Anticipo del libro: La generación porteña

A fines de la década del ’20, Celia Castro, considerada la primera mujer profesional en la pintura, regresa a Chile desde Europa e instala un taller en Valparaíso, abierto a “los pintores jóvenes” del Puerto. Allí Celia Castro – abuela del ex Presidente Salvador Allende- recibe a artistas incipientes, sin recursos económicos ni escuela, quienes en las décadas subsiguientes darían forma a un nuevo movimiento artístico, de características únicas, particulares e irrepetibles pero que, por las condiciones precarias de sus integrantes y su condición de provincianos, no obtuvo el reconocimiento de la academia: la “Generación Porteña”.

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Bahía de Valparaíso de Roko Matjasic.

Por Marcela Küpfer

Los artistas Roko Matjasic, Carlos Lundstedt, René Tornero, René Quevedo, Jim Mendoza, Chela Lira y Manuel “Marinero” Araos son los integrantes del movimiento. Cada uno dentro de su individualidad, ajenos a influencias y herencias artísticas, pintan afanosamente Valparaíso, privilegiando nuevos temas: la febril actividad portuaria, los oficios, la bohemia, los personajes extraviados en la urbe porteña.

Ignorados por la Academia y el establishment, permanecen durante décadas sin reconocimiento ni valoración. La trágica muerte de algunos de sus integrantes y sus precarias condiciones de vida contribuyeron a opacar su legado, el que hoy es rescatado en el libro La Generación Porteña, de los autores Carlos Lastarria y Marcela Küpfer, que será publicado en agosto por editorial Narrativa Punto Aparte. Este es un adelanto del capítulo dedicado al pintor croata Roko Matjasic, considerado el padre de la “Generación Porteña”.

Roko Matjasic, espíritu indomable

Uno de los personajes más singulares de la Generación Porteña fue el croata Roko Matjasic, pintor prolífico, guía y maestro de varios de sus contemporáneos y dueño de una personalidad y porte recios, que le hacían sobresalir del molde del artista de la academia. Su muerte, ocurrida en el camino costero en extrañas y nunca aclaradas circunstancias, sólo contribuyó a consolidar la leyenda en torno a este artista.

Roko Matjasic nació en pueblo de Pucisce, en la costa de la isla de Brac, en Croacia, el 8 de agosto de 1900. Luego de combatir en la Primera Guerra Mundial, decidió abandonar su derruida patria y construirse un nuevo futuro en América.

Llega a Sudamérica en 1919. Visita Ecuador y trabaja en las minas de estaño de Bolivia, donde estudia dibujo y pintura por correspondencia y aprovecha de retratar las costumbres del pueblo. Su espíritu aventurero lo obliga a moverse y en 1924 arriba a Chile. Ya dominado por su vocación, ingresa a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, en Santiago. En ese establecimiento se le consideró como uno de los alumnos favoritos de Juan Francisco González. De él aprendió las pinceladas sueltas y abocetar con grandes trazos.

Una vez titulado, Roko Matjasic viaja a Valparaíso y tiene un encuentro fulminante con el Puerto, ciudad que será su hogar hasta el fin de sus días. En esta ciudad conoce, además, a Chela Lira, la extravagante pintora que se convertiría en el gran amor de su vida y con quien tendría dos hijas, a quienes él mismo retrata.

Instaló su taller en un cerro de Valparaíso, el que fue un punto de encuentro con otros artistas de la ciudad y donde, sin expresamente ejercer enseñanza, compartió con otros pintores.

Artísticamente cercano al Grupo Montparnasse, Roko Matjasic poseía rasgos personales propios, aunque con una notable influencia de su maestro Juan Francisco González. En sus telas saltan recuerdos de aquello que Cézanne llamó modulación, tan cabalmente adecuado a los grandes planos de su pintura, a su pincelada ancha, a su ordenación escultórica y a su robusto monumentalismo.

Pintó los cerros, el Puerto, Quilpué, el camino a Concón, las grúas, los barcos, los roqueríos. Hizo también retratos de mujeres tenues, delicados, sutiles y de un colorido singular. Incursionó en el óleo, así como en la acuarela, en el grabado y en los tallados en madera, aunque hoy es casi imposible encontrar obras en esta última técnica.

Sus pinturas fueron siempre inspiradas del natural, donde la luz del sol le daba el tono para cada una de sus obras. Por eso, recorrer los campos, los cerros de Valparaíso y la costa era su mayor satisfacción.

Club de Yates de Roko Matjasic.

