Entrevista a Fernanda Trías: “Con esta pandemia, me parece estar viviendo un déjà-vu”

Por: Valentinne Rudolphy | Periodista | @valosa

Fernanda Trías es uruguaya, pero actualmente vive en Colombia. Su primera novela, La Azotea, fue publicada el 2001 y hoy adquiere vigencia pues revela un contexto de encierro que muchos podrían asimilar a lo que vivimos hoy en día. Desde entonces, su tema central ha sido enfrentar el miedo y la violencia, desarrollando imágenes que persisten en su mente. Hoy prepara una nueva novela, Mugre rosa.

En Chile, su libro de cuentos No soñarás flores (2019) fue editado por Montacerdos, donde traza una síntesis de su trabajo literario. Este título es parte de las lecturas programadas para el Curso de Crítica Literaria que ofrece la Escuela de Crítica de Valparaíso donde además dialogará con los participantes.

A través de tu carrera, has mencionado al “miedo” como motor de la creación, algo que te atrae y que en vez de inmovilizarte, te arrojas a él. ¿Qué miedos surgen en ti durante el escenario de pandemia que vivimos este año?

– El miedo a algo peligroso e intangible que venía del exterior estuvo presente ya desde La azotea. Luego ese “algo” fue cambiando de forma, convirtiéndose en otros tipos de violencias, como la violencia de un hombre a una mujer, por ejemplo, o las fuerzas autodestructivas que impulsan a alguien a hacerse daño. Con esta pandemia, me parece estar viviendo un déjà-vu, porque justo en mi novela nueva (que sale este año) escribo sobre un epidemia, el famoso “enemigo invisible”. En mis sueños recurrentes, hace unos años, siempre soñaba con una “contaminación”, que en los sueños adquiría distintas formas, pero muchas veces era una explosión nuclear. Y fue esa sensación de amenaza y ese sueño recurrente lo que me inspiró la novela nueva (Mugre rosa). Entonces, si me preguntás, me parece que el miedo que esta pandemia exacerba es el miedo al otro. Si es chino, si es brasilero, si viajó. ¿Con quién se habrá juntado en este tiempo? Si no tiene puesto el tapabocas, una le huye a una persona en la calle como al demonio, etc. El otro puede ser el infectado.

¿Qué fue lo que te llevó a escribir? No a “formar una carrera como escritora”, sino cuál fue el impulso primitivo de escritura, desde cuándo lo recuerdas en tu vida.

– Creo que la soledad, la sensación de aislamiento, no solo porque yo casi no tenía vínculo con pares (no tenía amigos y era muy ermitaña), sino porque no me sentía “comprendida” (eso tan típico en los adolescentes) y de algún modo me comunicaba mejor con los muertos que con los vivos, a través de la lectura. En los libros sí me parecía encontrar almas afines. Y empecé a escribir por eso. Por el ánimo de comunicarme con alguien más como yo, lograba comunicarme con esos desconocidos a través de sus libros.

¿Cómo ves Latinoamérica desde tu ventana? Primero, en el sentido más amplio de la pregunta; y segundo, en cuanto a literatura. 

– Está atravesando un momento muy rico. Veo una conexión entre autores latinoamericanos que antes no había (cuando empecé a publicar). Se han tendido puentes, nos leemos entre nosotros, gracias a las redes sociales. Yo vi ese proceso cómo empezó, por allá en 2008. Antes no se tenía ni idea de qué estaban escribiendo los de tu generación en los países de al lado. Entonces hay una sensación mayor de unidad, América Latina como un conjunto, más allá de las particularidades nacionales, sus tradiciones y problemáticas específicas. Hay una problemática que cruza fronteras y hay una tradición literaria que es común. Aparte, está el más que evidente auge de escritoras latinoamericanas, que son de lo mejor que ha dado el panorama literario en los últimos años. 

¿Cómo te relacionas u observas el ejercicio de la crítica, en este caso, literaria?

– Yo no participo del ejercicio de la crítica literaria porque no soy académica, no estudié literatura. Sin embargo, mis mejores lectores los he encontrado en la academia, en las universidades donde se estudian mis libros. Los diálogos más interesantes y profundos han surgido ahí, y hasta me he hecho amigos. 

Revisaremos en la Escuela de Crítica de Valparaíso, tu obra No soñarás flores. Con respecto a este libro, entiendo que fue escrito a través de varios años, en distintos lugares. En una ciudad y país diferentes al que habitas hoy. ¿Cómo enlazaste aquellas historias? ¿De qué manera el tránsito se traspasa en estos relatos, desdibujando qué fronteras? 

– Al comienzo pensé que lo que unía todos los cuentos era ese “nomadismo”, digamos, porque cada cuento ocurre en alguna ciudad distinta, y yo viví en todas ellas. La mayoría de las veces los cuentos los escribí cuando ya no vivía ahí, cuando ya estaba muy lejos y recordaba, de algún modo, esas experiencias y las procesaba. El telón de fondo eran esas ciudades, era el ser extranjera, el entablar vínculos en otros lugares desde mi ser extranjera. Luego, cuando los empecé a trabajar más como un conjunto para la publicación del libro, entendí que tenían más cosas en común. Había una desesperanza, un abatimiento, común a las personajas, y ahí es cuando encontré el título, que hace referencia a un poema de Ida Vitale (el verso dice “no soñar flores”). 

A propósito de eso, lo que se relaciona con la pregunta anterior, la profesora y crítica María Esther Burgueño publicó un artículo que se llama “¿Por qué las mujeres no pueden soñar flores?” y ella lo explica muy bien:

“El poema mencionado se llama “Aclimatación” y adjuntamos al pie su texto que alude a la resiliencia en las épocas duras de la sequía, con la firme esperanza de reencontrar la humedad de a poco, con paciencia y con la atención vital puesta en la captación de los pequeños gestos solidarios. El cambio que Trías hace del verso: No soñar flores, al tornar el verbo en infinitivo en un futuro, No soñarás flores de algún modo clausura la perspectiva de la liberación. Aquí, no soñar flores, es una manera pragmática de defenderse del fracaso que parece connatural a lo femenino. El amor, el abandono, la violencia, la muerte, son inevitables y son los marcos de todos los cuentos.”

¿Cuál es el lugar común en la narrativa que más te desgasta? Si es que viene alguno a tu mente.

– Cuando se habla de literatura femenina. Por suerte cada vez se oye menos.

¿De qué manera ha afectado el contexto en tu cotidiano? Sé que actualmente vives en Colombia, donde el escenario es crítico como en Chile. ¿Qué imágenes evoca en ti el aislamiento?

– Tengo la sensación de estar suspendida en el tiempo. De que el mundo se ha convertido en un escenario realmente apocalíptico. La epidemia ha puesto de manifiesto lo que ya era obvio, pero ahora como una bofetada en la cara de las clases políticas y de todos en general: la desigualdad tan brutal, la desprotección, el racismo y la violencia sistemática contra las mujeres. Me queda claro que quienes estamos aislados somos los que podemos. La salud e incluso la vida, que creíamos que era un derecho, no es más que otro privilegio.

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