Delirios kafkianos de un arquero. A propósito del libro “El guardameta”

“Con una contumacia inigualable, Koza tensiona este imaginario del perdedor que explota cierta sociedad competitiva al mismo tiempo que pone en juego todos los delirios posibles en torno a la pasión futbolera y al apasionado modo con el que se puede llegar a vivir”, escribe Claudio Guerrero.

El cuento “Pamela” de Walter Koza fue uno de los seleccionados para nuestra sección Cuento Inédito 2015 . Lo puedes leer aquí.  

Por Claudio Guerrero

El guardametaAquí voy a hablar de fútbol, literatura y cultura popular. Tan solo unos pocos apuntes que apenas intentan esbozar algunas de las posibles direcciones y modos de leer que permite esta novela de Walter Koza (Rosario, 1975).

En el mundo del fútbol suele decirse sin más de los arqueros que son unos locos, unos extravagantes jugadores que se destacan por su masoquismo (que te llenen a pelotazos, que la barra contraria te insulte a todo dar, que seas el responsable de una derrota), pero al mismo tiempo que siempre están a un tris de la gloria, cuando atajan un penal a última hora, cuando al estirarse de manera imposible sobre la raya de cal se convierten en el héroe de la fanaticada para terminar siendo aplaudidos efusivamente.

En mi vida de hincha y de jugador amateur he conocido un poco de esta extraña raza. Recuerdo que en 1988 llegó a Palestino un portero argentino que se llamaba Alfredo Uicich, que tenía por costumbre jugar con una humita en el cuello. Como si transitar bajo los tres palos se tratase de una distinción, una elegancia ineludible que el portero debía remarcar, rindiendo tributo.

Alex Varas, ex Santiago Wanderers, fue uno de los primeros que introdujo la moda vintage en el fútbol. Como si se tratase de algo estético y ondero, más de algún partido lo jugó con unas rodilleras dignas de los años cincuenta y una boina sacada de la sombrerería del Dr. Woronoff, conocida por todos como la tienda del mono.

Y se me viene a la memoria también el caso del Loco Pereira, un arquero uruguayo de Independiente de Avellaneda de a fines de los ochenta que tenía por costumbre jugar con buzo todos los partidos, aun si hubiese en la cancha cuarenta grados de calor y una humedad insoportable. Como si conteniese un extraño pudor, nunca exhibía las piernas, algo de lo más común en este deporte. Hasta que un día la revista El Gráfico, que yo juntaba desde pequeño, mostró la exclusiva en el ejemplar de colección dedicado a ese equipo que fue uno de los últimos en salir campeón de un torneo largo, el 88-89. Ese día se acabó el misterio y se consumó la traición: allí estaba Pereira en una foto cortando un centro en un entrenamiento, en shorts. Parecía otro, un impostor. Una vil copia de un arquero común y corriente.

En el mundo imaginario, en tanto, el único atajador que recuerdo con cariño es el protagonista de la novela de Peter Handke, El miedo del portero al penalti, llevada al cine posteriormente por Win Wenders en 1972. En código de novela negra, el personaje carga consigo la desidia, la rutina, el desencanto existencial de un jugador profesional de la B y un crimen. El taciturno personaje vaga por la ciudad desorientado, absurdo, metafísico luego de haber sido expulsado de un partido. El fracaso y la angustia lo persiguen, el miedo a la derrota lo fustiga, como si supiese que, al contrario de lo que señala el dicho popular, el fútbol no diera revanchas.

El portero de la novela de Koza tiene algo de todos ellos y más. Incluso algo de la filosofía del exarquero argelino Albert Camus. Felipe/Raúl forma parte de este panteón de sujetos impredecibles e inubicalistas. Sacado de un extraño delirio de índole kafkiano mezclado con la peor película de John Waters, junto a muchos otros guiños a la cultura popular, el cine y la literatura, el protagonista de esta novela de Koza es un sujeto tan extraño como alucinado: no solo vive los partidos de su equipo de ciegos (y los pierde, ¡los pierde!) como si fuese la final de una copa del mundo jugando en el Maracaná, también es un sátiro empedernido con características adolescentes que persigue cualquier atisbo de curva sin importar su sexo, y que un día sin más literalmente explota cuando el equipo del cual es hincha, River Plate, está a un paso de consumar su histórico descenso a la B, en una escena hilarante (el capítulo III), graciosísima, de antología, una escena que ni a los creadores de Peaje indómito, la inolvidable teleserie del mítico programa televisivo de los años noventa, Plan Zeta del Canal Rock and Pop, se les hubiese ocurrido.

Koza juega en esta novela con todos los lugares posibles ligados al fútbol, pero también incorpora elementos de una cultura popular que asocio a registros del cine B y el comic, y que condimentan la novela de un modo especial. La segunda parte, de hecho, cuando Raúl se “convierte” en Felipe es una mezcla del imaginario posible de encontrar en películas del tipo Los usurpadores de cuerpos, Holocausto caníbal o Los hijos del maíz. Pueblos perdidos en medio de la pampa gobernados por una secta, comportamientos extremadamente estudiados o automatizados de sus habitantes, un lugar en medio de la nada donde increíblemente todas las mujeres son hermosas. Como si se tratase de un mundo esquizo paranoide con características alienígenas, contado por un narrador mezcla de las historias contadas por Isaac Asimov, John Kennedy Toole y Osvaldo Soriano, todo el alocado ritual que gira en torno al Club La Piedad (y sus bellas piadosas) remite a una apocalíptica epifanía de lo que puede llegar a ser el fútbol para una comunidad, al mismo tiempo que expresa toda la paranoia y la alucinación posibles de crear y contener en la figura de un pueblo-tribu que somete al protagonista a una experiencia límite de tipo sacrificial de la cual solo sus amigos ciegos, increíblemente, lo pueden salvar.

Pueden ser muchos los párrafos que grafiquen de manera cabal las características de personalidad del guardametas. Escojo este en donde el personaje dice de sí mismo:

Esta es tu vida, Raulito. Una vida en la que te quedás solo y mojado. Pienso que a lo mejor, más que lluvia, en realidad, lo que me cae del cielo es la orina de una jauría inmensa de elefantes alados como Dumbo que me están meando. Estoy meado por una manada de elefantes con cistitis (81).

Este tipo de construcciones rondan de manera cómica la novela de Koza y a su personaje, gobernado por la desidia y el absurdo. Con una contumacia inigualable, Koza tensiona este imaginario del perdedor que explota cierta sociedad competitiva al mismo tiempo que pone en juego todos los delirios posibles en torno a la pasión futbolera y al apasionado modo con el que se puede llegar a vivir. El cóctel es una alucinante historia que sorprende a cada instante, que se vale del suspenso y el humor y que mantiene la atención hasta el final. Se agradece al autor por otorgarnos algunas horas de profunda alegría y risotadas sin igual, algo escaso en nuestras vidas cotidianas y en la literatura que se enseña en escuelas y universidades. Sabemos que se trata de un asunto serio, pero esa misma seriedad que se cuestiona desde los epígrafes escogidos para iniciar el libro, es justamente la clave de su inigualable humor: “A veces buscás, a veces ganás y otras perdés” dicen los chicos de Vilma Palma e Vampiros. “Un gol no puede ser anotado por un guardameta en ninguna circunstancia”, expresa el reglamento de juego de Futsal de la Federación Internacional de Deportes para Ciegos. Con este inicio, sabemos que deberemos acomodarnos lo mejor posible para asistir a este espectáculo, la gran impostura a la cual Koza nos invita a entrar.

El guardametas
Walter Koza
Buenos Aires: Expreso Nova Ediciones, 2015

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