El Humano canto a lo divino

La siguiente es una crónica sobre la experiencia de comitiva cultural, que realizó el colectivo Gastos Comunes formado por los músicos Lito Celis y Pablo Morales, en la comuna de San Pedro de Melipilla. Experiencia de la que nació el disco-audio-catálogo HUMANODIVINO.

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Por Lito Celis

Octubre de 2013, comuna de San Pedro de Melipilla (en adelante S.P.M.). El día está caluroso, son las tres de la tarde. Sentado en la cafetería del pueblo, espero por un café helado mientras trato infructuosamente de escribir esta nota con estructura de décima.

Llega el postre en manos de la señora Gloria. Ella es de Oruro, Bolivia, y nos sonríe cada vez que nos ve con las guitarras. Se alegra porque dice que le recuerda a su carnaval. Con el postre llega la claridad de la escritura y el perfecto equilibrio entre ansiedad y calma que se necesita para relatar todo lo visto estos días, y describir los múltiples objetivos que se han abierto en este viaje.

Estamos acá por un acto poético, pienso. No es sólo un disco, ni un archivo, ni un audio-catalogo (nombre grandilocuente que inventamos para presentar el proyecto de Comitivas Culturales que ganamos), vinimos a modificar levemente el paisaje de cada uno de estos cultores, viejos bellos que han entregado una vida a miles de oficios, y uno de ellos es  ser cantores en velorios.

Entiéndase que estamos en una de las comunas  más periféricas -si no la más-, de la Región Metropolitana, y es justamente aquí donde se reconocen los primeros asentamientos Jesuitas del Siglo XIX, lugar donde se inició la difusión de la Décima Espinel como forma de Evangelización de los “incultos”[1]. En nuestra calidad de investigadores acechantes, hemos hurgado la tierra para ver algo, así de inocentes, pero ella nos devoró para sepultarnos. Nos hizo sentir como raíz, como difuntos de la memoria. Porque en esta comuna, en la localidad de Loica específicamente, existieron más de 100 cantores a lo divino entre los años 50 y 80, todos ellos trabajadores rurales, obreros, maestros, jornaleros, vividores, gozadores, pero por sobre todo creyentes. Esto último lo aseguramos por dos razones: la primera nos la dice don Domingo Pontigo, Hijo ilustre de la comuna,  quien ha sido nombrado Tesoro Humano Vivo por el Estado:

“Para ser cantor a lo divino hay que ser creyente. Si no, no hay forma de que alguien esté por  horas, de noche, cantando en ruedas de canto a la Virgen. Para eso hay que creer y tener una fe tremenda”, dice Pontigo.

La segunda es porque el gestor de la aparición de estos cantores, es un párroco de origen catalán que llegó a este pueblo hace algún tiempo: Don Miguel Jordá. Él no sólo realizó la labor de buscarlos, sino que además procuró el archivo de sus versos (aunque algunos cantores cuentan que cambiaba algunas palabras según su propia forma) editando más de un decena de libros donde están estos versos de los viejos cantores, libros que él mismo vendía después de cada misa dominical, con el fin de evangelizar y además, de  tener el dinero para poder seguir editando.

Uno de estos libros se llama LA BIBLIA DEL PUEBLO, y en su  portada aparece el mismísimo párroco obsequiándolo al Papa cuando vino a Chile, detalle que a los viejos les hincha el pecho.

Sobre el oficio de cantor en SPM, se ha escrito e investigado mucho, pero nosotros estuvimos aquí, insisto, construyendo una acción poética. Lo que hemos hecho ha sido lo siguiente: visitamos casas donde siempre nos esperaban, casas bellas de estilo campesino, rodeadas de gallinas y perros. En ese ambiente, hemos instalado un estudio de grabación que armamos improvisadamente en  los livings  y bajo los parrones, escenario de conversaciones asombrosas donde cada cantor nos fue revelando sus versos, no sin antes ofrecer nuestras propias canciones, como forma de intercambio poético. Luego, la conversación se perdía en sus andanzas desde niños, en lo que fue una época de muchísimas muertes de infantes debido a la ausencia de hospitales, lo que  hacía imperativo aprender a ser cantores ante tanto velorio. Después de conversar, cantar y registrar un largo rato, les pasábamos los audífonos y veíamos cómo, por primera vez en su vida, se escuchaban cantando y llegaban a las lágrimas. Acto seguido, los audífonos pasaban a los familiares, quienes se los quitaban y lloraban también, quizás sabiendo que sus hombres cantores, todos mayores de 80 años, ya están en lo que llaman “los descuentos” de la vida.

En medio de este viaje, tuvimos la buena -o mala- suerte que falleciera un vecino de Loica, por tanto acudimos a la ceremonia, con todos los permisos posibles, permisos que no son burocráticos, sino más bien, permisos humanos, donde el dueño de casa nos autorizaba a realizar un registro de nuestros viejos cantándoles a su hijo muerto, y lo logramos luego de horas de conversaciones y de pesares, formando parte nosotros también del ambiente del velorio.

Cuando llegó el momento de nuestros cantores, escucharlos fue algo que nunca antes habíamos sentido, algo telúrico y celestial, un silencio sepulcral y una sonoridad desmesurada. Me acerqué a uno de ellos, que llevaban una hora cantando, le pregunté si quería descansar, me dijo que recién estaba afinándose pues para cantar al lado del muerto hay que tener hombría. Y lo entiendo, porque lo que ellos hacen es cantar como si fuesen el muerto, el que se despide, y como además lo conocían, el acto completo se transformaba en redención y transmutación, todo esto esperando que amanezca, ya que la luz del alba es la única que pone fin a este acto, porque cuando el sol anuncia un nuevo día, el alma ya abandonó este mundo.

Hemos sido tragados por los surcos de la tierra, hemos visto la raíz y de ella hemos bebido, y todo lo hemos registrado, emulando a Violeta Parra  pero en esta era digital. Nos instalamos en sus comedores y en sus patios, pero eso no es todo, lo que grabamos no es solo música, si no una abierta conversación entre amigos, ellos nos regalaron sus mejores versos, y nosotros nos alimentamos de ellos, ellos nos mostraron sus venas, y nosotros bebimos de ellas, ellos no mostraron como afinan sus guitarras, y nosotros aprendimos de ello, ellos se emocionaron con sus voces, nosotros lloramos con ellos. Y nos emocionamos más aún cuando buscaron en su memoria lo que el arado ya no les da, cuando los surcos de sus recuerdos se van destiñendo  ante el ocaso de la vida de un campo ya sin máquinas para trabajar.

Ellos recuerdan, nosotros los “recordamos” a ellos.

[1]Nombre que se le daba a las personas no creyentes, o no evangelizadas

 

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