El Estado y la educación nacional

Valentín Letelier (1852 - 1919)

Valentín Letelier (1852 – 1919)

Por Equipo La Juguera

En 1888, el mismo año que Rubén Darío publicaba Azul en Valparaíso, Valentín Letelier Madariaga pronunciaba un discurso en sesión solemne celebrada por la Universidad de Chile.

Este discurso se ha transformado en el primer libro de la colección Manifiestos, que Editorial Universidad de Valparaíso lanza este 13 de mayo a las 11:30 horas en el Aula Magna de la facultad de Derecho de esta casa de estudios.

El texto, vehemente y republicano, se llama El Estado y la educación nacional y nos permitimos dejarles unos fragmentos en estos días tan urgentes y decisivos.

“… la más noble de las tradiciones políticas de Chile, cual es, que la prosperidad y la grandeza de este pueblo van indisolublemente vinculadas al constante desarrollo del espíritu nacional y de la enseñanza pública”.

“Para el sociólogo y para el filósofo, bajo el respecto indicado, bajo el respecto moral, gobernar es educar, y todo buen sistema de política es un verdadero sistema de educación, así como todo sistema general de educación es un verdadero sistema político”.

“En particular, es necesario que la Universidad, expresión la más elevada de nuestra cultura intelectual se convierta cuando antes en una institución realmente nacional por su carácter y por sus funciones. Llamada, como corporación docente, a desarrollar la ciencia, corresponde a ella como poder espiritual, como “superintendencia de la instrucción pública”, imprimir a la enseñanza nacional el doble sello de la aplicabilidad y de la unidad científica, y mantener perennemente encendida en este suelo la luz de la filosofía”.

“Chile no sería por su cultura el primero de los Estados americanos, sería el último de ellos, como fue durante trescientos años la última de las colonias españolas, si no hubiera dado tan enérgico y perseverante esfuerzo a la enseñanza pública. Los que componemos la actual generación la hemos recibido de nuestros padres como una herencia de cultura misma que no podemos repudiar sin repudiar la cultura misma, y como una herencia amayorazgada e inalienable que nos impone el deber sagrado de transmitirla, a nuestro turno, acrecentada, so pena de cargar con el vituperio de la historia”.

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