Ante la Ley: chilenos y chilenas en una escena kafkiana

Foto: Bastián Cifuentes Araya / IG @periodistafurioso*
Por Andrea Jeftanovic

Siempre me ha sobrecogido el cuento Ante la Ley, del escritor checo judío Franz Kafka. En ese breve relato leemos que un campesino se acerca a la puerta de la Ley** que siempre está abierta, pero vigilada por guardianes. Los guardianes se suceden y cada vez son más temibles y siempre le impiden el paso: “Tal vez, pero no por ahora”. Se dice que el tercer guardián es tan terrible que nadie puede mirarlo a los ojos y lo deja sentarse en un taburete. Allí el campesino espera días, meses y años, a menudo conversa con el centinela y también intenta sobornarle. Si bien él acepta las dádivas, lo hace justificándose: “lo hago para que no creas que he omitido ningún esfuerzo”. El hombre maldice su mala suerte, al principio alzando la voz, mas poco a poco va perdiendo intensidad, envejece y acaba “murmurando para sí”. En medio de la oscuridad distingue un resplandor que surge de la puerta de la Ley y formula la pregunta crucial: “Todos se esfuerzan por llegar a la Ley (…) ¿Cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?”. El guardián comprende que el hombre está falleciendo, y para que pueda oírle bien le dice con voz poderosa: «Nadie podía pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”. El campesino pensaba que la ley debía estar disponible para todos, pero la experiencia le demuestra que la espera es infructífera y que la puerta solo se abrirá en el momento de su muerte. 

La Ley aparece como una sucesión de guardianes de aspecto crecientemente temible, de obstáculos que desprecian al individuo y ante los que éste no puede responder sino con la resignación y la espera. El hombre queda solo, no hay respuestas comunitarias, únicamente el incentivo de rendirlos, agotarlos y dejar que desaparezcan. La Ley se rodea de todos los ornamentos del poder y el individuo se convierte en un campesino, en la acepción de un puro y despreciado vulgo. El individuo común, por tanto, es presentado frente a la Ley -por la ley misma- como algo insignificante, subordinado, desprovisto de eso en lo que el mismo orden establecido, supuestamente, está fundado: el derecho subjetivo. No posee capacidad relevante de acción ni de palabra y no puede poseerla.

Pienso que el cuento de Kafka funciona como una parábola perfecta de lo que hemos sentido millones de chilenos frente al poder derivado de la Constitución Política de 1980: la ley tiene la puerta abierta, pero no es posible entrar. Pensemos que fue una constitución escrita durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, entre ideólogos perversos y que, durante 40 años, ha regido nuestras existencias cívicas. Una carta magna que ha incentivado la competencia y el individualismo; más centrada en la propiedad que en los ciudadanos, dejando, en especial a los más vulnerables, en el margen de la ley (no “al margen”); sacrificando a los más débiles, abandonándolos agónicos hasta atomizar sus fuerzas. Porque, así como en el cuento de Kafka, el problema de la Ley no radica en el “momento adecuado”, sino en una estructura que reduce las posibilidades de réplica de un individuo cuyas intenciones nunca son posibles ni pertinentes. El valorado esfuerzo no obtiene recompensa. Toda protesta es contenida y, posteriormente, subsumida, bajo la tela de araña del mismo sistema. Se puede gritar, amonestar, protestar, sobornar, pero la entrada está bloqueada. Somos empujados al desasosiego y a la espera de una respuesta que, posiblemente, nunca llegará.

El lenguaje jurídico que Kafka tan bien dominaba y que aprendió en la oficina de la Agencia de Seguros de Accidente de los Trabajadores del Reino de Bohemia en Praga, le sirvió como vehículo para expresar la angustia humana y difusa ante lo desconocido y absurdo de la vida, ante el desamparo del individuo frente al poder. Kafka era un abogado brillante que se debatía entre la escritura nocturna y el auxilio a personas que habían sido dañadas en su ejercicio laboral. En una de sus tantas cartas escribió que le sorprendía la mansedumbre con la que esos obreros mutilados llegaban hasta su oficina para ver si podían “conseguir algo”. Quizás, precisamente, en esa labor que le quitaba horas a su pasión literaria se fue fraguando su universo simbólico de la anomia, la inocencia calamitosa, la crueldad innovadora y la despersonalización de la ley. 

