En Casa E presentan novela “Las bolsas de basura” de Enrique Winter

enriquewinter

Casa E invita a la presentación de la novela “Las bolsas de basura” del escritor chileno Enrique Winter, que se realizará el sábado 18 de abril, a las 19 horas en Casa E, Metales Pesados. “Como el gran poeta que es, su narrativa tiene una dimensión prosódica tan inusual para estos tiempos que parece rescatar musicalidades acaso olvidadas o anunciar un género de composición todavía próximo”.

“Esta inquietante novela surge de unos versos ajenos: Las bolsas de basura es el libro mencionado en un poema al que Winter le pone carne, huesos, piel: una rara existencia. Surge entonces una escritura que sin ser poética usa los modos constructivos de la poesía. Pasajes sin salida. Explicaciones denegadas. Saltos temporales y tiempos invertidos. Historias deshilachadas, costuras atmosféricas y una mirada que insiste en los desechos. Esta novela inventa así su propio modo de contar unas vidas accidentadas, arbitrarias, abiertas. El ojo que pide este relato es por eso un ojo taxidérmico, un ojo que pueda cernirse en los inexplicables recorridos de unos y en los recovecos amorosos y siniestros de otros: cuatro o tal vez cinco personajes marginales, acaso una veintena de quiltros muertos en las esquinas, acarreados en bolsas (de basura), embalsamados después y devueltos a la escena, a la calle: al alucinante lugar de los hechos”.

Lina Meruane

“En cierto momento, Miguel sueña que duerme en dos sitios distintos. Como un Kafka a destiempo, esos lugares no simbolizan tanto un mundo subjetivo plagado de disyuntivas, como la red de vigilias contrarias y complementarias en la que se ha encerrado. Antes los escritores debían soñar que eran otros. Ahora que duermen en más de un lugar a la vez.

Las bolsas de basura abarca todo, desde el detalle más pedestre de la experiencia hasta la coloración decisiva de lo accidental; y al realizar ese movimiento trastoca la jerarquía por la que los hechos se dividen entre importantes y secundarios. Para ello, la herramienta esencial de Winter es la escritura, un lirismo de lo ordinario que se aparta de cualquier altisonancia. Como el gran poeta que es, su narrativa tiene una dimensión prosódica tan inusual para estos tiempos que parece rescatar musicalidades acaso olvidadas o anunciar un género de composición todavía próximo”.

Sergio Chejfec

casa e

 


EXTRACTO 

Todas las mañanas Brian se lava el culo con bálsamo, desde adentro, porque a Eugenio le gustaba, por costumbre. El baño del piso de arriba también es compartido, pero se mantiene en condiciones decentes, por la gran ventana y porque él se incluye en un turno que las chicas del piso habían heredado de otras chicas. Se enjabona las piernas, los vellos han crecido y se cuestiona cómo algo tan evidente, que a quien se quiere nunca más se deja de querer, vivo o muerto, no se dice por quienes dan consejos ni tampoco por quienes los reciben. Cuando se quiso, se quiere para siempre. Así no más, qué tanto. Cierra los ojos al enjuagarse. Si se puede sobrevivir con ello, con o sin las personas queridas. No se reemplazan, se suman. Seca partes mejor depiladas que otras y perpetúa con la toalla a Eugenio: una vez estaba envuelto en una y le dijo que él le hacía ver a la gente lo que la gente no sabía que no quería ver. Entonces le exigió una explicación y Eugenio le habló largamente mientras se vestía de cómo provocaba a quienes se juraban tan liberales.

Brian podía pasar mucho rato sentado y con los ojos fijos en la parte de atrás de las rodillas de Eugenio, mientras él cocinaba de pie. Eran siempre el comienzo de algo y Eugenio se dejaba mirar, con un pie podía acariciarse la pantorrilla como si le picara o arreglarse el short con una mano sin soltar la otra del sartén, el plato o lo que fuera. Silbaba o cantaba despacito, y Brian oía la melodía como si viniera directamente de esas rodillas, cada tanto flectadas, avisando más allá los muslos que no vería hasta tarde. Pero Brian solía tocarlos por dentro del short y sin levantarse del sofá que tenían en la cocina. Sólo con las uñas o las yemas, bordeando el calzoncillo hasta ser detenido. No siempre sucedía y entonces el agua quedaba corriendo si venía de la llave o se evaporaba si estaba en la olla.

