Cine y censura: Lillian Hellman y William Wyler (Código Hays, parte 2)

Por Everest Toledo Ibarra


Llillian Hellman y William Wyler


“La hora de los niños” (The Children’s Hour) es una obra que debutó en Broadway en el año 1934 y aunque el drama tocaba un tema ilegal para la época como la homosexualidad, la censura teatral cedió frente al éxito de taquilla. 

En la obra, dos profesoras jóvenes que dirigen una escuela de niñas en una comunidad son acusadas por una pupila de mantener una relación amorosa y, bajo la influencia de una apoderada, todas las alumnas son retiradas por sus padres y el plantel cierra. La investigación posterior determina que ha habido una falsa acusación, pero las vidas de las protagonistas quedan arruinadas.

La obra mantuvo un teatro lleno durante 691 funciones, constituyéndose en el mayor éxito de la temporada y, en 1935, Hollywood compró los derechos para filmarla, la cual dirigiría William Wyler, con la propia autora, Lillian Hellman, como guionista.

El drama fue prohibido en Chicago y Boston, y solo en 1936 pudo ser exhibido en Londres y el Código Hays, en plena vigencia, rechazó el lesbianismo y la acusación de intolerancia social y moral represora de la historia. Así, obligados por contrato, Hellman y Wyler debieron cambiar el argumento: una de las profesoras sería acusada de mantener relaciones con el novio de la otra y el film terminaría condenando la infidelidad. Los parlamentos originales, adaptados a la nueva situación, se mantuvieron casi en su totalidad y, para no aludir a niños, el título del film debió cambiarse a “Estos tres” (“These Three”, 1936).

Afiche These Three, 1936

These Three, 1936


La película tuvo buena crítica y aceptación del público, pero el episodio representó un fracaso para el director y la autora, dando pie a una larga colaboración y amistad.

Lillian Hellman y William Wyler

Hellman, escritora, dramaturga y periodista, nació en 1905 en Nueva Orleans, en una familia de la alta burguesía. Sureña por parte materna y de judíos liberales emigrados a EEUU por el lado paterno.

Lillian Hellman


Wyler nació en Suiza en 1902, en una familia judía emparentada con uno de los fundadores de Universal Pictures. Ante las dificultades para continuar sus estudios de cine después de la primera guerra mundial, se mudó a EEUU en 1921 y se convirtió en el director de cine más joven del estudio en 1925.

La dupla se volvería a unir para filmar “Calle sin salida” (“Dead End”, 1937) y la notable “La Loba” (“The Little Foxes”, 1941), basada también en una obra teatral de Hellman y que retrata, con elegancia y sofisticación, su ambiente familiar de juventud, ajustando cuentas con su linaje materno corrupto y decadente.

Durante los años venideros, el fantasma del proyecto mutilado por la censura persiguió a Wyler mientras Hellman continuó su carrera en teatro y periodismo, dedicando años a la crónica de la guerra civil desde España y a otras causas junto a su pareja, el escritor Dashiell Hammet, actividades que les significaron terminar vetados por el comité de Actividades Anti Americanas y pasar a la lista negra de escritores eliminados por los estudios.

En 1960, Wyler ya había filmado decenas de películas premiadas en EEUU, recibido una palma de oro en Cannes y logrado el éxito colosal de Ben-Hur (1959). 

Fue entonces el momento de independencia para que la dupla volviera a filmar la historia, haciéndole justicia y cediendo mínimas concesiones a un Código Hays agónico. El resultado fue “The children’s hour” (1961), protagonizada por Shirley MacLaine y Audrey Hepburn, ambas en los momentos de su mayor popularidad, acompañadas por un elenco de primera magnitud. 

Audrey Hepburn y Shirley MacLaine


En esta versión, Hellman y Wyler no pretenden una obra maestra sino un testimonio conmovedor y atemporal, un llamado de atención y de cuestionamiento sobre las normas imperantes en cualquier período y lugar y, en particular, en la época de la trama, en que la homofobia no era considerada una forma de fanatismo sino una preocupación lógica de los padres. Desafiando el código, el film no toma partido ni a favor ni en contra de la homosexualidad, pero sí sobre la ignorancia.

