Escribir con los dientes sucios

Escribe e ilustra: Ronny Vega



En Temuko (sic), las noches de invierno son grises. Desde las cinco de la tarde comienza a espesar el humo y su punto álgido lo encuentra en la madrugada. La llovizna matutina disipa el smog que, con el pasar de las horas, se perderá en el vapor que sube a las nubes. La contaminación nos cae encima los días de tormenta, que no son pocos en el sur. Por eso, todos los que vivimos en esta tierra compartimos una cosa: olemos parecido, y por más que nos rociamos de perfume, no se nos pasa. Es que el hollín lo llevamos impregnado en el cuerpo. Flúor (Poleo ediciones, 2011) y Otredad de tumba (Bogavantes, 2019) son poemarios publicados bajo el Ñielol durante la década pasada. En sus hojas se despliega la memoria sensible de escritores que hierven la prosa en estufas a leña, un imaginario contemporáneo sobre el hedor que desprende este valle. 

XXY pasea de madrugada por Manuel Montt, va en dirección al paradero de colectivos. En la esquina, un espejo roto junto al basurero. Se acerca y levanta un pedazo. En el objeto se dibujan sus facciones. Toma el celular y le hace una fotografía a su reflejo. Aprieta la esquirla  y la guarda en el bolsillo; una nunca sabe. Pasos firmes. La neblina cubre la calle y la degrada en tenue caramelo. Acorta el camino tarareando Camilo Sesto. Devota a la sangre y a la iconografía cristiana, el territorio le brota en los recuerdos. Su cuerpo no se sabe si es humano o sacrificio. Será oveja, pájaro y perra. Puede huir en múltiples formas, incluso espectro o arrebol. 

Paula Cuevas (Temuko, 1995) es una joven escritora de la ciudad de Temuko. Con mezcla de agua caliente y la oscuridad de su chaqueta colorea en Otredad de tumba los paisajes internos que le ha dejado la noche. Poemas de penumbra y verso libre nutridos en símbolos que bosquejan un autorretrato tormentoso. XXY, poesía confesional. Paula erige un hablante que coquetea con las correntosas aguas del Kautín; en sus páginas de hueso se proyectan las sombras de Woolf y Pizarnik. 

Allí cerquita de XXY, sentados en la berma de Kaupolican con Montt, XYE y XYO esconden sus besos en Flúor. Detrás de la portada rosa, sus labios comparten el sabor a cerveza que les ha dejado esa noche de estrellas y focos. Uno leyó Herpes y esa tierna declamación les fue acercando como gatos que se deshacen en caricias. La piel se les estremece de fantasía y miedo. Se saben vulnerables al acoso que emerge de la noche. Porque a los maricones nos matan, fíjese usted en las noticias. Y si usted es XYE, XYO o XXY es peor, ya lo escribió Lemebel, y también Ayenao. 

Flúor es un texto vecino a Otredad de tumba, escrito por Pablo Ayenao (Pitrufquén, 1983) y reeditado el 2013 por Venérea Violenta Ediciones. En él, confluyen una multiplicidad de hablantes, una grafía de sombras y luces que se desplazan por la grisalla urbana. El escritor utiliza la metáfora del flúor para problematizar la homogenización y blanqueamiento de la ciudad de Temuko, que deviene en cuerpo lacerado de tanta persecución y limpieza.  

Un altivo “De profundis domine, sí seré bestia.”; tal cual, Rimbaud en Una temporada en el infierno. Pablo decide hablar de pústulas, queloides, dermatitis, escaras y costras. Heridas purulentas que no sanan, como las imágenes dolorosas de la infancia que nos acompañan insistentes; y así me recordé a mí mismo en sus versos, de cabrito temeroso escondiendo la nariz tras un libro, buscando un escrito que me permitiera ser uno distinto de mí mismo; la razón de nuestras lecturas diría Jean Genet. ¡Qué grandiosa es la poesía cuando nos reconocemos en sus tachaduras, borrones y desvelos! 

Flúor y Otredad de tumba, buhardilla donde se refugian las palabras cercanas y la musicalidad de la noche cuando irrumpe a borbotones la juventud, los deseos y los afectos. Pero, también son textos como cajas de herramientas, letras y símbolos que reflexionan desde el lirismo y la belleza los dobleces de un territorio reprimido, de espaldas agredidas y lenguas silenciadas. De XXY ya no sé nada; quizás se pintó de colores y huyó de Temuko. XYE y XYO viven donde mismo; en Valparaíso con Barros Arana, el alba los devora con su viento gélido y ellos, con astucia, aplacan el hielo bebiendo vino frente al Edificio Marsano. 

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