Claudia Hernández, escritora: “Si vives en Latinoamérica, la pregunta no es cómo visibilizar la pobreza en el escenario actual sino cómo es posible que no lo hagas”

La autora de El Verbo J, una de las obras que revisamos en el Curso de Crítica Literaria de la Escuela de Crítica de Valparaíso, revisa aquí la pobreza y la violencia como impulsores de su escritura y la imposibilidad de escindirse de ello siendo latinoamericana.

Por Carolina Ibarra Peña*

Hace casi treinta años toda América Latina se abría paso a procesos de paz, que para algunos países significó transitar a gobiernos democráticos dejando atrás toda violencia institucionalizada, y para otros el término de las guerras civiles con la rendición de las guerrillas de izquierda. En ningún caso, esto implicó la desaparición de la violencia. 

En los escenarios de posguerra las sociedades se abrían a neutralizar la dicotomía que existió durante todos los años anteriores, donde solo se podía ser de izquierda o de derecha, amparada en esa Guerra Fría que polarizó el mundo, la misma que vió nacer en 1975 en El Salvador, a Claudia Hernández, con el fuego cruzado entre las Fuerzas Armadas nacionales y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. 

Si bien, la Guerra Fría no sirvió durante la década de 1990 para explicar las manifestaciones de la violencia, la desconfianza sembrada en los años previos, creó un escenario de inestabilidad en Centroamérica. Varios autores han calificado a El Salvador de la posguerra como un país con una “cultura de la violencia”, es decir, como un fenómeno complejo y multicausal. Es en esta sociedad que América Central vio nacer la pluma de Claudia Hernández. 

-¿De qué manera influye ese contexto de transición democrática o de término de la guerra civil en la escritura de cuentos y novelas? 

-Yo diría que no lo influencia, sino que lo determina. No es un secreto que, a lo largo de los libros de cuentos y de las historias que forman esta triada que estoy por terminar, lo que he hecho ha sido retratar un país, sus tiempos, sus comunidades y sus individuos.

-Sobre lo anterior, toda tu obra está cruzada por la violencia, desde los cuentos, hasta esta última novela. Violencias en distintos niveles, pero siempre presentadas de manera cruda, como en el Manual para un hijo muerto, o en Molestias de tener un rinoceronte, donde la violencia es parte de la descripción de la escena, pero no la protagonista de la obra ¿de qué manera la escritura se nutre de las violencias? ¿Es la escritura un medio de denuncia para ti? 

– Mira, más que un medio para denunciar la violencia, la escritura ha sido para mí un vehículo para dejar constancia de quiénes hemos sido como comunidad, una declaración de los principios que nos hicieron sobrevivir con dignidad una adversidad que luego nos sobrepasó y deshumanizó. Quiero creer que las historias que recogí se han nutrido de nuestra resiliencia y no de la violencia, que son, de alguna manera, un reservorio de esperanza, de generosidad y de optimismo. Todavía no he considerado trabajar de manera directa con la violencia, que entiendo como un lenguaje que hay que interpretar. Por ahora, he referido de ella solo la parte que activa respuestas solidarias. No la miro como el centro o generador de las historias.

-¿Cómo logras una escritura con Latinoamérica como escenario? ¿Cuál es la importancia que tiene esta escritura?

-Con gran respeto por lo que Latinoamérica es, lo que hace y lo que nos ha dado. Y con agradecimiento por ser, más que un escenario vivo, una narradora incansable. Sobre la importancia, me parece que es, en las diferentes manifestaciones de ella, su importancia es la de siempre y de todas partes del mundo: impulsarnos a seguir hasta conquistarnos a nosotros mismos. 

***

El Verbo J (La Pollera Ediciones, 2019) comienza en el escenario que mejor conoce Claudia Hernández, cruzada por el miedo, por la violencia y las pocas certezas que se pueden tener en un momento de guerra. “Ya no era solo que me marginaran de los juegos y me hicieran burla, sino que podían matarme, no los vecinos, sino la guerra que había en el país […] Los soldados me habían reclutado a inicios de esa semana. Tenía yo apenas trece años” (El Verbo J). Esta es la situación que presenta la escritora y que va desarrollando a lo largo de su obra. Este es el texto que leemos en el Curso de Crítica de Valparaíso de la Escuela de Crítica de Valparaíso y sobre el cual estamos trabajando nuestras críticas. En algunas entrevistas la autora ha señalado que aborda la transexualidad en esta novela no desde la militancia, sino desde la cotidianeidad:

-¿Por qué consideras necesario describirla en un contexto de lo cotidiano? 

