esmeralda 1031, el edificio de cuatro pisos y 25 mil metros cuadrados, combinaba en dosis perfecta el lujo y la comodidad, con amplias habitaciones en la parte superior y ascensores que llegaban hasta un hall de entrada, con un comedor para 300 personas, donde se realizaban los llamados “Dinner Concert” dos veces por semana, y en ocasiones aún más especiales -como lo fue el centenario de la República en 1910- se ofrecía sopa de tortugas de Galápagos. El hotel contaba con peluquerías al interior, salón de billares, grifería europea en los baños y calefacción en todo el edificio.

Esos fueron los años dorados de la ciudad porteña, que casi sin competencia se alzó como el centro neurálgico de las rutas comerciales mundiales, acogiendo a gran cantidad de inmigrantes europeos y estadounidenses que le dieron un aire cosmopolita a la ciudad, lo que se tradujo en la construcción de lujosos hoteles y mansiones de estilo victoriano. Sin ir más lejos, el arquitecto detrás del Royal, Esteban Orlando Harrington, hijo del vicecónsul estadounidense William Harrington, levantó también el Hotel Reina Victoria, en Plaza Sotomayor; el Hotel Palace y el edificio de la Compañía Sudamericana de Vapores, ambas en calle Blanco, el edificio Astoreca y el Conjunto residencial de Parque Harrington, en Playa Ancha. 

Pero tiempos difíciles se avecinaban. Con la apertura del Canal de Panamá en 1914 -que acortó la ruta de navegación hacia Europa – y la invención del salitre sintético en Alemania que dinamitó la economía chilena, Valparaíso comenzó su lenta e inexorable decadencia, que se reflejó en el deterioro de aquellos apoteósicos inmuebles que con cada década se volvían verdaderos “estorbos” para el desarrollo de la ciudad debido a los altos costos de mantenimiento.

Más de un siglo después y con el hoy ex hotel Royal en franca ruina, dos entusiastas gestores culturales decidieron emprender su último rescate con la idea de convertirlo en un centro cultural autogestionado que ayudase también a refrescar la escena cultural porteña. “En 1945 el edificio se loteó primero en tres grandes partes y luego en muchísimas más donde distintos dueños han hecho todo tipo de cosas. Han funcionado bares y restaurantes, relojerías, casas comerciales y oficinas de auditoría. Hoy existe todavía una sede del Instituto Norteamericano y gendarmería tiene unas oficinas administrativas. Estos últimos ni siquiera lo reconocen como el ex hotel Royal, a su parte la rebautizaron como ‘edificio Bahía Quintil’, imagínate”, dice con algo de sorna Fernando González, uno de los socios del Espacio Cultural Warhola,  inaugurado en 2018 y que ocupa 3 mil metros cuadrados del histórico inmueble.

González y su socio, el sonidista Sebastián Flores, llegaron a él a través de un anuncio en el diario, luego de estar meses deambulando por Valparaíso en la búsqueda de un nuevo lugar que acogiera su proyecto cultural, frustrado dos veces antes por razones circunstanciales. 

El primer intento se ubicó en calle Cochrane, en el histórico edificio La Española. Allí, Flores, fundador del Espacio Cultural Warhola, ocupaba el segundo y tercer piso con salas de ensayo y grabación que fueron haciéndose conocidas en el circuito sobre todo porque en el primer piso funcionaba en paralelo el bar de música la Cantera. Así de forma orgánica, se armó un vínculo entre ambos proyectos, que acabaron abruptamente el 15 de mayo de 2016, cuando un incendio devoró todo el inmueble, dejándolo inhabilitado hasta hoy.

Flores no bajó los brazos y junto a su nuevo partner, Fernando González, ingeniero ambiental de formación, pero gestor cultural por pasión, iniciaron la  búsqueda de un nuevo lugar que terminarían hallando en otro histórico edificio de calle Serrano, pero que no prosperó. “Hubo negligencia de parte de los dueños. Lo cierto es que el lugar se llovía, tuvimos que abandonarlo porque la infraestructura no daba y empezar a buscar como locos un nuevo lugar, hasta que en el diario pillé el anuncio del ex hotel Royal que se arrendaba por 12 millones de pesos al mes, suma que simplemente no teníamos”, relata Fernando.

