El “Porteñazo”

Cerro Santo Domingo y sus sendas invitan a caminar

Cerro Santo Domingo y sus sendas invitan a caminar

Por Valparapata

“Es peligroso este barrio, tengan cuidado”, nos dice un caballero mientras caminamos. Andábamos aprendiendo sobre “el balcón corrido con saledizo” que se usaba en el Puerto a fines de mil ochocientos, en todos esos paseos nunca había visto el lugar tan sucio, abandonado y triste. Estábamos en un mirador en el cerro Santo Domingo. Cuando supe que la calle se llama “Ulises” quise llorar. Lunes, cinco de la tarde. Éramos las dos amigas patagónicas de la ribera norte del Lago General Carrera, nuestro querido amigo historiador, guía de aventuras y conocimientos porteños y yo.

Recorrimos el patrimonio porteño profundo, colonial, ese que nada tiene que ver con la declaratoria de Unesco y que se resiste a morir.  Porque ser olvidado es otra forma de morir. Caminamos escuchando a nuestro amigo, contándonos como una vez en medio de esas casas, escuchó la obertura 1812 de Tchaikovski interpretada por la banda de carabineros que estaba ensayando. Cerca del retén,  había también un hogar de niños.  Hoy  solo quedan  muros de ladrillo con maderas quemadas, esperando el próximo temblor para caerse.

Estaba en eso, imaginando a los niños en ese hogar, mirando una ropa, una chaqueta deportiva colgada de un barrote, cuando por mi derecha vi aparecer a un cabro de unos dieciséis o diecisiete años gritando y gesticulando con una botella de cerveza Escudo en la mano derecha, se agachó y la destrozó contra el peldaño, quedándose en la mano con en el gollete y media botella, amenazante. En una mano  la botella quebrada,  en la otra un cuchillo cocinero bien afilado, gritaba, nadie entendía muy bien que  estaba pasando hasta que en segundos vi que a mi izquierda había otro con una lanza: Un palo de escoba rojo, con un cuchillo corto y afilado amarrado a la punta. Armas que se aprenden a hacer en  la “cana”.

Era trágico y ridículo. Nosotros cuatro adultos, ellos dos delincuentes juveniles, que nunca sabes cómo van actuar ni que experiencia tienen. Mi amigo con su bastón comenzó a defenderse, a contener al de la lanza que nos azuzaba igual como cuando amenazas pero no golpeas. Yo  miraba a los ojos al cabro, le decía “calma, calma”, mientras pensaba qué hacer,  ellos pidiendo todo, nosotros resistiéndonos, tratando de ganar tiempo no sé para qué.

Comencé a abrir mi mochila, “déjame sacar mi agenda, la necesito para mi trabajo”, trate de llamar por teléfono, me sentí estúpida de sacar el Ipod delante de ellos, la tensión crecía, a mi amiga le sacaron la máquina fotográficas que llevaba al cuello, el más grande la tenia amenazada con el cuchillo, tironearon con el celular de mi amiga, el cabro se lo quedó.
Al primer grito de socorro, el más chico de pelo negro crespo, vestido de azul que estaba a mi izquierda, titubeó. Mi amigo le dio duro, le quitó la lanza, me di cuenta que ese grito servía, grite de nuevo más fuerte ¡socorro¡ ¡socorro!. El chico se asustó, salió corriendo, mi amigo quedó con la lanza, el más grande le tiró el cuchillo,  el  tiró la lanza a la espalda del más grande. Salieron corriendo para un lado, nosotros para el otro.

Llegamos a la plaza Echaurren, los carabineros ya habían recibido la denuncia, circulaban en sus motos, hablaban por radio. Fuimos al retén en el auto de la policía. Le pregunto al carabinero: “¿hay muchos  cabros con prontuario en esos barrios?”. “Montones”, me contesta. El próximo paseo al Valparaíso colonial será con guardaespaldas.

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