Casa Lludú: feminismo en la toma

En la parte alta de Valparaíso, en el límite entre el cerro Jiménez y la población Montedónico, un grupo de mujeres decidió organizarse en una colectiva feminista para rescatar el territorio, embellecer los espacios abandonados y reducir la violencia que estigmatiza a la zona.

Por Sandra Rojas



La panorámica vista hacia el Océano Pacífico acompaña el trabajo colaborativo que realizan diariamente las integrantes de Casa Lludú en el cerro Jiménez. El sector, bautizado como Vista al Mar, hace gala de su nombre gracias a las quebradas que observan, desde la altura, el intrincado paisaje de Valparaíso: sus playas, buques y cerros, junto al alboroto del viento que pega con más fuerza allí donde las casas son de lata y madera.

Las primeras habitantes y sus familias se tomaron los terrenos hace unos ocho años y, desde ese momento, han debido sobrellevar el olvido y la desidia hacia una zona desacreditada por la violencia. “Cuando yo llegué, hace un año, el lugar todavía estaba abandonado. Anteriormente, he trabajado en instancias comunitarias bien potentes, por lo que mi situación personal me sirvió para visualizar los problemas”, explica Paola Canales, precursora de esta colectiva feminista que tiene como misión empoderar a las mujeres de la toma, crear redes de apoyo y levantar espacios de esparcimiento para niñas y niños.

“La idea es demostrar que hay otro camino, que existen oficios para ganar dinero sin tener que delinquir o llegar a la prostitución, que pueden hacer huertas comunitarias y crear espacios libres de alcohol y drogas”, agrega Paola. Cuando Casa Lludú partió, ella golpeó puertas y creó un grupo de WhatsApp para estar conectadas en caso de incendio. Si bien al principio muchas pensaron que solo se trataba de una tontería, de a poco se fueron sumando y pronto recibieron el apoyo de la Municipalidad para retirar basura. “Luego de eso, todas se entusiasmaron y se pusieron a limpiar sus casas. Ese fue el primer trabajo que tuvimos como comunidad y desde ese día comenzaron a confiar”, explica.

Hoy, Casa Lludú ya tiene un año de existencia y es una colectiva autogestionada, que funciona gracias a redes de apoyo y a la colaboración de personas con distintas habilidades, saberes, artes y oficios. Asimismo, se articulan con comunidades aledañas, bibliotecas populares, escuelas libres, radios y distintas organizaciones autónomas de Valparaíso. “La experiencia ha sido maravillosa porque, mientras más redes generamos, más vamos creciendo y formando lazos de apoyo, traspasando ayuda, nutriéndonos de las tomas que están más avanzadas”, dice Paola.


Resistencia en el territorio


Las puertas de Casa Lludú siempre están abiertas y sus integrantes no se identifican con ningún partido político. Lo único que las moviliza es generar conciencia, obtener reconocimiento y demostrar que vivir en toma también puede ser una forma de resistencia feminista, sin ansias de poder, sin ambiciones ni consumismo.

Por lo mismo, ocupar y recuperar el territorio no ha sido una elección al azar. Paola es enfática al asegurar que “ha sido una manera de demostrar que se puede vivir mejor. Lo más lindo es que somos las mujeres las que nos estamos movilizando para contrarrestar una situación generada por bandas criminales y por la falta de oportunidades, el abandono social y la vulnerabilidad. Trabajamos para que nuestro entorno sea más grato y tengamos mejor calidad de vida, lo que incluye servicios básicos, naturaleza y áreas verdes libres de basura”.



Antes, las pobladoras apenas se miraban, tampoco sonreían ni se saludaban al pasar. Por ello, uno de sus principales objetivos es impulsar la sororidad. Se educan juntas, se apoyan, intercambian saberes y generan lazos de confianza para romper el machismo que estaba tan normalizado. Así, han llegado a realizar ollas comunes, celebraciones culturales, huertas, talleres y un sinnúmero de otras actividades que fortalecen el trabajo entre y para las mujeres. De todas formas, Paola reconoce que no ha sido fácil: “trabajar en comunidad y sin mucha experiencia nos lleva a tener, a veces, poca empatía, lo que provoca conflictos y rivalidades. Por lo que ha sido un proceso lento hasta aprender a trabajar apoyándonos sin cuestionarnos”. En la actualidad, están enfocadas en implementar más proyectos comunitarios, como mejorar la condición de las calles y caminos, impulsar la habilitación de una plaza y fundar una biblioteca. Mientras, se motivan con pequeños detalles: el amarillo de los girasoles, el consejo de una compañera, las sonrisas de sus hijas e hijos, y las diminutas semillas del huerto que germinan tímidamente, pero con fuerza, en esa tierra tomada y liderada por mujeres.

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