Quizás el movimiento social de octubre pasado, “el estallido” o la revuelta, no hizo más que reunir las murmuraciones solitarias, los cuerpos desfallecientes que esperaban justicia y quedaba ahí derrumbados hasta el agotamiento. Aunó a personas cansadas de estar hacinadas en sus viviendas o en el transporte público, día a día, de esperar interminables listas de atención de salud, de vivir en mínimas condiciones, sometidos a tantos abusos. Ciudadanos que maldecían su mala suerte, al principio alzando la voz, pero luego perdiendo intensidad. Sin embargo, cuando se murmura a coro, y no para sí mismo, el murmullo se transforma en zumbido, y el zumbido atrae a otras abejas y se habita un panal. Recordemos que una sociedad atomizada es una sociedad profundamente maleable.

En el horizonte del deseo ciudadano se cristalizó la demanda por dar fin a una Constitución Política -y todo un sistema- que funciona con centinelas y guardias temibles, para que emerja de la conversación colectiva, integrando todas las voces, no solo la de los hombres -blancos -expertos, sino que también la de los ciudadanos que ejercen oficios, la de los pueblos originarios, de las mujeres que conforman más de la mitad de la población, de los niños abandonados, de las personas con funcionalidades diferentes, de los que viven en campamentos, de los que habitan en regiones y lejos de los centros metropolitanos.  No queremos más sentirnos perdidos y en desventaja en el macro edificio del poder.

No se sostiene más la idea de nacer en un mundo social y político ya construido, ya ordenado, ya legislado. Un mundo que nos dice que no comprendemos nuestros destinos cifrados. Porque los ciudadanos nos cansamos de asentir ante las proclamas que vienen de las más altas instancias, que adquieren un valor sagrado e inmodificable. Uno es parte de todo, pero no participa de ese universo: su papel es asignado. La sala de máquinas de la realidad sociopolítica que se cierne sobre nuestros hombros no está al alcance de la mano, no podemos participar en sus decisiones y nos hunde en la ignorancia de las múltiples causas que le determinan. Eso hasta ahora. 

Acudamos a tantos saberes populares y ancestrales que incluso han probado ser una estrategia de resistencia en momentos críticos y traigámoslos a este ejercicio cívico. Por ejemplo, La minga, esa palabra que proviene del Quechua mink’a, en la que los integrantes de un pueblo se comprometen en una tarea para el beneficio de un vecino y de toda la comunidad. Ya sea sembrar, mudar una casa de terreno, limpiar un estanque o recolectar la cosecha.  Es sobrecogedor ver una casa empujada por todos los vecinos a un destino remoto, incluso navegando por los canales de Chiloé, para luego compartir una fiesta de comida y bebida. O bien las ollas comunes en las que un grupo de vecinas conjuga productos y cocciones, en una cadena solidaria, para alimentar a la comunidad en medio del hambre. 

Por eso “APROBAR (Convención Constitucional) el próximo domingo 25 de octubre en el Plebiscito es necesario, muy necesario, pero no basta. Necesitamos que en este proceso constituyente dejemos de lado ideas arraigadas, cotejemos lo existente y lo posible, con la certeza de que podemos influenciar positivamente en nuestros destinos. La Ley es importante, en sí misma se encuentra todo: acusación, defensa y sentencia. Por eso, seamos la asamblea semi circular que se pone de pie para interrogar a los gobernantes que se creen dioses y que, paternalistamente, nos dicen que nuestro destino está cifrado y que no lo comprenderíamos. Enunciemos en voz alta nuestras interrogantes. La asamblea propone, la sala responde. Seamos el libro abierto para imaginar palabras más virtuosas: reemplacemos el sueldo mínimo por el sueldo digno, cargas familiares por relaciones interdependientes, y tanto más. Vayamos por un mapa de navegación que nos permita ser protagonistas.  

Avancemos hacia una sociedad colectiva y colaborativa, vamos sumando esos murmullos cívicos que se escucharon en las calles y se vieron escritos en las paredes: “Suban las pensiones de hambre o aprueben la eutanasia”, “No + deudores CAE- fin a la educación social de mercado” o “No lucho por mi quimioterapia sino por una vida digna”.  Los murmullos de descontento se hicieron en voz alta, a veces con el descontrol que viene desde el dolor y el trauma, como un coro de tantas personas esperando en la puerta de la justicia, “Nunca más nos soltamos”, para que nunca más, una persona sencilla quede esperando acceder a la Ley, mientras agoniza sola.

**En el cuento de Kakfa la palabra ley siempre aparece en mayúsculas.

*Conoce el trabajo del fotoperiodista Bastián Cifuentes Araya, aquí: www.behance.net/bastiancifuentes

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