El periplo de un verbo

Foto: Carolina Ibarra
Por Victoria Valenzuela

El verbo J (La Pollera Ediciones 2019, Chile) es una novela de la escritora salvadoreña Claudia Hernández que narra la historia de una mujer trans que, siendo menor de edad, es expulsada por el sistema familiar y la sociedad; forzándola a iniciar un camino que la llevará a cruzar las fronteras de su país Guatemala, pasando por México hasta llegar a Estados Unidos. Un periplo que por definición, a diferencia de una ida, dibuja un recorrido que —tarde o temprano— regresa al origen, a donde se imprimen las relaciones primigenias que marcarán la vinculación con el mundo: aceptación o rechazo. Con una prosa ágil, la autora nos sumerge en la realidad de quienes no tienen lugar en el sistema, que irrumpen en la vida de sus progenitores, soportan sus miserias y castigos, deben sostenerlos financieramente hasta que mueran; y a la vez, se ven enfrentados a la lucha diaria para sobrevivir en un medio que les arrebata todo. 

Soporté el paso por Guatemala con lo que llevaba. Pero ya en la frontera con México, después de pelear con el río para pasar, se me despertó un hambre similar a la del hijo menor de mi madre. Comencé a arrancar hojas que me habría comido de no ser porque el hombre que guiaba al grupo me dijo que ni siquiera me atreviera a probarlas: eran venenosas”.

La historia es narrada por una voz muy lúcida y despojada que, sin caer en el melodrama, guía al lector a través de senderos oscuros, apenas esbozados por Hernández, y que, en determinados momentos, se iluminan como una suerte de revelación para el lector. Esta ambigüedad podría representar la propia confusión de J en la medida que los sucesos se precipitan a una velocidad tan despiadada que resulta imposible de esquivar, como la sentencia de un destino; técnica narrativa que permite que el lector se mantenga siempre alarmado y pueda compartir con la protagonista todo lo que puede llegar a verse enfrentada siendo menor de edad, trans, sin dinero, provinciana e inmigrante ilegal. 

“En la misma calle en la que te llamaron a ti a la iglesia en la que nos conocimos me entregaron a mí una invitación para asistir a una que, se comentaba, tenía una granja fuera de la ciudad donde mantenían secuestrados a los más incautos. La gente decía entonces que había que tener cuidado con ella porque, una vez que entrabas, no te dejaban salir”.

Como es una constante en la obra de Claudia Hernández, la novela amplifica la voz marginal de Latinoamérica, con sus códigos, sincretismo, creencias, sabores, colorido y música, problematizando la cuestión del cuerpo, el lenguaje, las relaciones y el desarraigo como eje central de la construcción de identidad, tanto personal como colectiva. Como todo verbo, el verbo J, no existe sino en las posibilidades de acción —que se abren o se cierran—, en su relación con los demás, con los pronombres que lo conjugan: él, ella, nosotros, eso, ellos, yo. Es una maravillosa metáfora que traza el periplo que el verbo J debe transitar para alcanzar una libertad que, según el enfoque de Hernández, es imposible porque siempre estará determinada por el pronombre que lo conjugue (familia, entorno). Esa es la elegía de nuestra heroína, quien se desplaza por estas páginas con la prisa y la intensidad de quien cuenta con muy poco tiempo para revelarnos su verdad.

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