Cuando terminaban de tirar, a Brian no le paraba la lengua y Eugenio escuchaba a medias desde la cocina, con bata. Nunca se vestía después, aunque fuera mediodía. Entonces Brian le contaba desde la cama que cuando chico anotó sus primeros besos en la agenda, creyendo que iba a poder registrarlos toda la vida, y a Eugenio le hacía gracia, o que sin importar si eran hombres o mujeres siempre le habían gustado los malos. Brian recordaba a quienes esperan la noche entera y no averiguan dónde estuviste, traen chocolates, mazapanes, se acuerdan de todo lo que les cuentas y preguntan cómo resultó tal o cual cosa de la semana pasada, del mes pasado, si te angustian las mañanas se cuelan en tu cama al despertarte o esperan que despiertes si durmieron contigo, antes de salir. Uno fue harto bueno con él y bien optimista, risueño, pero Brian no estaba enamorado. Demoró mucho en darse cuenta de si estaba con él sólo porque era bueno –si no me hubiera cuidado tanto lo habría dejado al tiro, le confesaba a Eugenio y Eugenio asentía– o si, peor, por el hecho de ser bueno con él es que no se enamoraba. El mismo motivo por el que lo quería –no me habría dejado invitar al primer helado o baile, ya ni me acuerdo cómo lo conocí, pero no me gustaba de antes, eso seguro–, el mismo motivo por el que lo quería era por el que no lo amaba, quizás, el motivo por el que empezó lo hacía terminar. Me ahogaba, cachai, en querer quererlo, pero no era culpa de él, ni cuando salí de pendejo y escondido con el vecino, ¿te acuerdas del Elder?

–¡Sí! Bien pavo el huevón, pero no entiendo por qué te gustan los malos ahora –le preguntó Eugenio una vez, menos distraído que de costumbre.

–No cacho, porque soy bueno supongo, ¿no?

–Vos soi loco no más y, cuidado, acá a los locos los apalean.

La respuesta de Eugenio a otras preguntas variaba entre tratarlo de masoquista, simulando un látigo y azotes, los locos están en veda o me los como con limón, lo mismo con los choros u otros mariscos, cuando no lo paraba en seco con la tonterita de distinguir buenos y malos como si la vida fuera una teleserie.

Eugenio también le contaba sus ocurrencias, pero no esperaba a tirar para decírselas, podía salir en cualquier momento con su opción por vivir con alguien que lo mantuviera caliente en vez de con uno que lo satisficiera. Cuando Brian le preguntaba si él lo satisfacía o lo mantenía caliente, Eugenio no respondía, pero le hacía cariño hasta que se olvidara de lo que estaban hablando, igual cuando surgía lo de la falta de plata o de si había salido a putear, cuando él iba al trabajo o cuando Eugenio se perdía varios días y volvía sin explicaciones, a veces con moretones escondidos por el maquillaje. Pero no podía esconderlos de los ojos de Brian, los ojos parecían hechos para sus rodillas y cabían en ese hueco.


 

Enrique Winter (Santiago de Chile, 1982) es poeta, abogado y magíster en escritura creativa por la Universidad de Nueva York. Autor de Guía de despacho (premio Concurso Nacional de Poesía y Cuento Joven. 2010), Rascacielos (beca Consejo Nacional del Libro. México, 2008; Buenos Aires, 2011) y Atar las naves (premio Festival de Todas las Artes Víctor Jara. 2003; Valparaíso, 2009). Es, además, coautor de la antología Decepciones de Philip Larkin y del álbum Agua en polvo (premio Fondo para el Fomento de la Música Nacional, 2012).

 

 

 

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