Bitácora de un aborto

Por: Valentina Armijo.

Esta semana se cumple un año desde que aborté. No me creía invencible, pero mi pareja me había informado que su recuento de espermatozoides era bajo y nunca había podido concebir con sus parejas anteriores. A comienzos del 2019 dejé de tomar definitivamente mis pastillas anticonceptivas, solo las dejé, sin razón. Sí, fui irresponsable. Pero nunca había tenido un atraso sino hasta julio. Sentía dolor en los ovarios y considerando que mi periodo estaba por llegar lo ignoré. Esperé hasta el quinto día de atraso y me tomé un test de embarazo. Salió negativo, estaba un poco borroso, mi pareja lo vio y sugirió que tomara otro. Lo hice, lo dejé en el baño y volví en unos minutos. Me acerqué dudosa, como si fuera a morderme, y de alguna manera así fue. Sin lugar a dudas marcaba dos líneas. No pude evitar cerrar la puerta con pestillo y llorar sola. Así me sentí: atrapada por mí misma y sola.

Siempre había abogado por el aborto, desde muy pequeña. Sabía que era algo terrible para una mujer tener un bebé no deseado, ya sea por ella o por su familia. O simplemente no querer ser mamá aún y punto. Y es que todas las mujeres de mi familia han sido mamás jóvenes y solas. Yo no estaba sola, tampoco mal acompañada, pero sí era joven. Y sabía que no quería ser madre todavía, pero no creí que tendría la oportunidad -si se le puede decir así- a elegir. Me había estado cuidado y me había prometido a mi misma no caer en el mismo error que ellas.

Mi pareja insistió a que fuéramos a una consulta médica, yo no quería por miedo a que supieran de mi embarazo y que si volvía y no lo estaba sabrían lo que hice. Él doctor me revisó y dijo sería mejor un exámen de sangre para estar seguros. Eso fue un domingo y el martes en la tarde obtuve los resultados. Leímos rápido, vimos la palabra negativo y nos quedamos tranquilos. Pero esa misma noche él no pudo dormir y repasó el examen otra vez. Cuando desperté a la mañana siguiente me lo mostró y me confirmó que estaba embarazada. Salté de la cama y corrí al baño. Nuevamente estaba encerrada sintiéndome atrapada y sola. A través de la puerta le decía a mi pareja que no podía, disculpándome mil veces.

Durante unos días busqué Misotrol en Google, revisé varias opciones y me quedé con el mejor precio: 8 pastillas (lo que yo necesitaba según mi tiempo de gestación) por 100mil pesos. Me junté con un hombre joven en el metro, me dejó revisarlas y ver el código. Me dio las instrucciones que luego me envió por WhatsApp, agregando que podía escribirle cualquier cosa, me deseó suerte y se fue.

Lo hice un par de días después, también un domingo. Al día siguiente comenzaba el último semestre universitario. Casi tenía dos meses y era el único día en que mi pareja y yo estaríamos solos por varias horas, horas que fueron vitales.

5:30
Desayuné yogurt con cereal y volví a dormir. Tres horas después vendría lo serio.

8.30
Tomé un vaso de agua, fui al baño y volví al dormitorio para iniciar con la primeras 4 pastillas, estas bajo la lengua. Elegí el procedimiento oral porque me daba miedo meterme pastillas a la vagina, había leído que tenía más probabilidad de una infección así y si algo malo sucedía e iba a urgencias me vería enfrentada a la justicia. 

Recuerdo haber estado viendo Iron Man y sentir náuseas, pero no fue hasta que mostraron los créditos con luces muy fuertes que el mareo me pegó fuerte y necesité vomitar. La descarga fue el desayuno y restos de las pastillas. Me asusté y me preocupé, ¿y si ya no funcionaba? ¿y si seguía embarazada? ¿y si esto significaba un daño y un problema más grande? Pero me mantuve fuerte, lloré sola mientras mi pareja hacía el aseo y cocinaba. Hasta que fue a verme y le conté. Él también quiso llorar aunque se aguantó por mí. Le dije que el joven había dicho que vomitaría pero no dijo que sería después de que las pastillas se hubiesen disuelto. Mi pareja empezó a buscar en internet y comparó lo que habíamos comprado y estaba casi convencido de que eran falsas. Yo quería que funcionara y creí que no me habían mentido. Quería creer que no me había mentido.

