El golpe de Beya

Por: Josefa Zapata
Esta crítica fue resultado del proceso del Curso de Crítica Literaria

“Digo golpe en los sentidos múltiples que esa palabra alcanza en el siquismo de cada sujeto, en la diversidad de resonancias que esa palabra tiene en el interior de cada sujeto, digo golpe pensando, por ejemplo, en cicatriz o en hematoma o en fractura o en mutilación. Digo golpe como corte entre un instante y otro, como sorpresa, como accidente, como asalto, como dolor, como juego agresivo, como síntoma.”           
Diamela Eltit. Las dos caras de la moneda.       

Cuando Diamela Eltit escribe este texto en 1997, está tratando de responder a cuál sería la manera en que ella pudiese expresar la historia política chilena, —que a la vez indica: es personal y corporal—, desde ahí, reconociéndose lejana a una disciplina particular que examine los hitos históricos y sus nexos, encuentra en su lugar literario la palabra golpe para extenderse desde ahí hacia una reflexión acerca de la historia que se marca por los acontecimientos del 11 de septiembre de 1973. 

Golpe, una palabra que expresa acción, un ponerse en contacto con algo otro, algo que modifica, que tuerce lo que antes en apariencia estaba tranquilo, que faculta una mirada otra. Palabra que resuena de muchas maneras y que condice con lo que se genera tras la lectura de Le viste la cara a dios, de Gabriela Cabezón Cámara. 

Introducirse en la historia de Beya, —el otro nombre que recibe la novela de la argentina Gabriela Cabezón—, es ir a un lugar de golpes, de las muchas maneras como decía Eltit, de las que cada sujeto alcanza a dimensionar en su psiquis. Es adentrarse en un espacio imaginario, pero no irreal, donde las palabras sangran, duelen, y las imágenes producen quiebre, como proyecciones retorcidas, llenas de un ruido especial, un ruido que es también silencioso, porque ahí donde hay silencio, hay algo que lo produce. 

Adentrarse en la lectura es vérselas con los propios golpes y con los comunes, es evocar recuerdos, historias y relatos de experiencias que se aproximan a la crudeza, a horrores, a vejaciones.   Es una historia que se escribe con el cuerpo, un cuerpo violentado, forzado a vaciarse, a desmemoriarse, a silenciarse. Pero también, vuelto a una dicotómica disyuntiva entre un desesperanzar mortífero y una constante búsqueda por aferrarse a la vida, donde las imágenes religiosas dislocadas no son ajenas a este impulso. Es un cuerpo que se ve afectado por la violencia que,  ciertamente, puede ser el de cualquiera. Hay en Beya una invitación a no quedarse ajeno,  y asomar nuestra mirada a las múltiples formas en que la violencia se escabulle.

El lenguaje de Beya, las descripciones, las imágenes que aparecen en las palabras ahí pronunciadas, son de una asombrosa capacidad de la autora de recrear un lugar  —el puticlub de Lanús— lleno de vicios, de suciedad, de abusos, de miedos, con un lenguaje que hace estremecer cada fibra del cuerpo. Lo que hace Gabriela Cabezón, es dar un golpe, sacarnos del instante en el que antes estábamos para llevarnos hacia otro lugar, un lugar profundo, oscuro, cuya única luminosidad queda sujeta a ese impulso de vida.

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