El peligro de espectar

Por Frida Tovar (Ciudad de México)

Una vez sucedió que en un teatro se declaró un incendio entre bastidores. El payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero el público creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia y los aplausos fueron todavía más jubilosos. Así creo yo que perecerá el mundo, en medio del júbilo general de testigos que pensarán que se trata de un chiste. Soren Kierkegaard.


Yo nunca fui una mujer a la que le gustara participar en espectáculos de ningún tipo. Fui, es más, la niña que se escondía tras los pantalones de su madre cuando un payaso alertaba que su siguiente numerito necesitaba de un voluntario. Conforme fui creciendo nada de eso cambió, ¿esperaban que así fuera? Pues no. Me hacía la dormida cuando los hip-hopers de mi edad se subían al autobús para improvisar rimas sobre los pasajeros. “Que no me vea, que no me vea, que no me vea” y me veían, siempre me veían. “Psssh, la que psssh, se hace psshh, la dormida psssh en la ruta pssh 76 pshhh”, “que pase la niñita que está atrás de su mamá, ¡que pase!, ¡que pase!” y aún así no pasaba, lloraba, miraba a mi madre, el festejado me alcanzaba mi bolsita de dulces, me salía de la fiesta y no pasaba. Con los raperos ya era diferente, tenía unos 17 años, llorar en el bus no estaba entre mis prioridades chipilísticas, había cosas más importantes por las cuales llorar, como por ejemplo el primer amor.

Sonará a broma pero no lo fue, mi primer enamoramiento me llevó a donde estoy ahora: el teatro. De otra manera jamás hubiera llegado ahí, ¿yo, la que se escondía cuando había que romper la piñata?, ¿yo, la que ensayaba decir “presente” antes de que la maestra pronunciara mi nombre para que nada saliera mal? ¿estudiar teatro? Jamás. Pero así fue, el chico en cuestión, llamémosle “Carlos” para propiedades narrativas (ese es su verdadero nombre) quería estudiar cine, y yo quería escribir. Las posibilidades de que él pasara el minuciosísimo, exagerado e ideático examen de la escuela de cine eran mínimas y el programa de Letras Hispánicas me parecía una canción de cuna imposible de soportar. Y como yo siempre fui muy de luchar por las cosas que quiero hasta obtenerlas, decidí adoptar su plan: elegir la carrera de teatro y cambiarnos el siguiente semestre a nuestras respectivas áreas de oportunidad. Así llegamos los dos, tímidos y reacios, a participar de una carrera en la que era normal cambiarte el sostén frente a tus compañeras. Como buena tragicomedia, el resultado fue que ni él pasó a estudiar cine, ni yo pude hacer mi cambio a Letras. Así, por cuatro años, nos desenvolvimos en dirección escénica y dramaturgia respectivamente. Un martirio al que le fui agarrando cariño con los años.

Cuando Kierkegaard cuenta cómo nadie presta atención al payaso que anuncia el incendio, y la inminente catástrofe se hace presente como un viento cenizo que humea todo el teatro, pienso en Pedro y el Lobo. Pero también pienso en qué habría pasado si, como en algunas ocasiones aquí en México, el rapero de autobús se quede mirando al frente, y con una mano temblorosa a mitad de una rima, saque una pistola de asalto. O en el payaso que han retratado miles de veces las películas más famosas de cine de terror, ese que detrás de una sonrisa, manipula con amabilidad a los niños para luego guiarlos a las coladeras que burbujean entre las callejuelas mojadas. Me quedo en silencio unos minutos y tengo un de ja vu. Eso que pasó en realidad ha pasado miles de veces. Es una constante que existe en la ficción cuando un personaje que ha burlado tantas veces la confianza del espectador, convierte su credibilidad en una herramienta más de burla, en una nariz de plástico rojo, en una alerta chillona, un martillo inflable. Pero no sólo pasa porque se trate de un pastorcillo mentiroso o un payaso haciendo un stand up, también juega un papel importante la atmósfera en la que se genera la ficción. Entonces, ¿tenía yo en realidad razón al temer participar en las fiestas infantiles? Quizá era instinto y no era del todo descabellado sentir peligro de espectar.

The Audience, H James Hoff


Durante la carrera, después de tener una de las clases que más me pesaban (actuación), recuerdo haber tomado un descanso del ojo público y echarle un vistazo a una revista de teatro que se había quedado obsoleta por ahí de los dosmiles. Tras hojearla unos segundos pensé que sólo encontraría polvo, sin embargo, di con uno de los artículos que marcarían los recuerdos más valiosos de mi carrera: La crisis de rehenes del teatro Dubrovka, en Moscú. El 23 de Octubre del 2002, entre 40 y 50 terroristas chechenos tomaron el Teatro Dubrovka, aislando en las butacas a 850 rehenes y asesinando a 170 personas. Debido a la arquitectura del teatro, las fuerzas dedicadas a contraatacar y salvaguardar a los rehenes, tuvieron que recorrer 30 metros de corredor y trepar una escalera antes de poder llegar a la sala, lo que terminó en la tragedia que antes comenté. Los terroristas exigieron la retirada de las fuerzas rusas y el fin de la Segunda Guerra de Chechenia, pero eso da para otro artículo, fue el teatro como lugar de privación a la libertad, lo que me detonó una de las primeras ideas sobre el peligro que en realidad suponía participar de un evento artístico como espectadora.

