Cine y censura: la historia del código Hays

En el pasado, la censura trabajaba bloqueando el flujo de información. En el siglo XXI, la censura trabaja inundando a la gente con información. No sabemos a qué prestar atención y pasamos el tiempo investigando y debatiendo temas irrelevantes. Homo Deus, Yuval Noah Harari.

Por Everest Toledo Ibarra


La primera proyección pública de imágenes en movimiento se realizó en 1895, utilizando un invento de los hermanos Lumière, el cinematógrafo. 

Aun cuando la exhibición originó múltiples espectáculos en ferias populares, los Lumière no tuvieron la visión comercial que sí tuvo uno de los asistentes a esa primera muestra, el mago e ilusionista George Méliès, quien captó las posibilidades del invento no solo para documentar la vida cotidiana sino para narrar ficciones, convirtiéndose así en el precursor de un gran negocio y en el primer cineasta en el sentido actual.



En 1910, el cine francés se había adueñado del mundo, dominando el mercado europeo y exportando películas incluso a EEUU, pese a su producción autóctona.

No obstante, sería la nación norteamericana la que construiría una industria definitiva alrededor del cine, facilitada por la destrucción de buena parte de la competencia europea debido a la primera guerra mundial y por su enorme población inmigrante que, ignorante del idioma inglés, no podía disfrutar de la lectura o del teatro, pero sí del cine mudo.

Ya en 1920, el negocio había tomado la forma de un imperio que incluía a varias compañías norteamericanas que producían, distribuían y exhibían películas en salas de cine a lo largo del mundo y que, adicionalmente, a través del “Star system”, comercializaba publicaciones, juguetes, vestuario y artículos relacionados con la fantasía fílmica.

Así, fundamentalmente como producto de la devastación de Europa por las dos guerras mundiales, la industria cinematográfica estadounidense se convirtió en el centro de difusión cultural más importante, en términos de alcance, y la mayor fábrica de relatos del siglo XX. Pero el cine nació cuestionado. En 1895, La llegada de un tren a la estación de La Ciotat de los hermanos Lumière, con su locomotora a punto de atravesar el telón, aterrorizó a buena parte del público parisino y, en 1896, los dieciséis segundos de El beso, del estadounidense Edison, escandalizaron a las ligas de moralidad y decencia que denunciaron «la perjudicial influencia del cine en la sociedad».


La llegada de un tren a la estación de La Ciotat (1985) – Hermanos Lumière

El beso (1896) – Edison

En los tres primeros lustros del siglo XX, se crearon diversas organizaciones en EEUU para luchar contra la adicción que las películas ejercían y su relación con el comportamiento inmoral del público. Y finalmente, en 1915, la corte suprema determinó que la libertad de expresión no aplicaba a esta actividad ya que se trataba de un simple comercio y no de arte.

Este fallo y algunos escándalos que involucraron a artistas de la pantalla desataron la instauración de cientos de normas en la mayoría de los estados norteamericanos. Enfrentados a tales medidas, los propios estudios encargaron a William Hays, presidente de la Asociación de Productores y Distribuidores de Cine, la elaboración de un documento a través del cual la industria se autocensuraría.

En 1924, el código resultante determinó que, antes de un rodaje, los estudios debían facilitar detalles que permitieran supervisar cualquier situación que ofendiera la moral. Sin embargo, en principio, dado que esas situaciones eran justamente las que atraían más público, los mismos estudios hicieron caso omiso de este control.  

La situación se mantuvo hasta 1928, cuando los países bajos crearon la Oficina Católica Internacional del Cine, dedicada a la difusión de los valores cristianos y que, en 1933, determinó que, en lo sucesivo, influiría en la producción, distribución, exhibición y orientación a través de la crítica cinematográfica, lo que representó la amenaza de un boicot a la industria, considerando los fuertes valores religiosos presentes en la época, en especial en el público norteamericano.

La llegada del cine hablado también influyó. El teatro y, en particular, Broadway, había logrado resistir los embates de la censura ya que su efecto se circunscribía a Nueva York. Pero el cine sonoro abrió la posibilidad de comprar los derechos de obras que incluían temas políticos y sexuales que, si bien se aceptaban con reticencia para el esparcimiento de unos pocos intelectuales que pagaban entradas exorbitantes en los teatros, no podían permitirse para exhibiciones masivas a nivel mundial.

El momento histórico fue también decisivo. El mundo sufría los efectos de la gran depresión y los dueños de la industria cinematográfica no eran los productores de Hollywood, sino banqueros para quienes era provechoso contar con una herramienta de alineamiento moral que, mediante la fantasía, sirviera de escape para los famélicos cesantes deambulando por campos y ciudades norteamericanas. Al respecto, el código hablaba de “evitar la nefasta influencia que el cine puede tener sobre jóvenes, público inmaduro y clases criminales”. 

Así, a partir del código Hays, entró en vigencia un comité que permaneció activo desde 1934 hasta 1968 y que prohibió la producción o truncó argumentos de películas estadounidenses e impidió la exhibición de muchas películas europeas en una parte importante del mundo donde dominaban las distribuidoras norteamericanas.



El código consideró una larga lista de censuras. Entre otras: la prohibición de mostrar métodos criminales, la mención al uso o al tráfico de drogas, el consumo excesivo de alcohol, el adulterio explícito y la justificación del mismo, los desnudos y una larga lista de palabras inmencionables en los guiones. Las mujeres no podían exhibirse sacándose las medias ni los hombres los pantalones y toda danza acompañada del meneo de caderas o movimientos del bajo vientre debían revisarse. En especial, no podía hacerse mención ni mostrarse ninguna perversión o enfermedad sexual, parto, relación interracial o esclavitud de personas blancas (los otros colores de piel no eran vetados).  

Durante más de tres décadas, las ideas del código se convirtieron en las únicas ideas representables en un cine que educó y propuso valores a gran parte de la humanidad, dejando una larga estela de puritanismo y mentalidad maniquea que todavía hoy en día conserva el cine taquillero y el estadounidense en particular. 

La exigencia moral básica desde el punto de vista narrativo era que el bien debía triunfar siempre. Los personajes buenos eran interpretados por las estrellas y “cada película debía contener una lección moral clara y severa que mostrara el sufrimiento, el castigo y la regeneración”. 

En consecuencia, los personajes eran buenos o malos por nacimiento o definición, sin zonas grises intermedias. El malo encarnaba el mal absoluto, destruía todo lo que tocaba y debía acabar muriendo sin gozar del fruto de su maldad. Por otra parte, los argumentos permitían retratar la corrupción de un juez, un policía o un político, pero, de ninguna manera, provocar desconfianza sobre las instituciones.


Como efecto secundario, grandes grupos quedaron invisibilizados, estereotipados o incluso condenados por raza, nacionalidad o género y, sólo a fines de los ‘50, el código inició su debilitamiento debido al impacto de la TV, a la influencia imparable del cine extranjero, a la intervención de las cortes de justicia y a los directores controversiales que empujaron los límites.


La historia de algunos de esos rebeldes y un ejemplo destacable se analizará en los dos capítulos siguientes.









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