[Crítica Literaria] Panza de Burro: la arrolladora voz de una millennial

Por Eduardo Bustamante Fernández

Desde la publicación en España de Panza de burro (2020), la escritura de Andrea Abreu (1995, Tenerife, Canarias) se abrió paso de una manera arrolladora. Ya se habían publicado Mujer sin párpados (2017) y Primavera que sangra (2017), poemarios que tuvieron una gran recepción y comenzaron a “correr la voz” sobre la joven autora, pero su primera novela le ha valido ser editada y traducida alrededor de todo el mundo, y merecedora de numerosos premios (entre ellos, el XVI Premio Dulce Chacón, hace tan solo unos días). Su voz ha generado un verdadero debate en torno a su naturaleza, por lo demás de una fuerza viva y singular. 

Para una generación nacida al amparo de la tecnología y de la poca importancia sobre ciertas convenciones sociales (la imagen del matrimonio feliz por siempre, de los buenos padres que, maltrato mediante, hacen todo por sus hijos, etc.), y de manera posterior a un sinfín de revoluciones de todo tipo, lo extraño sería perpetuar un modo de escribir plano, “normal”, “bien hecho”, “limpio” en sus temas y formas.  Por eso en la escritura de Andrea Abreu lo extraño no es ya lo extraño; el lenguaje oral que subvierte normas escriturales, la bachata y las telenovelas colándose en el imaginario infantil o la importancia de la caca en el día a día son consecuencias naturales de una percepción límpida de la realidad. Abreu intenta asirla de la manera más sincera posible antes que filtrarla a través de imágenes preconcebidas, atentas a normas del buen gusto. No hay ya distinción entre una cultura superior o inferior, sino el puro aprendizaje de una realidad precaria, donde la cultura, los maltratos y la pobreza se mezclan para las protagonistas de este libro en un todo difícil de entender sin daño de por medio. 

Panza de burro llega a Chile bajo la bella edición de Kindberg, editorial que desde Valparaíso ha consolidado un catálogo contundente en pocos años. El acierto esta vez es traer al país una novela que si bien lleva poco más de un año en movimiento, ha dado bastante de qué hablar, precisamente por lo que mencionaba. Si quisiéramos etiquetarlo, tendríamos que decir que es un libro fuertemente generacional. Millennial inclusive, y estaríamos apuntando a algunas de sus tomas de posición: no acata normas ortográficas o sintácticas, hace uso de un lenguaje anclado territorial y generacionalmente (la juventud de los noventa en los sectores periféricos de Canarias), hace hincapié en situaciones (y modos de describirlas) desagradables, “mal vistas”, y se atiene a una percepción del mundo fuertemente ligada a la pubertad, que se cierra a conciencia a explicar sus motivos a un entorno adulto que, de la misma manera, corta cualquier atisbo de comunicación. De cualquier modo, lo que menciono no es novedad: ya en el lúcido y emotivo prólogo la editora del libro, la escritora Sabrina Urraca, indica lo que le produjo la prosa de Abreu cuando aún Panza de burro era un atisbo apenas: “Esa misma noche, recordando el texto, sentí un destello de hambre editorial, un letrero luminoso que decía (disculpen mi vulgaridad): «Literatura millennial» canaria. Un chisporroteo de todo lo nuevo y ultrafresco y jamás-publicado-antes que ese escrito anunciador podía contener” (12).

Estas características produjeron un fenómeno de lectura (en su edición original vía editorial Barrett va en su duodécima reimpresión), pero también un torrente de críticas dispares en tono y calidad; las negativas, acusando un texto pobre, falto de interés literario, estructura o calidad alguna, sin más argumento que lo soez; las positivas, en gran medida, pecaron de quedarse en una percepción superficial: la valentía del texto en cuanto a su forma y desparpajo, y poco más. Pero me parece que si el texto ha dado que hablar a tal punto, es porque entrega mucho más.

El argumento es sencillo. La novela, narrada en primera persona por una chica de la que no sabemos el nombre, desarrolla en breves capítulos el día a día de la protagonista en unos pocos entornos: algunas casas del barrio, el estudio, y territorios un poco más alejados a los que solo a veces se atreve a acercarse, bajo la compañía de Isora, la segunda protagonista del libro, suerte de compañía vital de esta voz y, a la vez, su fuerza opositora. Quien le impulsa a crecer, a consumar el deseo que le quema por dentro, y también a crecer demasiado rápido en ocasiones, pasando sobre sus tiempos, más calmos e inseguros. Es, por sobre todo, quien merece ser nombrada; la fuerza a través de la cual, en muchos sentidos, la voz narradora se ve sobrepasada, borrada. 

Ese desarrollo, del que libro nos hace partícipes a lo largo de unos cuantos meses, se sucede entre vivencias propias de la niñez (que en el transcurso de la novela se aleja poco a poco), como juegos con muñecas, primeras experiencias sexuales y travesuras comunes hacia los adultos, algunas más graves que otras. Pero también entre situaciones que se dan en la infancia que no deberían por ningún motivo suceder: abusos sexuales, exposición a juicios y opiniones que merman la autoestima, la cercanía a las drogas y el maltrato como una constante normalizada. Todo ello sin una línea divisoria, claro está.

