Crítica Teatral: “La historia de los anfibios”

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Por David Vergara

“La historia de los anfibios”, cuarto trabajo de la cía La Mala Clase, se presentó los primeros días de noviembre en Valparaíso. La obra -creación colectiva dirigida por Aliocha de la Sotta- se presenta dentro de una sala de clases de un colegio de Santiago, donde tras un accidente que llevó a la muerte de uno de los alumnos se hace necesaria una reunión con los apoderados del curso para hablar del caso. La escenografía es simple y bella, sillas y bancas con un piso hecho de material de pizarra para tiza donde los personajes literalmente analizan y critican “sobre” su propia educación.

La obra ahonda en la educación chilena con una dramaturgia sencilla, pero certera y profunda. Critica la ausencia del rol de los padres en la educación de sus hijos y la idea ya prácticamente instaurada en su totalidad, de que su rol es y debe ser sustituido por los profesores. El discurso es inteligente y claro. Gracias a la comparación con la educación finlandesa de donde proviene la profesora del curso en cuestión, se logra tratar temas como el bullying, la medicación dentro de los centros educacionales, el engaño de la industrialización y el progreso o la destrucción de la cultura presentes en nuestro país. Cada uno con la profundidad que merece, haciendo analogías permanentes con el pasado y vinculando los cambios al progreso económico y tecnológico.

Los seis apoderados presentes son claramente identificables gracias al gran trabajo de personificación llevado a cabo por la compañía, particularizándose cada uno a través de gestos, kinética, vestuario, etc. Exceptuando el caso del personaje/directora, en donde su falta de matices tanto corporales como en cuanto a su prosodia hacen que se pierda importancia e interés en lo que dice, y que escucharla sea un acto desagradable al cabo de unos minutos, quitando el dinamismo que logra la obra hasta su llegada a la sala de clases. En un estado que parece estar difuso desde la actriz y no desde el personaje.

En cuanto a la sonoridad del montaje, este comienza desde el pre-set, donde a través de la música de “Portavoz” nos adentramos en la temática que será presentada a continuación de manera sencilla. Posteriormente, los sonidos acompañan con sutileza la obra, apareciendo solo en los momentos necesarios, sin llegar a ser molestos. La iluminación, por su parte, hace lo suyo también con delicadeza, dirigiendo la mirada, haciendo “close-up” a los personajes en algunos momentos donde narran situaciones importantes.

La obra nos recuerda cuál es nuestro modelo de vida aprendido y de alguna forma nos invita no solo a reflexionar, sino a buscar una solución al sistema educativo sin que terminemos en un círculo vicioso atravesado por la ambición económica.

 

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