Cordales: “Perdido en un vacío oscuro y pegajoso”

muralvalpo

Por Patricia Péndola

La debutante novela Cordales (Ed.Emergencia Narrativa), de Alfil Gómez, puede ser leída como la construcción de una sociedad –la chilena– que hace suyos los estereotipos enseñados desde el cine hollywoodense y la televisión, y aprendidos tan aplicadamente por jóvenes y adultos. Mediante un narrador protagonista, se relata un año de la vida de Manu, estudiante de odontología, y se centra en los lazos afectivos con su madre, sus amigos y tres mujeres con las que se vincula sentimentalmente.

El libro comienza contrastando las tradicionales clases magistrales de la facultad de odontología, excusa para vender algún producto dental, con la de un profesor cubano que, efectivamente, imparte una clase en que relaciona la madurez –como individuos, como especie–marcada por el surgimiento y la evolución de las muelas del juicio o “cordales”. El título nos conduce al concepto de cordura, aquella que falta en las decisiones y acciones de los personajes, como se aprecia a medida que se desarrolla el relato.

Ejemplo de ello es el grupo que conforman, junto a Manu, los tres amigos del colegio. Cada uno responde a un estereotipo creado desde la televisión: Marcos es el tradicional, pronto a casarse; Choco el mujeriego, el seductor de “minas”; “Joystick” resulta el más patéticamente ajustado a la imagen del “nerd”, rodeado de avioncitos que cuelgan del techo, absorbido por juegos de distinta naturaleza, a quien la madre atiende y mima como si fuera un niño. Entre ellos, la personalidad del protagonista oscila entre los extremos que representan cada uno de sus “amigotes”.

El proceso de madurez de Manu está asociado con su capacidad –o incapacidad– de sostener una relación de pareja con las mujeres que aparecen en su vida. Begoña es el amor idealizado, el primero, su recuerdo vuelve obsesivamente, aún cuando mantenga lazos emocionales con otras dos. El vínculo entre ellos se funda principalmente en las palabras, las llamadas al celular muy entrada la noche y los silencios. Nuria representa el erotismo, la piel que se toca y desea, relación que compromete únicamente el cuerpo y solo mientras dura el encuentro. Antonella constituye la posibilidad de una relación estable y basada en la complicidad.

cordales_alfilgomezLa novela propone un lúdico paralelo entre la dentadura de las tres mujeres, su forma de ser y su modo de relacionarse con Manu. Los labios voluptuosos de Nuria esconden un desastre molar. Los frenillos de Begoña adolescente son la metáfora de las restricciones sociales, del cómo debe comportase una joven cuando se relaciona con un hombre, normas que constriñen la espontaneidad. Es decir, ella se conduce de acuerdo a estereotipos que no cuestiona. En el recuerdo de Manu, corresponde a: “sus vulgares códigos de seducción”. Al revés de ambas, Antonella, que desde la mirada de Manu aparece al lector como la más franca, tiene “esos dientes tan adorablemente desordenados”.

La sociedad estereotipada se insinúa de manera más evidente en el último capítulo, que cuenta de la fiesta “Year Breaker”, o fiesta de año nuevo, promocionada por un flyer que muestra “tres chicas nórdicas bailando desaforadamente”. Una noche que es “la mezcla perfecta de música, alcohol y sexo, en una noche sin nombres, sin edades, sin pretensiones”. Las imágenes del auto a toda velocidad, la ingesta de alcohol y las luces se suceden yuxtapuestas. No obstante, lejos de aturdir al protagonista, este se pregunta: “¿Qué es ser adulto?”. Posiblemente la respuesta se halla en el epígrafe de la novela: “Ahora sé por larga experiencia el lugar común: en realidad no hay adultos, sólo niños envejecidos”, de José Emilio Pacheco.

La única mención a la época merece atención: se celebra el comienzo del año 2005. El último año de la generación que “no estaba ni ahí”. Sabemos que durante el 2006 va a irrumpir la “revolución pingüina”. La novela ha aludido antes a una protesta estudiantil de la que Manu no participa porque en su generación “pocos tenían compromisos políticos”. Por ello, este Bildungsroman se acerca a Mala Onda de Fuguet, en similar intento de retratar un pasado reciente, despolitizado, que ocultado, denuncia las consecuencias de esta falta de compromiso político. Quizás por esta razón, Manu no encuentra una respuesta en quienes deberían ser sus referentes formadores: “Ver a mis papás, a mis tíos, a mis amigos no me da ninguna respuesta”.

Cada personaje, independiente de su edad, parece hallarse “perdido en un vacío oscuro y pegajoso”, expresión que surge desde las palabras del padre Manu y que luego lo va a identificar a él mismo. Algunas escenas de soft porno enmarcadas en las imágenes que devuelven los espejos del motel, desde el muro y también desde el techo, apuntan a las construcciones estereotipadas que invaden incluso en la intimidad y que tienen como música de fondo Smooth operator de Sade.

En definitiva, Cordales puede ser leída –sin mucha exigencia– como una novela que devela la falta de madurez de la sociedad chilena durante la década pasada; de aquellas generaciones de jóvenes y también de adultos que quisieron abrazar un estado de permanente alegría, asumir una actitud de despreocupación que sería propia de la juventud, como si los jóvenes solo se ocuparan de la juerga y el sexo. La novela no va a entregar ninguna clase de formación: el protagonista carece de modelos. Al contrario, el desenlace va a develar el vacío existencial de los personajes que, asumiendo estereotipos, habitan una “ciudad de mierda que ruge como una bestia herida”.

*El mural utilizado en la portada de Cordales fue realizado por Martín, Ron y Rikis Painters. Imagen de Xavier Faus.

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