El fantasma de Loie Fuller

loiefullerintroLoie Fuller fue una bailarina, actriz, productora y escritora estadounidense, famosa por indagar en los efectos visuales. Utilizó tejidos que flotaban y luces multicolores. Actuó como profesional siendo niña y se la considera una bailarina autodidacta. Tabajó principalmente en Europa, donde creo cerca de 130 danzas entre las que se encuentran los solos “Danza de la serpiente” (1890), “Danza del fuego” y trabajos para su grupo como “En el fondo del mar” (1906) y el “Ballet de la luz” (1908).

Por Claudia Fuentes Brito*

Además de servir de modelo para retratos de los artistas franceses Henri de Tolouse Lautrec y Auguste Rodin, también fue conocida por los científicos franceses por sus teorías sobre la iluminación artística.

Cuando se habla del fantasma de Loie Fuller, esto se refiere a partir de un modo tangencial, desde prácticas y lenguajes presentes en la creación actual que abordan cuestiones latentes en su trabajo y que a veces las encarnan desde posicionamientos diferentes, desde una reflexión crítica enraizada en nuestro presente. Propuestas que nos permiten crear puentes con los trabajos de Fuller como pionera e investigadora de la electricidad, la luminiscencia y la puesta en escena desde la caja negra.

Su relación con la danza como movimiento y la imagen en movimiento se convertía en un maravillosos caleidoscopio anamórfico en el que lo cinético y la transformación continua escribían una narración que ya no era lineal, que no respondía a un cuerpo y un orden definido y enmarcado dentro de las proporciones clásicas, sino que podía contar desde lo abstracto, desde la discontinuidad o la fragmentación. Esto constituye un intento por dialogar desde nuestro presente con esas puestas en escena que a principios del siglo pasado rompieron los parámetros de percepción de espacio y tiempo a los que estaba habituado el espectador y lo trasladaban a un lugar que escapaba de la gravedad para transcurrir en un “siempre” y un “ahora”.

Un lugar donde lo visible y lo no visible, lo real y lo fantasmagórico creaban un tejido escénico que se adentraba en lo intermedial, poniendo en diálogo al hombre y la máquina, y se arrojaba a la tecnologización y la instrumentalización de los cuerpos y la naturaleza, jugando con lo artificial y con el efecto, rompiendo los límites disciplinares para crear un espectáculo total que ponía al espectador en contacto con el emerger de las formas materiales e inmateriales.

Esto lleva a cuestionar activamente nuestro acercamiento al asombro, al no-saber, al cuerpo como lugar y potencia, a la forma y los conceptos de lo puro. Nos han permitido preguntarnos sobre el movimiento como acto y acción, sobre lo cinético, entendido como progreso, sobre la relación con la ficción y el “efecto” del efecto; interrogarnos sobre cómo queremos habitar, desde lo íntimo y lo político, los espacios de luz y de sombras, dejando existir lo borroso, lo que no sabemos nombrar, adentrándonos en esa intermitencia entre aparición y desaparición como pasaje “entre” que nos permite asombrarnos y vislumbrar otros posibles.

¿Podemos reivindicar espacios de deslumbramiento, fascinación, encantamiento, efecto o ilusión como lugares de descubrimiento en los que habitar por la pura alegría y potencia del existir, y abrir, desde ahí, otros espacios de percepción y de relación con los afectos que no sólo habiten en la razón, en lo nítido de lo visible?

*Docente y licenciada en Filosofía. Docente, coreógrafa independiente e intérprete de danza.

Comenta desde Facebook

Comentarios