Fue en parte las ganas, el entusiasmo que ambos emanaban, pero sobre todo la reputación de incansables que ya se habían hecho a lo largo de esos años, lo que convenció al dueño, un privado que prefiere mantenerse anónimo y quien terminó rebajando el precio del arriendo del hotel por la promesa de que los arrendatarios se harían cargo de su restauración. Tras haberlo mantenido siete años cerrado deteriorándose, ahora tenía poco que perder. “Nuestra idea es aprovechar todo el potencial del inmueble que vuelva a lucir como una joya, pero eso requiere bastante dinero y paciencia”, explica Flores. “Cuando ya estuvimos más asentados en el edificio, nos empezamos a dar cuenta de todos los detalles que tenía. Lo primero que hicimos fue cambiar toda la red eléctrica por seguridad y sacar toda la tabiquería falsa, las malas intervenciones que se hicieron para volver a la arquitectura original”, agrega.

El caso del ex hotel Royal es sólo uno entre decenas de edificios en Valparaíso que corrieron similar suerte. “Hace unos 50 años atrás habían al menos 60 teatros funcionando, hoy nos tenemos que conformar con el Teatro Municipal de Valparaíso y con el Teatro Condell. Hubo una total destrucción; estos teatros son hoy supermercados, tiendas de retail, ferias chinas. Cada cierto tiempo aparecen personas anunciando que van a rescatar uno que otro, como pasó con el Teatro Mauri que se suponía la SCD iba a reabrir, pero ya han pasado seis años y aún no sucede nada, lo mismo con el Teatro Odeón. Están esperando que sea negocio seguro (salvo Teatro Odeón que son independientes igual que nosotros), y así acá no funcionan las cosas”, dice González.

Noches surrealistas en el Royal

“Autogestión y adaptación”, con esas dos palabras, Sebastián Flores define la impronta del Espacio Cultural Warhola. Esperar a que caiga un inversionista millonario del cielo que les permita reabrir un edificio 100% impecable, no es opción. “Nuestra experiencia ha sido ir paso a paso, financiando todo de a poco y abrirnos a las ideas y los aportes de muchos. Nosotros dos somos los pilares, pero alrededor hay mucha gente satélite apostando por el proyecto. Creemos que sólo haciendo operativo el ex Royal, es posible seguir manteniéndolo vivo”, plantea Flores.

Con esa mentalidad fue que a cinco meses de su apertura en agosto de 2018, el Espacio Warhola ya había logrado convocar a cerca de 3.500 personas, a diversos espectáculos culturales, entre ellos la inauguración del XII Festival de Arte Sonoro Tsonami. También, varias agrupaciones musicales locales -entre ellas Los peores de Chile, Rancio Rencor, Ocho Bolas o Pascuala Ilabaca y Fauna– vieron en el palaciego hall central un telón de fondo perfecto para sus videoclips y grabaciones en vivo.

Sin embargo, el espectáculo más recordado por la gente y que también llamó la atención de la prensa local fue el que se desarrolló en cuatro funciones durante enero de 2019. Cabaret Tóxico: la muerte de Edith Piaf, fue una performance teatral en vivo que reunió a un equipo de más de 25 personas y donde el público se transformaban en, literalmente, invitados a una cena en la que también eran testigos de una serie de situaciones surreales que combinaban la recreación de la antigua bohemia porteña, con la recitación de poemas de Pablo de Rockha, malabarismo en vivo, una bailarina de pole dance, un mimo vestido como botones del hotel, una artista de fuerza capilar -técnica en la que el cuerpo suspendido en el aire se sostiene solo del cabello- y para cerrar, Edith Piaf: la performance de un drag queen que encarna a la mítica cantante francesa.

@estararo

El autor del experimento teatral es Camilo Romero, actor, dramaturgo, payaso y con un magíster en literatura, quien venía de montar una sencilla obra en la que un solo actor interpretaba a 30 personajes. De pronto vio cómo se volteaba el esquema. “Fue una tremenda producción, donde todo fue super pensado, la iluminación, el sonido, la cena con mozos. Cobramos de entrada $16.500 y las cuatro funciones que hicimos se repletaron”, cuenta el director de la compañía Ignorante Teatro. “Yo ya había visto en bares la interpretación que hacía Joaquín Olave de Edith Piaf y por algún motivo, que no tiene ninguna referencia histórica real, me acordaba de él cuando iba a visitar el Royal, así se fue armando la historia. En el fondo el ejercicio fue dialogar con un espacio que viene cargado con una narración en sí mismo, el lugar habla por sí sólo”, agrega.