12:30
Segunda dosis, la que faltaba. Tenía hambre y sed, ni siquiera agua podía tomar. No pasó mucho hasta que mi cuerpo empezó a doler mucho y el frío se hacía menos soportable. De pronto me acosté en una pequeña franja de sol que llegaba a la cama y el escalofrío se apoderó de mí. Me movía descontroladamente, irónicamente estaba en posición fetal. No podía parar. De hecho no lo hice por al menos 20 o 30 minutos. Mi pareja me hacía cariño rápido para el dolor y darme calor, yo respiré y me entregué por completo al proceso mientras rezaba mentalmente a todo lo que creía. Repetí “nunca más” como una especie de mantra mientras también me disculpaba. Ahí entendí que el cuerpo es mío en el momento de tomar la decisión, luego está a completa merced de las pastillas.

Después de que mi cuerpo me fue regresado, el paso siguiente era el movimiento. Puse música y corrí en línea recta, de ida y vuelta en el living. Mi pareja debía ir a buscar a su familia que trabaja en la feria así que me quedé sola. Seguí corriendo y revisé la toalla higiénica todo el tiempo esperando ese coágulo del que tanto había leído y al que tanto temía.

16:00
Llegaron a la casa y justamente cuando mi pareja me abrazó para saludarme sentí descender un bulto tremendo en mi entrepierna. Fui al baño inmediatamente, levanté la taza y me senté. La toalla estaba casi empapada y sentí que debía pujar, lo hice y tras sentir otro bulto salir de mí, me paré y metí la mano al agua con cuidado. Debía asegurarme que el aborto estaba hecho. Ahí estaba mi bebé, un feto de 7 semanas más o menos. No pude dejarlo ir, lo he mantenido en un frasco de crema que vacié. 

Redención
Sangré por un mes, todos los días. Mis hormonas estuvieron aún más enloquecidas. Estuve muy triste sin poder demostrarlo, solo podía llorar en la ducha o en la noche al acostarme. Y me quedó muy claro que el aborto no es un proceso de algunas horas o de un día completo. Es eso, más uno o dos meses de sangrado, y meses de regla irregular. En pocas palabras. No sé cómo fue para otras mujeres, a mí recién este mes mi periodo ha vuelto a su normalidad. A casi un año.

Detesto sentir que debo pensar y decir que si fui irresponsable. Es un hecho, eso puedo afirmar. Pero a la vez, fui responsable al hacerme cargo. Pagué por mi error, física, emocional, psicológica y económicamente. Sentir culpa- incluso hasta el día de hoy- es casi inherente. Es como la sensación de estar sucia tras una violación. 

Hace algunos días hubo un pañuelazo en las redes sociales. Vi un montón de mujeres subiendo sus fotos con aquel pañuelo verde que prácticamente se ha vuelto un símbolo en la lucha contra la despenalización del aborto. Más allá de las tres causales cedidas por el gobierno. Porque el abortar debería ser libre, seguro y gratis. Yo creo que debería ser libre porque vi a todas las mujeres de mi familia y muchas otras más quedarse atrás, luchar por obtener logros, deprimirse, detener sus vidas, y un sin fin de cosas más. Creo que debería ser seguro porque mi vida está en riesgo y yo también soy importante. Porque quiero hacerlo en la comodidad de mi hogar y aún así poder llamar a un profesional que me trate bien, que me guié y que esté ahí si algo no sale bien. Porque no todas tendremos una pareja, un familiar, un amigo, una amiga, o alguien, quien sea, que nos frote la espalda cuando nuestro cuerpo se descontrole. Todo lo anterior y lo que sea requerido no debería ser obstaculizado por el dinero. Debería ser un derecho para todas, deberíamos poder decidir en voz alta. La vergüenza, la culpa, la pena puede que sea para siempre, pero la experiencia no habrá sido en soledad.

Aplaudo y admiro colosalmente a aquellas mujeres que pese a que el miedo las petrificó, tuvieron a su bebé de todas maneras. Aquellas que las forzaron, aquellas que las violaron. A aquellas, a mi género aún no les cuento.


Cada vez que veo a una mujer junto a su bebé, pienso en lo que pudo ser. Pienso en que nunca voy a conocer a esa persona, pero no me arrepiento en absoluto. 

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