¿Qué tan peligroso puede ser mirar? ¿Es también un estado de acción activa el del público que sólo permanece observando una obra? En “El espectador Emancipado”,  Jacques Ranciere afirma que el espectador “observa, selecciona, compara e interpreta”, y que “en el proceso de mirar también existe acción, ya que el espectador decide qué hacer con lo que tiene adelante y de qué forma eso se relaciona con su vida”. En tal caso, si el espectador y el creador comparten una naturaleza activa, ¿no significará también que el espectador no es menos vulnerable que el “creador” ante los imprevistos del espectáculo? Pienso esto mientras recuerdo un pasaje mucho más vigente y del que todavía el solo recuerdo me pone los vellitos de punta: La masacre de Aurora del 2012. 

Imagina que tienes una cita con la persona que te gusta, aún no se populariza el “netflix and chill”, así que propones que vayan al estreno de Batman: The Dark Knight Rises. Entras con toda disposición no sólo de disfrutar una más de las versiones infinitas que la cinemanía nos ha ofrecido sobre el caballero de la noche, sino también con la esperanza de salir de la sala con un beso y un bote de palomitas terminado, alzarlo con una mano y con la otra entrelazar los dedos con tu cita, ya está, lo lograste. Porque a fin de cuentas ¿para qué se decide atestiguar una obra artística si no es para usarla de pretexto para sentir nuevas cosas y relacionarlas con tu propia vida? El pasillo huele a mantequilla, los boletos en tus manos, es el cine Century 16, sala 9. Te sientas a la butaca junto a tu cita. De pronto, a la mitad de la película, justo cuando estás por entrelazar los dedos con quien predices un futuro lleno de helados y churriguerías, un hombre de unos 24 años, portando una máscara antigás y un chaleco antibalas, hace como que enciende un cigarro, prendiendo así la mecha de un fusil semiautomático, y disparando contra la multitud con ayuda de una escopeta y una pistola de 10 mm. 

Tú sobrevives, porque si no, ¿cómo estarías leyendo este ensayo? Pero mueren 12 personas y otras dos lo hacen en los hospitales locales, entre ellas, una niña de 6 años. Tras las entrevistas, James Holmes el culpable, declara ante la policía de Nueva York que “él era el Joker”. Durante el juicio, se lanza la primera afirmación “Era imposible determinar si el comportamiento de Holmes era resultado del estrés, el medicamento, el desequilibrio o tal vez, parte de una actuación”.

Durante la carrera tuve momentos de profunda angustia, tuve miedo de encarnar a Salomé mientras le declaraba mi amor a una cabeza de unicel que suponía ser Jokanaan, miedo de torcer la boca un poco más,  que mi intención en el escenario se viera afectada y la obra perdiera todo sentido, temí miles de veces escribir un diálogo que nunca ninguna actriz pudiera decir de manera orgánica. Pero ninguno de esos miedos se comparó jamás con el infinito temor de convertirme en ese payaso que tanto odiaba, en el rapero del autobús, en un separatista checheno o un hombre que se nombraba el Joker. Como creadora en formación, mi objetivo mayor siempre fue jamás hacer sentir al espectador que está forzado a participar de la experiencia. Mi sueño era que si yo generaba un espectáculo abrumador, el espectador sintiera la confianza de levantarse de su butaca y elegir la salida, que no tuviera que hacerse el dormido, que no pidiera nunca su bolsita de dulces, que no se interrumpiera el enlace de dos manos, que la realidad no entrara de golpe a un pasillo de 30 metros del que fuera difícil salir. Porque una ventaja de la ficción que ni siquiera tienen los sueños, es que puedes elegir no formar parte del acontecimiento. 

Mi utopía la pueden deshacer en un tris desde muchos flancos, basta con recordar a Bansky diciendo que “El arte debe consolar al perturbado y perturbar al cómodo” para que los demasiado cómodos elijan sublevar un manifiesto sobre el derecho a la perturbación. De hecho, muchísimas corrientes artísticas defienden la capacidad trastocadora del arte que entra con violencia, sin embargo, se olvidan de la capacidad trastocadora del arte suave, ese que entra de puntitas como una nube en medio del caos que es el mundo y su actualidad. Finalmente, al ser considerado el espectador como figura activa, este puede decidir desde dónde entregarse a los brazos de la vulnerabilidad, ¿qué no?

