El misterio de las flores

“Existía, al parecer, un testigo de la muerte. Y había una persona que, semana a semana, llegaba a poner un ramillete de flores para que el recuerdo de esa mujer, que había cometido suicidio, permaneciera vivo en los demás”.  

foto-Luis-Miranda-ValderramaEscribe y fotografía Luis Miranda Valderrama

Un ramo de rosas rojas amarrados en la baranda de un puente. Octubre de 2004. Remodelación de la Panamericana Sur a la altura de calle Ñuble, comuna de Santiago. Una mujer adulta que vende bebidas y confitería en la vereda, a un costado de la estación de Metro Rondizzoni y frente al barandal, explica la presencia del ramo de flores:

–Murió una mujer hace un par de años. Dicen que era del barrio. Parece que una persona viene a poner flores cuando las anteriores se secan. No sé más.

Se queda en silencio y luego pone latas de bebidas en un cooler lleno con hielo. Un taxista, que habitualmente se estaciona frente a la salida de la estación del Metro para tomar pasajeros, aporta una nueva información:

–Era una joven –dice–. Una niña que se tiró a la carretera hace dos años. Cerca de año nuevo. Un colega la vio caer.

En resumen: una mujer joven, que vivía cerca del lugar y que se subió sobre las barras metálicas del paso sobrenivel de Rondizzoni, se tiró hacia la carretera, a unos 4 metros de la baranda, donde pasaban los autos a una velocidad promedio de 100 kilómetros por hora. Había ocurrido a finales de 2002. Existía, al parecer, un testigo de la muerte. Y había una persona que, semana a semana, llegaba a poner un ramillete de flores para que el recuerdo de esa mujer, que había cometido suicidio, permaneciera vivo en los demás.

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Una semana después, en la baranda del puente sobre Rondizzoni hay claveles rojos y rosas blancas. Las rosas están colgadas a uno de los tubos de la baranda por un alambre y los claveles se conservan en un jarro de mermeladas con agua. En el suelo hay vestigios de velas que ardieron hasta que la esperma y la mecha se consumieron. A diferencia de los días anteriores, hay un nombre escrito en el tubo, con lápiz de plumón. Dice: Jocelyn Cáceres, 7 – XII – 2002.

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RONDIZZONI: MUERTE POR CAÍDA Y ATROPELLAMIENTO. En el Instituto Médico Legal permanece una mujer que falleció al caer desde el paso sobrenivel Rondizzoni, en las cercanías del parque Bernardo O’Higgins. La persona, que está siendo identificada mediante impresión digitopulgar, cayó sorpresivamente desde una altura de 4 metros, lo que hace suponer a la policía que cometió suicidio. Su cuerpo quedó inerte sobre el pavimento de la carretera Cinco Sur. Antes que fuese auxiliada fue atropellada por un automóvil que se desplazaba a velocidad inmoderada y cuyo conductor aceleró para escapar del sitio del suceso. El Mercurio, 9 de diciembre de 2002.

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Jueves 6 de Febrero de 2014. En el día del cumpleaños 31 de Jocelyn, Carlos Cáceres, su padre, hace una confesión al resto de su familia: “Antes de que pasara lo de la Jocelyn, yo iba con un amigo por esa pasarela que está frente al Centro de Justicia. ¿Se acuerdan que antes del arreglo de la autopista no estaba con una jaula y tenía tres fierros para agarrarse? Iba una niña delante de nosotros, y de repente le dije a mi amigo: ‘Oye, mira la mina que va adelante, se va a tirar’. Ella se subió a los tubos. Y mi amigo dijo: ‘Se va a tirar, huevón’. Y así lo hizo. La niña se encaramó y se lanzó hacia la carretera. No alcanzamos a hacer nada y escuchamos autos frenando. Pensamos que había muerto, pero los autos alcanzaron a parar y no le pasó nada. Después ocurrió lo de mi hija”.

