Crónica de la vida privada

Fotografía por Daniela Paz

Kena Kokaly | Doctora © en Literatura, PUC | Cocinera en Entera Rica.

Muy tempranamente descubrí que lo mío no era la creatividad. No fue un descubrimiento feliz; todo lo contrario. Me costó asumir que no se me ocurrían historias, situaciones. Sin embargo, a la par de esa revelación, hubo otra: lo mío era el análisis. Podía ver distintos escenarios, vincularlos entre sí, reconocer similitudes, diferencias, proyectar recorridos, imaginar mundos posibles a partir de las variables que se me presentaban. Así me he ganado la vida, desmenuzando cuanto dispositivo se me pone por delante. He transitado plena, tranquila y capaz en ese empeño… hasta que llegó octubre de 2019.

De pronto me sentí incapaz de pensar. Incapaz de relacionar todo lo que veía. No porque no reconociera lo que estaba viviendo, sino porque la memoria traumática de la dictadura despertó en mí los miedos antiguos y surgieron los nuevos, vinculados a mi condición de mamá, y me paralicé.

Cuando pude tranquilizar el ánimo (“tranquilizar” con muuuuchas comillas), llegó ese marzo que tanto esperábamos. Ese marzo que traía consigo la esperanza de un despertar furioso, más organizado, en el que las calles se volverían a llenar de nuestra presencia exigente y decidida. Pero llegó junto a una narrativa lejana, evocadora de épocas pasadas. Pandemia. PANDEMIA. Ahí, en ese momento, me di cuenta que había perdido mi maleta de herramientas. Que esa capacidad con la que me sentía tan cómoda ya no me servía para esto. ¿Analizar los eventos? ¿Vincularlos? ¿Proyectar? ¿Reconocer variables?

Completamente nublada –pero necesitando con urgencia el análisis y la escritura– me volqué hacia lo que llamo “crónicas de la vida privada”.

En el espacio delimitado del hogar, con rituales específicos, puedo ver el impacto de esta pesadilla en espiral en la que estamos intentando mantener la cabeza fría. Lo veo en mi pequeña manada, lo veo en mis amistades cercanas. Los vaivenes emocionales, la pesadumbre de la incerteza económica, los vínculos que se fortalecen, los vínculos que se desmoronan.

Como no confío en el Estado ni en las instituciones, enfrento la cuarentena refugiándome en el amor y en el apoyo de las personas que, al igual que yo, han reconocido en la construcción de comunidad la única manera de sobrevivir económica y emocionalmente a este cataclismo. Me aparto de los individualismos, así provengan de afectos largamente cultivados. A veces deliro y me convenzo de que, si no estuviéramos viviendo en dictadura, esta cuarentena sería linda, cariñosa, solidaria. Me hago mayor y me doy cuenta de que mi corazón siempre punkie, es profundamente hippie.

Decir ahora mismo que he cambiado es simplista y, seguramente, falso. Puedo decir con certeza que sí he desarrollado, a golpes, destrezas que no pedí. Que mantener el buen humor requiere de mucha inversión de energía y que, cuando no me da, me entrego sin tapujos a la desesperanza. Que sí sé que vamos a salir de ésta, pero que la única forma que veo como posible y que me acomoda es la que considera las necesidades y urgencias del resto como si fueran propias. Que el legado de este modelo sanguinario se combate en las calles, pero también en las prácticas cotidianas que fortalecen el intercambio recíproco y respetuoso. Que vivir una pandemia en Chile es el peor escenario imaginable. Que la vida es menos amarga cuando sabemos que nos tenemos cerca.   

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