Entrevista con el escritor galés Richard Gwyn: Uno que fue vagabundo y volvió

La alteridad es una característica que acompaña desde hace mucho tiempo al destacado escritor, traductor, académico y ahora embajador cultural de Gales Richard Gwyn. Comenzó tal vez cuando regresó a su país, Gales, tras casi una década de años de viajes por distintos países de la Europa continental. O cuando traspasó el umbral de una vida de joven de clase media para transformarse en vagabundo. Y, finalmente, en el momento en que comenzó a vivir una segunda vida con el hígado de otro, luego que un médico le dijera más o menos, “o se consigue un hígado nuevo o se muere”.

Richard Gwyn es Ricardo Blanco en el blog donde escribe sobre sus múltiples desplazamientos. Allí en sus apuntes recientes se refiere a una breve estadía a Valparaíso que tuvo lugar durante la agitada semana que pasó en Chile para presentar su libro “El desayuno del vagabundo”, durante la primera semana de noviembre, en la Feria Internacional del libro de Santiago.

En el puerto visitó el bar Liberty, el Cinzano, la casa de Neruda. Se amigó con los perros en caminatas por el Cerro Alegre y el plan y quedó con gusto a poco, prometiendo volver cuando visite nuevamente nuestro país (probablemente en enero de 2015) con más tiempo y una agenda sin compromisos. Y es que al escritor galés no le gustan las pautas, aunque convive con ellas en el mundo académico en el que se desenvuelve actualmente, en la Universidad de Cardiff donde da un taller de escrituras creativa.

La academia es un punto fundamental en lo que denomina su “segunda vida”, la que se inició en su retorno a Gales luego un largo autoexilio por países del Mediterráneo tras estar al borde de la muerte por una neumonía adquirida por dormir a la intemperie, comer poco y beber más de la cuenta. De eso habla “El desayuno del vagabundo” relato personal acerca de sus viajes, la enfermedad y el sentido de la existencia, elegido el mejor libro del año en Gales cuando fue publicado hace dos años atrás en su idioma original. La versión en español fue traducida por Jorge Fondebrider, poeta y traductor al igual que Gwyn, y tiene ediciones en Chile (con LOM) y en Argentina, con Bajo la luna.

El autor dice que escribió este libro porque necesitaba saber cómo comenzó la fuga hacia otra existencia que lo condujo hacia un mundo muy distinto al que su familia de clase media había trazado, internado tradicional inglés de por medio.

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Richard Gwynn

Por Patricia Moscoso

¿Escribir este libro ha sido una especie de catarsis?
-Supongo que sí. Era necesario entender lo que pasó. Hay una parte del libro en que me pregunto por qué estoy escribiendo este libro y me respondo ‘porque necesitaba saber dónde empezó todo’; supongo que es algo normal en una persona que está enfrentada a una sentencia de muerte. Inicié el proceso unos cinco o seis meses antes del trasplante, entonces no podía escribir más que algunos minutos y tampoco podía leer casi, porque estuve afectado por una especie de miopía. Pero intento evitar palabras como redención, porque no corresponde. No lo siento así.

El menor de tres hermanos en una familia convencional, ex estudiante en una escuela para niños de clase acomodada ¿cómo se genera la rebeldía?
-Era un niño con mucha imaginación y odiaba el sistema. Y por eso, supongo, fui expulsado de este colegio privilegiado. Sin embargo, me ofreció un lugar en unas de las mejores universidades del mundo el London School of Economics. Y otra vez me rebelé; como muchos jóvenes estaba buscando algo sin saber qué era y encontré un tipo de respuesta en la literatura, por supuesto, pero también en la droga, el alcohol y en la ideología anarquista o troskista luego de momentos de mayor reflexión. Leía mucho. Ya en el colegio estudiaba al Che Guevara y a los teóricos de la revolución. Leía todo no solamente historia, sociología, sino también novelas. Y leyendo fui construyendo mundo… cuando veo a mis estudiantes pienso que es extraordinario como leíamos los chicos de mi generación quizá porque no había internet y la televisión era muy aburrida…

También, muy joven, leyó autores latinoamericanos…
– Sí, Borges fue el primero. Lo descubrí en mi primera visita a Creta, a los 17 o 18 años Y fue una revelación. Nunca había pensado que era posible combinar los elementos de poesía, narrativa, ficción. Y jugar con géneros como el policial, por ejemplo su visión del mundo como un laberinto que es una metáfora que me fascina.

Y conoció a Bolaño en una época en que ambos eran “vagabundos”: ¿Cómo se dio ese encuentro?
-Fue en 1979, yo estaba en un café leyendo un cuento de William Bourroughs y este tipo flaco empezó a hablar muy rápidamente en francés. Bebimos unas cuantas cervezas y pasamos prácticamente todo el día juntos, porque parecía que él se había leído todo. 28 años después lo reconocí en una foto, porque la memoria sobre este encuentro era algo muy fuerte. Me sorprendió muchísimo saber que él era esta persona tan famosa, aunque en alguna manera no era tan sorprendente, y me emocionó mucho. Por otra extraña coincidencia, al año siguiente conocí a Andrés Neuman que era como un discípulo de Bolaño así es que lo conoció bastante bien. Luego intercambiamos correos y ahora tenemos una amistad muy fuerte. Hay algo en esta amistad que nos conecta a través de Bolaño.

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Richard Gwyn en Valparaíso

ZORRO QUEMADO

En su libro relata que en la universidad decidió no leer literatura inglesa, porque eso mataba la creatividad…
-Bueno, claro: es lo que uno piensa cuando tiene 17 años. Y es irónico porque ahora doy clases de literatura inglesa. Pero hay otra cosa curiosa hace dos años leí un ensayo de Ted Hughes , uno de los poetas ingleses más importantes de la segunda mitad del siglo 20, donde cuenta que una noche en que estaba estudiando de madrugada casi durmiendo en su escritorio comenzó a soñar con un zorro quemado de la altura de un hombre. En el sueño él estaba trabajando en su escritorio y el zorro le decía What do you doing to us? (¿qué estás haciendo con nosotros?). Entonces él, Hughes, decidió dejar de estudiar literatura y se cambió a antropología.

Escribe ensayo, poesía, novela ¿en qué genero se siente mejor?
-Borges decía que todo es ficción. Es muy difícil establecer límites. En El desayuno del vagabundo no he inventado nada, pero no creo en la literalidad.

Y hablando de límites ¿dónde está la frontera entre la vida y la muerte?
-Esto no lo pueden responder ni los médicos. Lo más cerca que he estado de la muerte fue con la neumonía pasé dos o tres días con oxígeno antes de recuperarme. Algo ocurrió entonces. Mi vida cambió inmediatamente, encontré un departamento, me casé tuve dos hijas y obtuve una beca para estudiar.

Decía en una entrevista anterior que dejó de ser vagabundo cuando se enfrentó a la muerte, pero que tuvo la suerte de tener una familia que lo acogiera. Dijo también que en el proceso de convertirse en vagabundo había sido lento y que se consolidó cuando sintió que la “normalidad” estaba en esa forma de vivir al margen, porque al otro lado estaban los enemigos. ¿Cómo lo vive ahora que está nuevamente en el ámbito formal?
-El mundo académico no es realmente mi mundo Entré a un mundo de “normalidad” como si fuera otra ficción Me cuesta mucho sentarme en una mesa con otros profesores tratando de formar profesores. Hay una parte de mí que piensa que vive en la calle, puedo operar en los dos mundos. Pero a veces, cuando me acuesto en mi cama siento un gran alivio de no estar durmiendo en la calle; especialmente en el invierno.

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