Según él, para la mayoría de los porteños el ex Hotel Royal estaba totalmente muerto antes de que se convirtiese en el Espacio Cultural Warhola. “Nadie lo tenía en el mapa. Sólo las generaciones mayores, de 60 años para arriba, saben que existió y lo reconocen como parte de la ciudad, pero muchos ni siquiera han entrado. Creo que no hay nada más atrevido que intentar pagar las cuentas de un lugar gigantesco como ese a través del fomento a la cultura. Y creo que porque eso mismo los chicos lo ven más como una oportunidad que como un cacho, y que a futuro puede tener mucho éxito. Es cosa de tiempo”, advierte.

En ese año que estuvieron funcionando, Espacio Cultural Warhola logró hacer vínculos colaborativos clave como con la carrera de Gestión en Turismo y Cultura de la Universidad de Valparaíso y la de Restauración de Bienes Patrimoniales del Duoc UC, esta última para que estudiantes puedan hacer sus talleres prácticos e investigaciones in situ en el edificio, que resultan en reales recuperaciones de molduras y matricerías. Además, sumado a los espectáculos en vivo y los arriendo del hall para grabaciones, los socios lograron formar un grupo de 30 artistas residentes -entre grupos de teatro, músicos, serigrafistas, vitralistas, arquitectos, gestores culturales- quienes transformaron las viejas habitaciones del hotel del segundo y tercer piso en sus talleres de trabajo. 

Sin embargo, aún quedaban obstáculos por venir. “Todo empezó a decaer luego del estallido social y se agudizó obviamente más con la pandemia. Hoy nos quedan solo tres residentes. Ha sido super duro porque realmente el espacio utiliza demasiados recursos, las cuentas básicas por sí solas son carísimas y no nos había permitido generar ahorros. Finalmente nos la jugamos por entero para postular al Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras, del Ministerio de las Culturas y lo ganamos. Eso nos va a permitir pagar el arriendo y sostener un programa cultural para este segundo semestre en modo virtual”, cuenta Fernando, sobre el fondo que recayó en otras 17 instituciones culturales de Valparaíso con un monto total de 300 millones de pesos.

Espacio Warhola se pone en pie

Pieza clave en esta nueva etapa de reinvención en modo pandemia ha sido Daniela Cubillos, administradora en Turismo y Cultura y una de las fundadoras de la oficina Econstruye, dedicada a la recuperación de infraestructura cultural. Hace dos años, al tanto que el ex hotel Royal estaba siendo convertido en el Espacio Cultural Warhola, Cubillos se acercó al lugar ofreciendo sus servicios. “Quisimos diseñar y postular a un proyecto de recuperación, pero debido a que la personalidad jurídica era joven no pudimos hacerlo. Este año sí pudimos, logrando adjudicarnos ese fondo y convirtiéndome parte del equipo de producción y coordinación general. Ahora logramos diseñar otro proyecto que vamos a presentar a la Ley de Donaciones Culturales”, cuenta Cubillos, quien tiene claras la metas a corto, mediano y largo plazo.

“Lo primero es adecuarse a la modalidad virtual con esta nueva programación y lograr rescatar a esa audiencia que ya se había fidelizado los tres primeros años. También queremos crear un nuevo público, sumando actividades dirigidas para tercera edad y escolares y a largo plazo, cuando podamos volver al formato presencial, lograr aumentar la cantidad de actividades que se realizaban en el espacio pre estallido social”, comenta.

El nuevo formato virtual del Espacio Warhola se realizará a partir de este 16 de noviembre y por todo diciembre y consta de cuatro talleres: Producción musical, con Charlie Checkz, productor, músico y compositor, Clínica musical: Del blues al punk con Klein y Jando Guzmán, músicos, Rutinas de clown para principiantes y Monólogos teatrales, impartido por Camilo Romero, el creador de La muerte de Edith Piaf.

También, tienen una convocatoria musical para bandas emergentes para realizar una producción audiovisual en el hall del ex hotel que además incluye un incentivo económico.

“Si lográramos en algún momento abrir durante la pandemia tenemos salas más pequeñas, como un microcine, donde podríamos realizar charlas, por ejemplo, u otras actividades con aforo más pequeño. Creo que somos lo suficientemente flexibles y estamos abiertos a todas las ideas que traigan los artistas para seguir haciendo funcionar este elefante blanco”, dice Sebastian Flores.

Sin duda, la creatividad y el empuje es lo que menos falta en la que aún es considerada la capital cultural de Chile y Patrimonio de la Humanidad. Como resume Fernando González: “Hay hartas ideas en Valparaíso y público para todas ellas, pero lo que sí falta son promotores que como en Santiago, donde se mueven todos los recursos, se dediquen a “vender” obras, hacer circular el trabajo y crear redes. A veces nos sentimos bastante solos intentando cumplir todos los roles para crear un ecosistema creativo sustentable y profesional”.

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