A caballo regalado

Al instalar la idea de gratuidad y promoverla, promovemos la idea del caballo regalado al que no se le miran los dientes.

Por Cristóbal Valenzuela

caballoNo sé si les ha pasado eso de estar en la fila de un supermercado y ver cómo la persona de adelante demora el avance porque la cajera le dio el vuelto, cerró la caja y la persona (no le quiero decir cliente) se da cuenta que le faltan dos pesos:

– Me faltan dos pesos.

– Ah, disculpe, se me pasó.

– Bueno, me los da.

– Va a tener que esperarme, sí, porque tengo que pedir llave.

Y se arma una pelotera con la luz del número de caja parpadeando, la persona reclamando a todos y a nadie a la vez, a grito pelado; que además del robo de los precios del supermercado, la cajera se le aviva con los pesos, que no me estoy avivando señora se me pasaron, que dos más dos son cuatro y en todo el país se roban como ciento cincuenta millones por minuto, bla, bla, bla y eso no para hasta que la cajera no le da dos, sino diez pesos y ella dice quiero mis dos pesos no más.

¿Les ha pasado? Espero que no. Es un síntoma del descabellado enlace de relaciones en el que estamos sumidos.

Dicen por ahí, cón mucha razón, que nada es para siempre.

Pues se dice por acá, con harta fuerza, que nada es gratuito.

Se ha instalado en mi círculo cercano, y al parecer también en el lejano, la idea de que hay cosas que deberían ser gratis y por el contrario, que otras son mejores cuando se paga por ellas.

Pues bien, nada es gratis y no todo por lo que pagamos responde a lo que supuestamente adquirimos. Todo es un manoseado bussines y lo que hay que hacer con los bussines es ver dónde afectan: cómo benefician y cuánto perjudican.

Lo fundamental aquí es reconocer que hemos sido (me dirijo a mi círculo cercano) bastante flojos al resistir la compulsión de muchos a cobrarnos por todo y no hemos puesto mucho ojo al canje. Por otra parte, y agravando esto, nos hemos tragado sin esfuerzo aquello de la gratuidad, sabiendo siempre que es bien difícil que alguien haga algo a cambio de nada, así no más, porque sí, porque le da la gana, como quien dice, a veces bien dicho, pero casi siempre sin sentido, por simple y llano amor al arte.

Alguien anuncia: Desde hoy si quiere estacionar en la calle tanto tendrá que pagar tanto. Ok, respondemos, no es tanto, no nos pongamos tontos.

Cuándo pregunto: ¿Qué estamos pagando? Viene el desplome. Ahí pareciera estar la madre del cordero.

Otro alguien anuncia: Tal día se presentará la obra tanto. Qué buena, respondemos, ¿es gratis?

Cuándo pregunto: ¿Vale dos lucas, lo encuentras caro? Viene el desplome. Ahí pareciera estar la madre del caballo.

He escuchado intensas defensas de lo fundamental que es para el país contar con un sistema educacional gratuito. Pero tal gratuidad no existe. Es un flujo constante de recursos (en este caso económicos) que sale del bolsillo de alguien y dinamiza la ejecución de una tarea o permite la realización material de algo. Flujo. Flujo. Flujo que algunos gozan interrumpiendo, deleitándose con la acumulación a través de la engorda de sus cuentas (cosa que muchos de mis cercanos sueña con poder realizar algún día).

La idea no es negar la gratuidad, sino esclarecer qué quiere decir gratuito, pues que el billete (o las monedas) no salgan directamente de nuestro bolsillo, no quiere decir que no salgan de nuestros recursos.

Al instalar la idea de gratuidad y promoverla, promovemos la idea del caballo regalado al que no se le miran los dientes.

Pues aquí no hay tal regalo. Aquí hay flujos que deben transparentarse. Ni los espectáculos callejeros en el FAV fueron gratis, ni la educación en el futuro cercano lo será. Todo es parte de este bussines para el que hemos escogido a los menos perjudiciales para que administren nuestros intereses.

Lo que está cambiando es dónde van a parar las utilidades de ese bussines. Cuando se anuncia un espectáculo o servicio gratuito, hay que abrirle la boca al caballo y mirarle los dientes. Tal como deberíamos hacer cuando alguien instala en una calle en pleno centro de la ciudad un cartel de E $300.- 1/2hora o fracción, preguntarnos: ¿dónde van a parar esos $300 pesos la media hora o fracción? Al municipio no, por lo tanto, tampoco irán de vuelta a las actividades “gratuitas” de verano, ni menos a una educación de calidad. En el caso de las excesivas concesiones vigentes en Chile, lo único que hacemos al pagar sin chistar, es concretar el acto de tirar nuestras monedas a la bodega elástica de un amigote de la administración vigente o anterior, para que el flujo se detenga producto de su deleite por la acumulación (remando para el lado contrario de los sueños de mis cercanos de hacer crecer sus propias arcas; las estamos vaciando). Nos hacemos un flaco favor, pagando por algo que no logramos describir, pues no sabemos en qué consiste lo que estamos adquiriendo (así es en el caso de los estacionamientos, cómo en muchos otros: clínicas, colegios, administradoras de fondos, seguridad, telecomunicaciones, transporte, alimentos y un larguísmo e té cé). Todo esto adornado por la idea rídicula, pero que lamentablemente está bastante expandida, de que nuestro país es caro porque ese es el precio del desarrollo. Los precios de Chile andan por la luna, tal cómo en el país del norte y algunos países europeos, sin embargo el dinero no tiene el mismo destino. Acá usted al pagar más de un euro o casi un euro por su transporte (reemplace transporte por lo que guste), no está contribuyendo al desarrollo de su país. Sobre el 90% de ese euro va al bolsillo de un propietario que paga un impuesto ridículo por su gran bussines. Pero al parecer no sabemos esto y seguimos creyendo que es posible hacer crecer nuestras arcas, soñándolo por la noches, sin tener idea de cuál es nuestra arca, pues no es nuestra cuenta, si no la del fisco.