Cada capítulo va titulado según una frase que lleva adelante la narración y deja claro el estilo que está por venir: el primer capítulo, llamado “TAN ECHADITA PALANTE, TAN SIN MIEDO”, comienza con una descripción de las bondades del vómito, que Isora practica con fervor (un inicio que filtra lectores, imagino). Y desde ese momento queda fijada su importancia: ella es esa “TAN” para todo; tan atrevida, valiente, en contraste con la percepción que tiene la protagonista de sí misma. A pesar de que aquello a lo que se atreve no siempre sea lo mejor, partiendo por la bulimia, que Isora idolatra debido a los ideales de belleza que quiere alcanzar, cuestión que recorre toda la novela: ser flaca como las actrices, como las chicas que le gustan a los hombres, flaca y más flaca aunque Isora no sea, en realidad, gorda; dada su voracidad al comer, su abuela Chela se antepone a la previsible gordura con castigos y gritos.

Isora no se deja amedrentar, eso sí, y se vale del desconocimiento de Chela para tratarla de bitch, bitch esto, bitch aquello, explicándole que en inglés así se dice abuela. Trata de modo parecido a nuestra protagonista: shit podría ser su nombre si Isora lo decidiera. No de una manera ofensiva, eso sí: más bien “como de cariño”, como indica la protagonista, un cariño “tímido, silencioso”. Fundado en comunión: pocas cosas tienen tanta importancia en el libro como la “cagalera” y los “meados”. La “mierda”. La mierda como desahogo: las chicas se enferman del estómago a propósito, les gusta, cagan para luego “meterse la manguera en el culo para cagar a presión, más mejor más rápido, para estar más flaca que un cantagallo” (102), se mean encima solo para saber qué se siente, porque eso es la pubertad, sobre todo: querer saber qué se siente. Y la protagonista quiere saber qué se siente ser Isora, parece decirnos a veces.

Eso es lo que indica el círculo de sexualidad, suciedad y violencia: la protagonista siente al extremo, odia y ama a Isora, quiere ser ella, entrar en ella y destruirla por dentro a la vez: “(…) yo me quería chupar la cabeza de isora para meterla dentro de mi cuerpo (…) y cagarla pa que fuera mía guardar la mierda en una caja pa que fuera mía pintar las paredes de mi cuarto con la mierda pa verla en todas partes (…)”(81), lo que ilustra con plenitud la complejidad de los sentimientos que Abreu maneja, con un estilo que puede parecer sórdido pero, leído en el contexto de la conciencia de una niña disparada hacia todas partes por lo que siente y no sabe sentir, alcanza vuelos poéticos y adquiere gran mérito: escribir mediante oraciones hechas, que podrían sonar más “pulcras” o “bien terminadas”, es mucho más fácil.

Sé que se me quedan muchos temas en los que podría explayarme, como los hermosos personajes que recorren la narración (Juanita Banana sobre todo, Chela, Eulalia, entre otros y otras), el personalísimo humor del libro o el conflicto de clases que lo recorre desde las diferencias entre las propias protagonistas, pero para concluir quiero enfocarme en uno en específico: el del territorio. Más que el solo tema del lenguaje geográficamente ubicado, Abreu le da vida a sus muchachas a través del pequeño territorio que recorren de una manera tan lograda que, apenas se alejan un poco del círculo de casas que limitan su conocimiento espacial, sabemos que algo, bueno o malo, pasará. Y no es solo una cuestión de mencionar localidades, de hecho casi no sucede, sino del cómo Abreu estructura la comprensión del barrio, y de la isla entera, en la voz de su protagonista. Se mueve según puntos que en el barrio llaman su atención (la venta de Isora, la casa de los “homosecsuales” o la casa de Doña Carmen, que delimita el fin del mundo), y la atmósfera de la isla motiva su ánimo y el de la gente del barrio, desde el mismo título, cuyo significado es tan bello como peculiar: “panza de burro” es un fenómeno climático de Canarias que, visto desde la orilla, puede ser hermoso, pero visto desde el cielo que ven los personajes de Panza de burro no es más que un gris que lo cubre y entinta todo. No es la vista que se le muestra al turista y a los medios, al menos. Algo similar a lo que sucede, me parece, con ciertas vistas prefabricadas para el turista entre Viña y Valparaíso, y el paisaje más profundo que pueden ofrecer.

En ese sentido, el dibujo del artista Renato Órdenes para la portada condensa, por un lado, el espesor de las nubes que recorren el libro como un personaje más, y por otro la amenaza velada del volcán, que todos en el barrio recuerdan de vez en cuando, porque saben que, de entrar en erupción, morirán. La panza de burro no es una vista plácida pero el volcán, tras disiparse la primera, menos. Lo condensa mejor la narradora, al enunciar por qué masturbarse tanto, sin parar: “Al principio nos estregábamos poquitas veces, más escondidas. Pero luego, cuando nos enteramos de que el volcán pudía explotar, empezamos a estregarnos más fuerte, más veces. Y hablábamos sobre estregarnos todo el día. Total, si nos íbamos a morir, lo mejor era estregarse lo máximo posible” (98). 

Hay una sola crítica negativa que leo constantemente al libro que podría creer válida: la cuestión del excesivo “hermetismo” de su estilo. Del querer llegar con ciertos referentes culturales a un sector muy acotado. Y sí, creo que el libro lo hace manifiestamente, pero de hecho, a mí entender, es uno de sus grandes puntos a favor.


Lanzamiento
PANZA DE BURRO
Editorial Kindberg
Jueves 2 de diciembre
20 horas
Espacio Cultural Warhola (Esmeralda 1031, Valparaíso)
Aforo limitado | Pase de movilidad
*Libro financiado por el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2021.

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