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Jocelyn, la hija de Carlos, fue criada por su abuela y sus tías. A las tres, en algún momento de su vida, les dijo “mamá” y las tres se sintieron madre de la niña. Todos vivían en un caserón de calle Arturo Prat 1670, a un par de cuadras del cruce entre Ñuble con la entonces ruta 5 Sur en Santiago. La madre biológica de Jocelyn se había separado de Carlos y falleció joven, sin que hubiese existido un vínculo afectivo entre ellas. Jocelyn vivió sus 19 años alrededor de esa casa. Tenía a sus amistades en el barrio. El colegio donde estudió se ubica a unas cuadras. Y los hombres con lo cuales compartió amor e intimidad habían sido vecinos. Jocelyn tenía el pelo largo y castaño claro. Los ojos café, el cuerpo delgado, aunque curvo, duro y atrayente. Después del colegio decidió trabajar de inmediato, como promotora, repartiendo volantes en Bilbao o Colón. A los 18 años, sin embargo, todo cambió. “La Jocelyn perdió a su mamá, su abuela, nuestra madre”, dice Carmen Cáceres, su tía y a la que le decía “mamá”. “Desde allí a ella le cambió el ánimo. Ella perdió el deseo de vivir. Ella decía que en un año más las dos volverían a estar juntas”.

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Inmediatamente después del accidente, la baranda se llenó de flores. Parientes, amigos y desconocidos colgaban o dejaban en el suelo ramilletes a diario. Veinticuatro días más tarde, el 31 de diciembre de 2002, la familia decidió ir al paso de sobrenivel de Rondizzoni y celebrar el año nuevo en ese lugar. “Fuimos todos muy tristes, no habíamos ido todos juntos”, dice Carmen. “En ese lugar se ven bien los fuegos artificiales de la torre Entel, así es que era todo muy raro porque había mucha gente feliz y nosotros llorábamos. La gente no entendía por qué nosotros estábamos así y para nosotros era tan extraño sufrir por Jocelyn mientras había alegría”.

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–¿Le ha tocado algún momento malo o triste?

–Uno que me provocó mucha pena: pasé por el puente Rondizzoni minutos después de que una jovencita se suicidó. Hasta el día de hoy lamento no haber pasado antes para evitarlo.

–Fuerte…

–Sí. Conocí a la mamá días después y ahora siempre paso a saludar su animita.

“Mauricio Dick Tracy Alfaro arrejunta familiares y sapea a palomos infieles”. Diario La Cuarta, 2 de mayo de 2008. Entrevista a taxista del sector Los Héroes.

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Durante un tiempo las flores adornaron la baranda del puente sobre la ruta 5 Sur en Santiago. Pero una persona iba semana a semana a limpiar el piso y a sacar las flores secas que quedaban allí y las reponía por ramilletes frescos. Era una mujer; se trataba de Luisa Cáceres, una de las tías–madre de Jocelyn. A ella se debía que cada 7 días el misterio de las flores se mantuviera vivo. “Es mi hija. Es decir, ella era mi hija. Soy su tía, me decía tía, pero yo era su madre también. Cuando murió supimos al día siguiente, el sábado 8 de diciembre, a las 10 de la noche. Nos dijeron que se había tirado por el puente. Y ella había salido de la casa con un amigo que me prometió que andaría con él. Ella no debía juntarse con ese hombre. Pero le creí a su amigo. Lo primero que hizo al salir fue juntarse con ese hombre. Él la tenía junto a él por lo que él le daba. Y después pelearon, y después pasó esto”, dice.

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La comunidad Andalucía es un complejo habitacional similar, en superficie y materiales, a las viviendas sociales entregadas en los últimos treinta años en el país. La diferencia es que en este caso, Andalucía fue diseñada por connotados arquitectos y entregada a su futuros moradores durante la visita de los reyes de España, en 1992, en los primeros años de democracia en Chile. Allí llegó a vivir Roberto. En calle Lord Cochrane con Sargento Aldea. Roberto y Jocelyn se conocieron en la calle. Después de morir su abuela, la relación entre ellos se hizo más fuerte y dependiente. La diferencia de edad, 11 años, la belleza de Jocelyn y el atractivo de Roberto, y la dependencia de las drogas que empezó a tener Jocelyn respecto de su novio los convirtió en una célula. Él llegaba a la cocaína con facilidad, tenía antecedentes penales y en algunos pasajes de Andalucía, acusan familiares de Jocelyn, se traficaba. El hecho es que ella aspiraba el polvo que él le regalaba. Si se suma a que Jocelyn, tras la muerte de su abuela-madre, había caído en una depresión que le significó terapia con un siquiatra y fármacos, la suma de la ecuación hacían de Roberto un factor paradójico: por un lado era el amor y la satisfacción del cuerpo, y por otro era la autodestrucción con la que Jocelyn coqueteaba.

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Salió de la casa, dejó al amigo que la sacó de la casa de sus madres, y a las cuadras se habría encontrado con Roberto. Caminaron. Y, tras hablar, empezaron a discutir. Siguieron caminando y llegaron a la esquina de Ñuble con la caletera de la ruta 5 Sur, Avenida Viel. La pelea fue más dura; al parecer, inclemente. Según la investigación policial, un hombre vio cómo ella se alejó de esa esquina, cruzó la intersección y se encaramó a los tres tubos de la baranda del puente que da a la Panamericana. Según el testigo, subió primero una pierna y luego la otra. Y se tiró.