Por otra parte, sí creemos saber que lo que se paga es mejor que lo que no(educación, salud, y otro largo e té cé). Así es que pagamos, ojalá por lo más caro, porque reina la idea de que es lo más mejor (Idea bastante conveniente para quienes están agrandando arcas).

Lo que es fácil saber es qué está pasando con nuestras arcas: Nuestro bolsillos están vacíos. Nuestros ahorros no existen. Chile no crece, lo que producimos en algún minuto pierde su rumbo de vuelta a beneficiarnos.

Intentemos volver.

Es redundante el asunto, me refiero a hablar del “mal” que ha hecho a la vida “cultural” de Valparaíso, el hecho de que constantemente desembarquen (permítanme la floritura) espectáculos u obras gratuitas, vinculadas a las artes. Pues insisto: No son gratuitas. Todas y cada una de ellas vienen financiadas, en la mayoría de los casos, directamente por los ciudadanos, residentes y visitantes de este territorio limitado al sur con el polo(no más florituras).

El asunto es la mirada del observador, espectador, asistente o cómo quieran identificarse. Su mirada. Tu mirada.

La necesidad de cambiar esta mirada respecto al financiamiento de las actividades culturales, así como también del funcionamiento de los órganos del Estado, es el eje de una articulación ciudadana participativa que mire el diente, el colmillo, la muela, la garganta, el esófago y hasta las tripas de las instituciones que se han articulado durante los últimos años (y de algunas que se están formando, como el Ministerio de Cultura) y que han conseguido enajenar la noción de Estado, instalando la idea de que el Estado son estas instituciones, que vienen y benefician a los agradecidos individuos y comunidades a las que pertenecen. Esto en reemplazo de la idea de que el Estado son los individuos y las comunidades que habitan esta geografía. Noción de participativo y poderoso que tanto temen aquellos que trabajan para el Estado actual de las cosas.

Nuestros recursos han de ser invertidos de manera que nos satisfagan, beneficien y no de un modo perjudicial. Cada vez que vea “gratis”, “gratuito”, “entrada liberada”, sepa que esas letras impresas en ese volante, afiche, pasacalle, o publicación digital, ha sido financiado por usted. Incluso cuando la Minera Escondida ostente el lugar más privilegiado en el pendón, no hay derroche en este bussines, la minera está poniendo los billetes, pero luego está descontando cada uno de ellos de lo que debería depositar en las arcas del Estado, su Estado, le guste o no, sus arcas, su bolsillo, sus billetes.

El “mal” no lo hacen las actividades “gratuitas” sino creer que lo son. La invitación es a mirar el diente, pues no son caballo regalado. Es la inversión de nuestros recursos en arte. Que tal cómo cuando estamos pagando en el acto por ellas, no estamos comprando un producto ni contratando un servicio, sino que a través de ese gesto estamos financiando la creación (constante y dinámica) de nuestra cultura, manteniendo nuestro flujo dinámico y saludable, optimizando sus capacidades y construyendo nuestra realidad de manera que lo único que se acumule sean experiencias que enriquezcan esta extrema aventura humana dentro del contexto geográfico que habitamos, engrosando y enriqueciendo nuestro entorno inmediato, potenciando el desarrollo de nuestros contextos cercarnos y circundantes, apropiándonos del destino de nuestros días y de los días futuros, construyendo un entorno en el que la educación, el arte, las transacciones comerciales, el cuidado de la salud y la prevención de abusos sea robusto y nos enorgullezca. Las actividades gratuitas no son el mal.

Insisto y termino; el mal está en no ver que el precio lo pagamos a diario en cada transacción que hacemos, ya que el Estado recauda impuestos de cada uno de nuestros movimientos. Lo que debemos agradecer o despreciar es la administración de nuestros recursos por parte de los funcionarios de turno, que han sido puestos ahí, no de manera participativa, claro está, para que optimicen las posibilidades que nuestros recursos representan. Si no estamos conformes, tenemos todo el derecho a demandar la mejora del servicio u organismo del Estado, pues nos pertenece, no es un favor, ni es un regalo: No es gratis. Son cientos de miles de millones de pesos chilenos que se están moviendo en este flujo. La clave está en dejar de ser un consumidor y demandar ser un contribuyente. Que el dinero utilizado en la transacción dinamice el desarrollo y no engorde las cuentas de individuos o familias, sino nuestro patrimonio social y cultural. A no hinchar los bolsillos equivocados.

Para no hacerlo más latoso: Al caballo regalado no se le miran los dientes, pero a este, vamos a hacerle una biopsia como si de ello dependiera nuestra existencia en este rincón del planeta.

A patalear tal como cuando la cajera del supermercado no da de vuelta esos dos míseros pesos.

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