Bestia: Monstruos de porcelana y la siniestra fragilidad de la infamia

«Yo gritaba, pero, con la electricidad, la lengua se recoge.
Se recoge… la lengua se recoge, y yo sentía que mis gritos no eran unos gritos normales…
eran unas cosas así como: ‘Aaaggghhhgggaaooghh’»

Testimonio de Coca Rudolphy en el documental La Venda

Por Kevin Holmes

Para entender a las figuras del terror, a veces hay que humanizarlas. En el cortometraje animado Bestia, nominado este año a los premios de la Academia, Hugo Covarrubias se aventuró a escudriñar en la psiquis de la emblemática carabinera Ingrid Olderöck, torturadora de la DINA, célebre por hacer participar a su perro en sesiones de tortura sexual y una de las mujeres que más poder consiguió dentro de esa organización. Covarrubias nos la presenta de la mejor forma que sabe: con stop motion, una técnica en la que viene desarrollándose hace años en cortometrajes anteriores El almohadón de plumas (2007) y La noche boca arriba (2013), adaptaciones de cuentos de Horacio Quiroga y de Julio Cortázar, respectivamente.

Bestia pretende introducirnos en la vida cotidiana de una torturadora, pero también nos invita, a su modo, prescindiendo de imágenes muy explícitas, a hablar de la tortura misma y de la relación cuerpo-violencia. En cine, los cortes inesperados y los fuera de campo están para ser llenados con interrogantes y despertar inquietudes duraderas; es por esto que la película no se detiene en los rituales sádicos ejercidos por Olderöck sobre los cuerpos de otras mujeres en el centro de detención ilegal conocido como La Venda Sexy. Estos sí son narrados en otras obras audiovisuales como en el documental La venda (Gloria Camiruaga, 2000), en la voz de algunas de sus víctimas, a quienes es importante nombrar: Coca Rudolphy, Gladys Díaz, Amalia Chaigneau, Cristina Chacaltana, Katia Reczynski, Mariela Albrecht, Amanda de Negri, Mónica Hermosilla, Nelly Pinto y Scarlett Mathieu; y en Venda Sexy: memorias de un centro de tortura (Núcleo de Investigación Género, Imagen y Memoria, 2018), a través de los crudos testimonios de Beatriz Bataszew, Nora Guillén y Alejandra Holzapfel.

Las decisiones éticas sobre las formas de representar lo horroroso en animación (qué se muestra, qué no, y hasta dónde se debe llegar) y las estéticas, si pensamos en los materiales escogidos, son menos oscuras de lo que podría esperarse para retratar ese abyecto episodio de nuestro pasado y, sin embargo, son decisiones afortunadas en este cortometraje. Son quince minutos que abren una puerta universal a la memoria y le permiten convertirse en una pieza que puede ser entendida y conmover más allá del ámbito local, sin necesidad de que el espectador maneje antecedentes previos. La ausencia total de diálogos y de narrador parecen apuntar a lo mismo. Sin duda, es el esmerado diseño sonoro el que se las arregla para hablar una lengua comprensible en todo el mundo: la lengua del terror. Por otro lado, la frialdad de los rostros de porcelana resulta desconcertante, al ser tan inexpresivos como la propia Olderöck, según se recoge en diferentes testimonios y entrevistas. Y, a la vez, tan frágiles: tras recibir un tiro en la sien en un atentado que perpetran sus propios pares, esa suave cabeza de loza quedará con una bala alojada en el cerebro y con profundas trizaduras que amenazan con su completa destrucción.

De un tiempo a esta parte, destacados documentales como La flaca Alejandra (Carmen Castillo, 1994), El mocito (Marcela Said y Jean de Certeau, 2011) o El pacto de Adriana (Lissette Orozco, 2017) también han ido alimentando en el cine chileno esa curiosidad por entrar en las mentes de singulares colaboradores de la dictadura, enfrentarnos a sus puntos de vista, asomarnos al precipicio de sus contradicciones y a veces, incluso, llegar a hacernos sentir lástima por las desdichas que los llevaron a cometer sus actos despreciables o por el ostracismo al que quedaron condenados. El gran acierto de estos trabajos, escalofriantes en su dimensión psicológica, es que inoculan sentimientos nuevos. Sentimientos incómodos que se quedan para siempre, que nos desarman, pero ayudándonos así a reafirmarnos. No están ahí para relativizar los hechos, sino para fortalecer la lucha contra la desmemoria cuando a nuestro alrededor hay tantas heridas abiertas y cuando el discurso político de «defensa de la democracia» mantiene su doble juego, permitiendo que sigan vigentes los pactos de silencio orquestados durante la transición.

En este trabajo basado en investigaciones periodísticas como el libro de Nancy Guzmán, La mujer de los perros, Hugo Covarrubias se aleja de cualquier intención «biografizante», dejando por completo la historia en manos del thriller psicológico. Más allá de algunos símbolos y guiños, el espectador no aprenderá en la película acerca del pasado nazi de la familia de Olderöck ni de la asfixiante educación que le impusieron, o de su paso por el seminario teológico bautista; no recibirá mayores detalles de su logros como la primera mujer paracaidista de Chile, de sus increíbles dotes de equitadora, judoka, tenista, montañista, acordeonista, pintora y entrenadora de perros. ¿Por qué se hace una película sobre ella? Por su vileza. La memoria histórica la condenará ad eternum por sus vejámenes y por sus métodos de tortura sexual. Porque, convengamos, Ingrid Olderöck no es la inocente muñequita promocional con la que se estuvieron tomando fotos Steven Spielberg o Guillermo del Toro en el almuerzo que compartieron hace unas semanas los nominados a los Oscar de esta edición. Olderöck fue un monstruo perfecto, una de las personas más sádicas de la oscura historia chilena. Una sombra devoradora.

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