El bibliobus de Aysén

Alfredo Fica, el bibliobusero de Aysén

Alfredo Fica, el bibliobusero de Aysén

Por Valparapata

Truko, Silencio, Guante, Capitán, Solito, Yuma, Compañero, esos eran los nombres que tenían los perros de los niños que visitábamos en las escuelas rurales de Aysén.

Viajábamos cada quince días a una escuela distinta en un bus biblioteca que habíamos inventado la Viky, Alejandro y yo, gracias al famoso Fondo del Gobierno Regional, el bendito FNDR.  Esta ha sido una de las mejores épocas de mi vida, por allá por 1994, antes de que existiera el mentado 2% de cultura. El bus todavía funciona, ahora es un camión donde los niños entran y visitan la biblioteca, piden su libro y lo devuelven después de quince días.

Cuando comenzamos, la biblioteca pública de Coyhaique atendía 200 personas al día. Después de diez años el flujo aumentó a mil personas al día.  Hoy es una de las bibliotecas que tiene más alto préstamo domiciliario del país. Un edificio modelo que es un centro cultural maravilloso en una ciudad a la que todavía no llega el omnipresente mall y donde una vez intentaron poner un McDonald pero fracasó.

“La primera vez pasaron de largo, la segunda yo no estaba, ¿tienen Paula de Isabel Allende?”, me preguntó una mañana Juanita. Vivía a más de cien kilómetros de Coyhaique, en un valle solitario en el que había una escuela unidocente de 20 niños y su profesora. Juanita leía a Milan Kundera, “me gustan las novelas, los cuentos cortos me dejan siempre con gusto a poco” me decía mientras elegía entre Coronación, Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera.

Muchas veces a nuestro bus se subía la Bruja Maruja, entera vestida de verde y con su paraguas rosado. Una vez sorprendió en medio de una carretera polvorienta a una comisión que venía de parte de la Fundación Bill y Melinda Gates para evaluar una ayuda a las bibliotecas públicas chilenas. Como ella nunca le tuvo miedo a nadie, se sentó en la falda de uno de los gringos y le cantó una canción. La fundación después de ese viaje a Chile,  decidió poner internet en todas las bibliotecas públicas chilenas, pero eso es historia que da para otros recuerdos.

Me acuerdo de Alfredo Fica el bibliobusero de Aysén, tan conocido y querido, un solidario compañero que ya conocía dónde tenía que detenerse cuando alguien quería un libro en medio del camino: una banderita, una muñeca puesta en una ventana, una pañoleta amarrada en un cerco, esas eran las señales. Siempre alguna mujer llegaba con huevos frescos o mermelada y te los regalaba agradecida por los libros que le dejábamos.

Recuerdo los mejores desayunos de mi vida en la Escuela de Lago Polux (que ya desapareció, porque en estos años han desaparecido muchas escuelas rurales). Habíamos viajado dos horas en la nieve, hacía mucho frio, llegábamos y nos recibía el aplauso de los niños y niñas del internado.

Era esos días en la Patagonia donde no sé porque el cielo es tan azul, el aire tiene consistencia, el frío te estira la piel y el calor del alma te hace sentir que estás vivo.

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