-Sin demeritar la militancia, su esfuerzo y su trabajo, opto por la cotidianidad porque me parece que ahí, en la práctica y hasta ajenos a los discursos, se reclaman los derechos, se conquistan los espacios negados y se construyen mitos personales con sencillez y coraje. 

-¿Qué te moviliza a escribir con perspectiva de género en tus últimas novelas? 

Vino con el cambio de género literario. Mientras escribí cuento, por la naturaleza de este, tendí a los personajes y lenguaje simbólicos. Cuando llegó un momento en que dirigí la atención a historias particulares y de grupos, ya no de comunidades, la opción  resultaba clara: eran las mujeres quienes estaban librando una lucha intensa y quienes están demostrando sin alarde la fuerza de espíritu que inspira a seguir y que a mí me hace tener esperanza. En ellas se cristalizan los elementos de la resistencia y la determinación que define también a nuestra población en general. 

***

El verbo J presenta, de cierta forma un ejercicio de libertad, que para la protagonista es una quimera en la realidad, puesto que es un tránsito incansable hacia una especie de redención y aceptación que solo llegará con la inclusión: “quería un novio al que pudiera querer aunque no pudiera casarse con él y tener hijos, como sus hermanas. Quería un novio que, aunque le pegara a veces, no le robara lo que tenía y se fuera con una mujer que podría maquillarse todo lo que quisiera sin que alguien le dijera que no” (El Verbo J):

-¿De qué manera dialoga el ejercicio de la libertad con la necesidad de pertenencia en esta obra? 

-Ambas pulsiones son constantes en las vidas de las mujeres que he seguido en la tríada de la que El verbo J forma parte. Las protagonistas de estas tres historias tratan de conciliar esas necesidades, que se les presentan como excluyentes en sus contextos. A medida que se van esforzando por ellos, los ponen en perspectiva. Ponerlos en su justa dimensión les permite tomar las decisiones pertinentes.

Otra de las líneas que mueven el relato de Claudia Hernández es la pobreza sistémica, como elemento transversal en América Latina. En general, en sus cuentos hay pocos topónimos, los que quedan solo expresados como “la ciudad”, “el pueblo”, que podrían ser cualquier ciudad o cualquier pueblo en latinoamericano, puesto que la desigualdad es común a esta parte del continente: “Yo, en cambio, ya tenía edad. El hecho de que se me estuvieran cayendo los dientes era señal de que incluso podía trabajar de noche. Así que cuando la señora lo necesitaba, salía con ella…”(El Verbo J)

-¿De qué forma convives con esa pobreza y cómo la visibilizas en el escenario actual? 

-El mérito es de mi mamá. Ella, que nació y se crió en el interior del país, se encargó de que no existiera separación para nosotros entre los dos espacios. No solo nos llevaba con frecuencia a su lugar de origen, sino que mantuvo los lazos con él fuertes y activos. Nuestra casa, a pesar de estar en la ciudad, funcionaba como el pueblo y el campo donde ella se desarrolló. 

Si vives en Latinoamérica, la pregunta no es cómo visibilizar la pobreza en el escenario actual sino cómo es posible que no lo hagas. No hay manera, me parece, de no verla u oírla, de no respirarla o sentirla a menos que medies para conseguirlo. 

-¿Consideras tu obra como escritura desde el margen?

-Qué pregunta difícil… Yo creo que la literatura, en la medida en que describe la humanidad (el espíritu que nos mueve) y a las poblaciones (la concreción de este), es de centro ubicuo. ¿Podríamos hablar de margen o marginalidad en ese sentido?


*Carolina Ibarra es profesora de Historia, Mg. En Historia y actualmente se encuentra desarrollando su tesis doctoral en Historia y memoria obreras en la Universidad de Valladolid.

Comenta desde Facebook

Comentarios