El último año de mi carrera conocí a una maestra que respetó mi sensibilidad como espectadora no solo del teatro sino de la vida misma. Recuerdo una de sus clases en la que nos pidió exponer sobre distintas corrientes, un grupo de compañeros expuso sobre la Patafísica, puedo recordar que nos sentaron en mesas largas como si estuviéramos a punto de engullir un buffet de oro y aplastaron esa expectativa subiéndose en las mesas, mostrándonos la ropa interior y diciéndonos altisonantes al oído. La experiencia fue tan vivencial y violenta, que me salí llorando del salón. Mi maestra consoló mi temblor y pacificó la perturbación de mi cuerpo. En ese momento me di cuenta de que no había posibilidad de un espectador dispuesto a vulnerarse de ningún modo si no existía un espacio seguro donde poder entregarse sin preguntar.

La maestra era Didanwy Kent Trejo, y desde ese momento, comencé a atesorar sus clases como espacios seguros donde podía sacar a pasear un rato a mis expectativas. Ya que ser alumna era también como ser espectadora, y ser maestra, yo suponía, como ser artista. 

Durante una de sus clases, nos narró una de las anécdotas ajenas que he adoptado con más cariño y sorpresa a lo largo de mi vida: La muerte de una espectadora en el teatro.

Eres mi maestra, estás escribiendo tu tesis sobre don Giovanni, sabes que si asistes a la última función de dicha ópera serás demasiado crítica pero de igual modo te decides por ir. No hay boletos, pones en jaque tu ideología y consigues boletos con un revendedor. ¿El asiento? El más alejado de Bellas Artes. Tu espalda contra la pared. El elenco como pequeñas hormigas vistas desde el gallinero vertiginoso en el que estás montada. Sabes que Don Octavio, uno de los papeles secundarios más importantes de la ópera, será interpretado por Ramón Vargas, quien acaba de recibir un ancor con ese mismo personaje en el MET de Nueva York.  (O sea, que le aplaudieron tanto que tuvo que repetir la pieza).


Sabes que la futura esposa de Don Octavio, doña Ana, acaba de ser abusada por Don Giovanni. Ella reconoce el tono de voz de su agresor y cae al piso llorando. Don Octavio se queda solo en el escenario y canta “Dalla sua pace” o sea “de su paz mi paz depende, y daré la vida por ella”o algo así. Pero antes de que suceda esta triada de enredos que te sabes de memoria, la vida real va tejiendo un silencio sepulcral cuando Don Octavio se queda solo en el escenario. Crees que sabes lo que va a pasar, y justo antes de que empiece a cantar, escuchas a dos asientos de distancia el grito ahogado de una espectadora de unos 50 años: “¡Mamá, no, no te mueras, mamá, reacciona mamá!”. Y puedes ver a una mujer de unos 80 años desmayada en la butaquería. Estás demasiado arriba, nadie reacciona porque nadie puede salir de ese lugar tan angosto y alejado. El único que tiene una vista periférica en ese momento es Don Octavio, así que desde el proscenio se le oye gritar, ya con voz de Ramón Vargas “¡un médico, un médico, allá arriba está pasando algo!”. No sabes qué pasó con la mujer pero el rostro del camillero es suficiente cuando, tras varios minutos perdidos por subir la camilla, sale inexpresiva y eternamente descansada, una señora que hace apenas unos minutos era una espectadora en compañía de su hija. Después, ya con una mujer menos, Ramón Vargas canta Dalla sua pace de una manera en la que ninguna alma que haya estado presente durante esa función podrá escucharla jamás.  Y ese, es el peligro de espectar, pero también su ventaja.

Enfrentar el peligro de espectar fue para mí, lo que para muchos es convertirse en catador de vinos. Una pasión que nació de un gusto adquirido. Yo nunca fui una mujer a la que le gustara participar en espectáculos de ningún tipo, de hecho, a la fecha, aún me escondo tras mi mamá cuando en alguna obra se pregunta por voluntarios. La diferencia es que ya no lloro cuando me es dada la misión estóica de ser vista. Ahora sonrío y dejo ver mis nervios, confiando que frente a mi, habrá más almas tímidas que se reflejen en la angustia que supone compartirse, porque a final de cuentas, como diría Dubatti, “durante el convivio, nos rigen las mismas leyes de la cultura viviente, los cuerpos son afectados y capaces de afectar”. 

Y solo queda esperar que nadie entre al lugar con una 10 mm, que el pasillo sea suficientemente corto, que las rimas sean divertidas, el payaso haga bien su trabajo y que no sea nuestro último día. Pero como no tenemos la certeza de nada y decidimos entregarnos a la vulnerabilidad, seamos entonces el júbilo general del público que ríe cuando se entera de que el mundo está por acabarse.

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