El Nudo: Desatar con ojos vendados

Por Cristián Cortés (Barcelona)*
Foto: Jorge Sánchez

De las risas que reconozco en mí, intento descifrar cuál me ocurre al ver la obra El nudo. Es sonora, como cuando estoy entretenido en una reunión con amigos. Se queda a medio camino, como si cerrara con puntos suspensivos, como cuando quiero evadir un momento incómodo. Por ahora, llamémosla mi risa enredada, porque mezcla emociones y me saca de mi centro. ¿Qué la provoca? Un grupo de adultos que se proponen educar y comunicarse con los jóvenes sin lograr conseguirlo. 

Revisito esta risa como una respuesta al análisis que propone la compañía La Mala Clase, dirigida por Aliocha de la Sotta. En La Unión, al sur de Chile, un liceo (semejante al bachillerato en México) lleva a cabo dos talleres: uno de feminismos y otro de nuevas masculinidades. Los resultados no son los esperados por los trabajadores de la educación. A partir de esta historia propuesta en la dramaturgia de Isidora Stevenson y Bosco Cayo, el fracaso educativo y comunicativo se debe a varios factores imbricados; por mencionar tres: el rompimiento de los límites, la falta de escucha y observación y la reproducción acrítica de discursos.

Sobre el primer punto, el equipo propone conflictos que cuestionan los criterios que demarcan el campo de acción docente. Si hay estudiantes en conflictos —como Julito, un chico trans— ¿los profesores no deberían intervenir? Ahora, hay acciones que resultan imposiciones o peor, un abuso. La maestra feminista, el profesor de deportes y la directora tienen ideas distintas de cómo trabajar con el alumno. ¿Cómo distinguir el abuso del acompañamiento? Lo que opine de cualquiera de ellos pone en evidencia mis preconcepciones sobre el poder, el machismo y las relaciones afectivas. 

Y más vale movilizar estas ideas. Los daños pueden ser duraderos y profundos. La obra muestra a las amigas de la vendedora del quiosco, Silvanita, señoras mayores. Cada una fue violada por un profesor en la década de 1950. En su tiempo, el caso no se atendió, por la normalización de la violencia y la sumisión, y la estigmatización de quien levantaba la voz. Su denuncia a destiempo revive mi risa. Me río porque a tanta distancia y con el profesor muerto, el esfuerzo es inútil; pero duele porque los daños persisten.

Esta anécdota conecta con la falta de escucha. Así como las autoridades no atienden a las señoras, los profesores no entienden a los jóvenes. La estrategia de los intérpretes al hablar hacia los asistentes (o videntes en el streaming) como si fuéramos el público, hace notar que sus monólogos son unidireccionales: ellos transmiten sus ideas, dan consejos, opinan, pero no esperan respuesta. De esta manera, aluden a nuestra sensación de sentirnos ignorados, de hablar otro idioma. Que los alumnos hablen quechua pone de manifiesto el nivel simbólico de la obra empleado en la dramaturgia. Los adultos y los jóvenes hablan idiomas distintos. Los primeros solamente actúan por medio de conjeturas y no realmente por aprender el lenguaje juvenil. 

La simbolización también ocurre en las actuaciones: Paulina Giglio, Cecilia Herrera, Mónica Ríos, Jaime Leiva y Bosco Cayo construyen personajes con gestos, expresiones y formas de hablar muy fáciles de identificar. Un cambio en la voz o en la postura corporal anuncian al público el cambio de personaje. Los personajes representan a ciertos sectores de la comunidad —personas mayores, migrantes y profesorado— y algunos discursos —de las autoridades, de la exploración feminista, de la resistencia del patriarcado—. 

Aunque esta simbolización favorece el ritmo de la representación, la visión crítica y la risa, sería esperable otra forma de representar a las personas mayores. ¿Podemos ver más allá de sus achaques? Esta pregunta ayudaría a enriquecer la visión de la obra, lo cual es relevante, pues no explorar en este aspecto,  podría hacer caer en los fallos analizados: La gente mayor sería un sector que tampoco observamos ni escuchamos; por ende, se corre el riesgo de repetir ideas y clichés. 

De esta manera, conectamos con el tercer punto: la reproducción acrítica de los discursos. Por ejemplo, el profesor señala los errores de los estudiantes, pero no argumenta, no invita a la reflexión. Su labor se limita a comunicar lo que es aceptable y, sospecho, que lo hace sin convicción. Si no fuera así, no ocurrirían esas zonas confusas de su relación con Julito. No hay un hacerse cargo de la responsabilidad afectiva ni educativa. 

Otro ejemplo, es el enredo con la mujer musulmana. La directora la “ayuda” sin considerar realmente sus necesidades personales. Los personajes actúan sin estudiar las ideas, solamente las siguen para ser validados. 

Los adultos de El nudo quieren resolver un problema, pero no lo están viendo. Esta situación es un espejo evidente para un sector del público, pero ¿y para los jóvenes? La compañía ha consultado las inquietudes de los adolescentes que han visto sus producciones anteriores, por medio de conversatorios y cuadernillos del tipo “deja aquí tus comentarios”. 

La concepción de género, el machismo y el patriarcado son temas que han resonado en el equipo creativo. Como se señala más arriba, estos temas se analizan en la obra, por medio del humor y la simbolización. Sin embargo, la ausencia de los jóvenes llama la atención. No por un asunto de que esté bien o mal, sino de cómo se construye el diálogo con ellos, ¿cuáles son sus reacciones? ¿Se moviliza su pensamiento? ¿Se fomenta la comunicación intergeneracional? Son preguntas para dejar abiertas al público y los creadores, para los jóvenes y los adultos con la finalidad de mantener una conversación, de darnos la oportunidad de escucharnos entre nosotros. 

En El nudo, la risa se enreda. Aunque la risa es festiva, no se puede quedar con las certezas. Se demuestra que la consecuencia es la frustración. Así que la risa se inquieta, se calla, estalla; porque invita al pensamiento crítico, que puede doler y angustiar, pero, quizá, ayude a desatar con ojos abiertos.

* Este texto fue elaborado en el contexto del Festival Quilicura Teatro Juan Radrigán por participantes del Curso de Crítica Teatral impartido por Javier Ibacache.

Comenta desde Facebook

Comentarios

0 replies on “El Nudo: Desatar con ojos vendados”