Club de Yates de Roko Matjasic.

Roka Matjasic era un mocetón alto y atlético, de palabra entusiasta y de acento sincero, que predisponía a la amistad. Más de alguna mujer, cautivada por su impronta, se refirió a él como un ser imponente, casi un antiguo gladiador romano. Tuvo muchos amigos, atraídos por su ademán franco y desenvuelto, por su acogida amable y por su disposición a compartir sus conocimientos sobre arte. “Era el hombre más sociable que me ha tocado conocer (…) Sus ideas se llamaban libertad, se llamaban igualdad, y así las pregonaba, sin estridencias, pero con esa voz firme, ronca de macho diferenciado. Nunca se sabía cuándo aparecería por la casa la figura sólida de aquel hombre con cara de gladiador que sabía decirlo todo con la sencillez y modo de un niño”, escribía un anónimo cronista en una nota panegírica publicada en la prensa local, tras la extraña muerte del pintor, ocurrida el 11 de noviembre de 1949.

Ese día, como de costumbre Roko salió a pintar en los roqueríos, específicamente en el sector de puente Los Piqueros, en Concón, en un sitio conocido entonces como “la bajada de los negros”. Iba alegre y animoso, a trancos largos, con su caja de pinceles y el caballete plegado bajo el brazo, entonando canciones de su patria. Dejó en un sitio abrigado la pesada caja y salió a reconocer el lugar desde donde miraría bullir el oleaje contra las rocas -porque Roko no pintaba esas marinas románticas, con veleritos caprichosos danzando sobre las olas iluminadas: sentía el mar en libertad, prefería la furia de las espumas lanzadas contra las bastillas graníticas a la tranquilidad del horizonte-.

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió, pero aquel luminoso día, el mar recibió a Roko Matjasic para siempre. El artista croata avecindado en Valparaíso desapareció y sólo se encontraron su abrigo, su caja de pinceles y su caballete entre los roqueríos. Roko tenía entonces 49 años, pero conservaba su espíritu juvenil.

La prensa local dedicó largas y numerosas crónicas a la misteriosa desaparición del pintor. La búsqueda del cuerpo y la recompensa de 5.000 pesos ofrecida por el hermano del pintor contribuyeron a mantener el tema en el tapete público por varias semanas. “¿Fue asesinado el pintor yugoslavo Roko Matjasic Martinic? ¿Dónde se encuentra actualmente? ¿Hay alguna organización criminal decidida a eliminarlo?”, escribía el diario El Mercurio.

Por los hechos fueron detenidos e interrogados dos pescadores, quienes encontraron los implementos de trabajo del pintor y su abrigo. Debido a su menuda contextura física, se descartó que hubiesen podido dominar al fuerte y recio croata, para luego lanzarlo al mar. Pero fueron formalizados por profanación de cadáver pues, según relataron al tribunal, habrían encontrado el cuerpo de Matjasic flotando en el mar, tres días después de su desaparición. Los pescadores confesaron que sacaron el dinero (1.200 pesos) y un reloj desde el cuerpo, así como el abrigo. Intentaron dejar el cuerpo en una roca más alta, para cobrar luego la recompensa, pero aparentemente una ola se los arrebató y lo perdieron de vista para siempre.

Hubo otros sospechosos. Una de las hipótesis que circuló era que Roko había sido atacado por matones enviados por el jefe de los bajos fondos porteños, al que el enamoradizo Roko le habría quitado su amante. De acuerdo a esta versión, seis días antes de su desaparición, cuando celebraban su cumpleaños, le habrían advertido a Roko del peligro de las amenazas recibidas de parte de un apostador de carreras de caballos a quien el artista le había “levantado” una amante. Pero él, temerario e impulsivo por su carácter, desechó el peligro.

También se habló de funcionarios de una institución policial, a cuyo jefe también Roko podría haber ofendido, al conquistar a su pareja. Todas tesis que apuntaban a líos con mujeres y celos de antagonistas, alimentadas por la fama de galán de Roko, por su espíritu sociable y cautivador y por su atractiva impronta. No obstante, ninguna de estas teorías fue verificada policial o judicialmente.

El caso se cerró sin culpables. Sólo treinta años después, en mayo de 1978, su muerte fue decretada por resolución judicial, luego de que su hermano Marko Matjasic ingresara una declaración de muerte presunta en un tribunal porteño.

A partir de ese momento, a su dinámica y activa trayectoria artística se agregó el misterio de su trágica partida.

*Publicado en La Juguera Magazine nº 11

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