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Un año, o quizás dos, después del suicidio de Jocelyn, Luisa decidió construir una casita para poner las flores y cobijar las velas que los desconocidos dejaban encendidas en el suelo. Pero en 2003 llegó la noticia de que el antiguo asfalto de la ruta 5 Sur y todo el diseño vial que la rodeaba, sería reemplazado por una autopista que daría inicio a fines de 2004. Durante meses las máquinas trabajaron sobre la carretera y sus alrededores. Una de las medidas fue sacar todas las animitas. El barandal de Rondizzoni sería modificado y la pequeña casa de Jocelyn fue removida; Luisa se la llevó a su casa, pero las flores siguieron apareciendo. O era Luisa o era alguna persona que no olvidaba a Jocelyn y su destino. “Se hizo una investigación, pensamos que Roberto había tenido participación, porque tras la muerte de la Jocelyn él se fue a esconder a Buin. Una vez hablé con él y le dije, siempre llamabas para insultarme, ¿por qué no llamaste para decirme que estaba en el puente? Así la hubiera salvado”, dice.

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La pericia determinó que Jocelyn había actuado sola. Aún así, su familia seguía culpando a Roberto de su muerte. Durante 2003 sucedió un hecho que, para Luisa, resultó ser el acto de justicia que estaba esperando. Lo escribió así en un agenda dedicada a Jocelyn: “Hoy me enteré que apuñalaron a Roberto y sin querer, mi niña, me alegré de saber que algo malo le sucede. Si supieras lo que siento de que él vive y tú no, mi niña”.

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El día del cumpleaños 31 de Jocelyn, el 6 de febrero de 2014, Luisa, Carlos y Carmen van a Rondizzoni y celebran en silencio la efeméride. Hace un par de meses la familia construyó una animita que contiene una foto de Jocelyn y su nombre. También hay pegada metálica una placa, de una persona que agradece anónimamente un favor concedido. Luisa Cáceres pone un ramo de margaritas y un gladiolo amarillo, más otro botón sin abrir. En la mañana fue al cementerio a visitar la verdadera tumba de Jocelyn Cáceres. Ella dice que una mujer que siempre le ayuda a limpiar el nicho de su hija, le contó que había soñado con Jocelyn.

-La señora me dijo que la Jocelyn le había dicho que estaba en paz, pero que yo tenía que dejar de llorar. Y lo intento. Desde ese día lo intento.

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No ha parado el flujo de flores en el lugar donde Jocelyn Cáceres se lanzó. Aparecen constantemente avisos de agradecimiento y papeles con solicitudes; hombres y mujeres detenidos frente a una imagen de sor Teresa de Los Andes, que alguien plastificó y dejo en el suelo, a modo de pequeña beatificación. Dos semanas antes del cumpleaños de Jocelyn, un hombre se le acercó a una sobrina que ponía un ramo, y le dijo que el hombre que estuvo antes de la muerte de Jocelyn sobrevivió a la agresión, pero años después entró a la cárcel por tráfico de drogas en Los Andes y acaba de cumplir sentencia. Carlos Cáceres fue a trabajar a Reno, Estados Unidos y, una vez allá, supo que su tercer hijo, y hermano de Jocelyn, había sido muerto por una agresión que involucraba el conflicto entre barristas de la U y Colo Colo.

-Cada 7 de diciembre es especial –dice Luisa. Carmen visita a su hermana a menudo y recuerdan a Jocelyn, mientras que Luisa, la mujer del misterio de las flores, compra ramos, organiza la logística de las visitas al lugar. Y peregrina al menos una vez por semana a la esquina de la baranda, que ha sido cambiada por tubos de aluminio y donde se ha puesto una reja protectora de seguridad. Cada 7 de diciembre en la noche Luisa llega a la equina de Ñuble con la actual autopista Central, y recuerda el día en que su hija se lanzó por la baranda. Observa el flujo de autos que pasan por debajo, con las luces encendidas, pone un ramo de flores nuevo en el lugar, y saca de una bolsa un puñado de pétalos de rosas blancas. Cuando los autos pasan por allí, Luisa lanza hacia el cielo los pétalos, los que caen hacia el asfalto de la carretera. Es su manera de decir que Jocelyn siempre estará allí.

 

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