Dos canciones de Caetano

Caetano Emanuel Viana Teles Veloso

Caetano Emanuel Viana Teles Veloso

Por Rodrigo Acuña Bravo, periodista y fotógrafo

Caetano Veloso es para mí uno de los fundamentales. Dentro y fuera del escenario. Sobre éste su timbre vocal único unido a una exquisita capacidad para la composición y la interpretación, sean temas propios o de otros; ¿alguien duda acaso que “Sozinho” no sea una obra de Caetano, a pesar de haber sido escrito por Peninha? Y si el tema interesa ahí están “Oceano” (Djavan), “Acontece” (Cartola), “Billie Jean”(Jackson), “Drao” (Gil), “Jokerman” (Dylan), y la lista la puede completar usted.

Bajo el escenario, los ojo y oídos bien abiertos. Su posición como referente cultural (ya no sólo musical) y no sólo brasilero, si no latinoamericano. Desde el Tropicalismo hasta el reciente Samba-Rock, desde el exilio en su juventud hasta sus recientes enfrentamientos con Lula; su música, opiniones y acciones le han valido tanto reconocimiento como destierros.

Son los ’60 y en Brasil mandan los militares, Caetano entra en escena en plena efervescencia política pero a la izquierda no le parece que en su música mezcle a Luiz Gonzaga con The Beatles, no puede la tradición armonizar con la perniciosa influencia anglosajona,  y menos todavía toleran sus extravagantes túnicas y peinados. La antropofagia no compartía mesa con la ortodoxia revolucionaria. Ni forma ni fondo, ni por ningún lado.

Esa izquierda miope, a la que Veloso les gritaba / cantaba “E pohibido prohibir” no vio por supuesto lo que la derecha y los militares: esa agitación / provocación tropicalista (política, cultural, musical) quería tanto ver terminada la Dictadura como apostar a una creación con influencias universales pero con base en el centro mismo del Brasil. Aquella revolución era algo impensado para entonces, desconocida, y por tanto peligrosa, demasiado peligrosa. Fin de la década y el juego: él y Gil son secuestrados, encarcelados, rapados y enviados al exilio.

Aquel chico delgado y afinado que pasaba su infancia jugando con el piano y aprendiendo antiguos sambas junto a su madre en Santo Amaro, pudo ser solamente un gran músico y un mejor cantante dentro de la inmensa y rica escena artística de su país, rondando los seguros centros melódicos y sociales, pero prefirió el riesgo, lejos de izquierdas y derechas, y ese riesgo fue su obra, movimientos como el Tropicalismo y discos tan arriesgados y personales como Araca Azul (1973) o Joia (1975), siempre con él y su voz en el centro como buen vanidoso que es. Y estas dos canciones nos hablan de y por Caetano.

Da maior importancia” y “Ele me deu um beijo na boca” son a la vez un caso especial. Ocupando un lugar discreto en su discografía, no han formado parte de conciertos ni antologías. Nada que ver con el impacto de “Alegria Alegria” o “Sampa”. Ni las mejores ni las peores. Algo monótonas para cualquier oído. Por supuesto no son puerta de entrada a su complejo y multiforme universo, pero una vez dentro, puede uno escucharlas una y otra vez como llevado por el ritmo un tanto hipnótico que presentan y porque en ellas va, a caballo, una buena parte de todos los Velosos que han existido hasta la fecha.

Es prácticamente imposible identificar una estructura musical determinada en los más de 60 álbumes de Caetano, por el contrario, salvo quizás en su primer disco (“Domingo” de 1967) escuchamos una obra plagada, no sólo de una inabarcable cantidad de ritmos y estilos, también de momentos y situaciones históricas y personales.

Los dos niveles se contraponen y con su voz como guía de ruta, Veloso es capaz de cantar y (lo más importante) hacer una buena canción prácticamente de cualquier cosa. De eso se tratan estas dos obras, de compartir que en Caetano hay un estilo en sí mismo (nada nuevo esto), pero sí intentar empezar a averiguar de qué y cómo es que está hecho.

“Da maior importancia” fue grabada por primera vez en una versión bastante marihuanera (y excelente) de Gal Costa, el año 73’ en su disco India. Veloso la grabaría recién dos años después para Qualquer coisa y ambos cuentan que fue compuesta luego de un paseo por la playa en un tiempo donde la relación entre ambos parecía ir y venir entre la amistad y el erotismo, de ahí la ambigüedad en la letra. En esta versión aparece el Caetano “clásico”, entrecomillas porque a pesar de arrastrar (a través de la interpretación a pura guitarra y voz bossanovesca) a una importante tradición brasilera, la movilidad vocal y armónica a través de toda la música lo sitúa una vez más mirando a la complacencia como suele hacerlo muchas veces durante su carrera, por encima del hombro.

“Ele me deu um beijo na boca” grabada en 1982 para el álbum Cores Nomes  juega en las mismas ligas pero a la inversa, abrazando de lleno la experimentación sonora de la década, y desde la lírica definiendo una vez más su lugar en la música, el arte y lo social. El provocador relato de un aparente encuentro homosexual da paso a un  manifiesto en clave pop que Veloso ensaya durante los más de 7 minutos de canción y que permanece como otro contundente registro de su carrera junto a piezas como “Tropicalia” o “Estrangeiro”.

Ambas canciones toman una estructura emparentada sutilmente con el jazz modal y también con ciertos pasajes del hip hop, al insinuar una pequeña secuencia rítmica de acordes sobre los que se levanta toda una enorme construcción armónica y lírica. Son similares pero muy distintas entre sí, y aquella aparente paradoja representa finalmente (y fielmente) lo que es la obra de Caetano Veloso, amplia más que contradictoria, un músico con el poder de transformar las cosas de ida y vuelta, aparentemente sin mayor esfuerzo, guiado sólo por el trabajo de un oído educadísimo y su privilegiada voz.

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