Para crear atmósfera, Wyler usa elementos minimalistas e íntimos: encierro en pocos cuartos, múltiples puertas entornadas detrás de las cuales alguien escudriña, ventanas con cortinas que no permiten el paso de la luz y escalas variadas y pisos discontinuos sugiriendo el balancín de emociones. La presencia ocasional de una magnífica partitura tenue con transiciones bruscas de notas tranquilas a discordantes marca el conflicto y define personajes. La acción transcurre casi por completo en el colegio y los paseos de las protagonistas en el jardín circundante nunca logran llegar a la puerta, simbolizando un conflicto sin salida. 

En un golpe de efecto final notable, Hepburn camina de derecha a izquierda en la única escena en que un protagonista cruza una entrada, indiferente al resto de los personajes, estáticos y avergonzados a la derecha, desdeñando la convención habitual de que los buenos caminan hacia la derecha (“right” en inglés, con el doble sentido de derecha y correcto; notar, además, la elección de nombres, el apellido de una de las protagonistas es Wright y la otra es Dobie, insinuando duda).

Con la ayuda de un poderoso blanco y negro, en los primeros doce minutos del film, Wyler define perfectamente a sus personajes y a la pretenciosa comunidad en que se desarrolla la trama. En ese lapso, la cámara se mueve desde el jardín hacia el interior y no vuelve a salir de los espacios de encierro hasta el final, con poco desplazamiento y escenas largas, sin pausa. Los treinta minutos siguientes cuentan el conflicto de modo tal que el espectador sabe más que los personajes, provocando el suspenso previo a cada escena.   

Con un guión soberbio, cada frase de Hellman entrega una pista clave que profundiza el conflicto y, en particular, la relación de las dos protagonistas. Los parlamentos incluídos en escenas como el interrogatorio de las niñas, la confesión de los sentimientos de Martha o la visita final de la abuela apoderada solicitando perdón por la mentira, entran en la categoría de lo perfecto. 

El Código no permitía mencionar perversiones sexuales y la homosexualidad entonces era considerada como tal. Por lo tanto, jugando con la norma impuesta, Wyler hace una película sobre el tema sin mencionar la palabra, sino que hablando de “actos anti naturales”.

Si el Código exigía que una actitud desviada estuviera condenada a la muerte, el director lo cumple pero con un giro hacia la intolerancia en vez del auto castigo, en una época en que los “actos antinaturales” y, en particular, el lesbianismo, no existían en el cine, con una reflexión profunda y válida para 1930, cuando fue escrita la obra original, para los 60, cuando la cinta fue filmada y para toda época, dejando en claro que no es “la conducta antinatural” la que destruye sino que la ignorancia, envenenando de paso a toda una sociedad, representada por la comunidad de niños, profesores y padres.

Aún cuando hoy, noventa años después de la obra de teatro y sesenta años después de la versión fílmica definitiva, el tratamiento del tema pueda parecer totalmente anticuado, hay que recordar que en la época representada, el orgullo y el desafío aún no han aparecido como respuesta de las minorías reprimidas y los personajes deben vivir con las convicciones morales que la sociedad les ha enseñado sin la comprensión ni la fortaleza que el futuro pueda ofrecer. 

El director utiliza el guión, las imágenes y la música para dar a conocer la sólida relación entre las dos protagonistas y simpatizar con su vida doméstica y sus sueños profesionales perseguidos durante años. Y cuando Wyler logra transmitir esa sensación al público, está asestando un golpe definitivo al código Hays. Hay criminales que no son tales, castigos que son enormes equivocaciones y que manchan indeleblemente a la sociedad. 


Comenta desde Facebook

Comentarios

0 replies on “Cine y censura: Lillian Hellman y William Wyler (Código Hays, parte 2)”