Ana María Hurtado: “No necesitamos un pasado incásico para que nuestras historias sean importantes”

La periodista Ana María Hurtado estaba en un reporteo habitual cuando se encontró con una historia notable: la de un artista chileno cuyo antepasado era una suerte de Napoleón de los Incas. Durante cinco años de trabajo, el documental El Príncipe Inca halló la paradoja necesaria para que fuese un relato universal: inmersos en paisajes sobrecogedores y en las ruinas de un pasado grandioso, los significados que el protagonista obtuvo de esta experiencia radicaron en claves familiares y comunes a cualquiera que prescindiera de sangre nobiliaria. En estas líneas aborda la importancia -“más allá del cliché”- de explorar los fragmentos que componen nuestro pasado, la valorización de los propios orígenes que ha emergido de ciertos sectores de la sociedad y analiza el actual proceso migratorio en Chile: “la integración cultural nunca ha sido fácil”.

Fotografía: Diego Bravo Rayo.

Fotografía: Diego Bravo Rayo.

Por Diego Bravo Rayo

Se puede inferir que a lo universal que apela esta historia es a la importancia que tiene la búsqueda y el conocimiento de nuestro pasado, uno del que no tuvimos injerencia alguna pero que resulta clave para saber quiénes somos.

-Eso es. En el caso de esta personaje, es una marca muy heavy. Imagínate que a un tipo como este le dicen que es príncipe inca. No es cualquier historia, es una poco creíble pero que es un mito familiar. Eso lo marcó mucho a él en su manera de ser cuando era niño y hace que sea muy interesante para ir en la búsqueda. El tipo de búsqueda, tan arquetípica como es el de un pueblo perdido y con un linaje, es casi como una fábula cristiana o judía. Además, existe en documentos coloniales la confirmación de que su familia era descendiente de los incas y que sí existe un pueblo perdido en la mitad del altiplano donde proviene su familia. Entonces imagínate los ingredientes que tenía la historia. El personaje me ayudó mucho.

El perfil de Felipe Cusicanqui es el de un artista cuyo mestizaje denota mayormente en su piel el componente europeo pero cuyo antepasado más destacado fue el de un príncipe Inca. ¿Dentro de tu obra la condición de príncipe del antepasado es determinante?

-Sí, aunque hablando solamente en términos metafóricos, alegóricos y sin importancia en el mundo real. La gracia de los títulos nobiliarios es que ayudan a saber de dónde se viene y que te dan una herencia, sea inmaterial como es la nobleza, o material como un castillo. Para un niño claro que resultaba importante que le dijeran que es un príncipe, así como para una niña que es princesa. Por algo las princesas han estado de moda, a la gente les gusta esa cuestión.

¿Y al Felipe niño se le levantaba el ego por esta historia?

-Claro, se creía la muerte por ser príncipe inca pero nadie le creía en el colegio. De hecho, lo molestaban porque la historia era ridícula. Incluso al abuelo de Felipe, el que enarbolaba la historia, le hacían bullying en su propia familia, le decían “ya, de’onde que príncipe…”.

Además, esto ocurrió hace cinco siglos

-Claro, pero fíjate que este señor tenía orgullo por ese supuesto linaje y, como los adultos lo tomaban para la chacota, se lo traspasó a su nieto.

Este príncipe corresponde a Tupac Yupanqui y lo describes como una suerte de Napoleón inca…

-Fue el que más expandió el imperio, el Tawantinsuyo, el cual no duró mucho en comparación a otros. Cuando llegaron los españoles, recién tenían una avanzada en Santiago.

El Príncipe Inca

El Príncipe Inca

LOS PROPIOS FRAGMENTOS

¿Cuál es el el valor narrativo del documental?

-Tiene que ver con esto del “reino perdido”, que es una figura propia de los cuentos. Cuando se lee la Biblia, que es lo que culturalmente más se tiene a mano, Jesús decía “mi reino no es de este mundo”, apelando a reinos ocultos o que nadie más vio, como en la saga del Rey Arturo. Este niño, Felipe, tenía este reino en la cabeza pero de forma mucho más real que Jesús o el Rey Arturo. Esa perspectiva alegórica de un adulto que busca restos que existen, como el camino del inca, es llamativa de la película. Esa clave mítica que mostramos vira progresivamente en una clave mucho más familiar; es lo que puede pasar en cualquier familia, todos tenemos algo de nuestro pasado que nos determina. Lo que Felipe encontró y que lo termina golpeando es un tipo de historia que puede tener cualquiera: el exilio de su abuelo, a propósito de un drama familiar.

Todos tenemos algo épico que nos contaron y algo que no lo es tanto y que no nos contaron. Al final pierde toda importancia ser o no príncipe inca. Por eso ese título es llamativo y apela a la provocación (“¿Y tú, de dónde vienes?”), porque puedes ver algo que parece “A” pero al escarbar un poco se vuelve “B”.

Demoraste cinco años en el trabajo, tiempo que posiblemente te dio para pensar muchas cosas sobre la marcha. ¿Qué se removió en ti? ¿Tuviste algún pensamiento recurrente?

-Me removió todo. Esta película plantea un viaje físico, de San Pedro de Atacama hasta el lago Titicaca, y es totalmente un viaje interior. No todos tendremos un pueblo perdido en el altiplano pero si una historia que podemos ir no necesariamente viajando físicamente, sino que preguntando o sólo conectándonos con nuestros propios procesos. A veces no necesitamos que nos cuenten historias que no sabemos sino que basta con elaborarlas con los propios recursos emocionales. Eso me fue pasando, fui reconstruyendo cosas de mi identidad a propósito de mi proceso creativo para esta película. No sé si tuve pensamientos recurrentes pero si procesos reiterativos como ir indagando en mis fragmentos. Porque en la obra se ve a Felipe recoger fragmentos, que en general son basuras, piedras, pedazos de plantas, leseras. Pero esos fragmentos los mira a través de una luz que sólo los artistas pueden ver. La reconstrucción personal, por lo tanto, viene con recoger y reconocer fragmentos propios, y ese conjunto que se vamos armando no necesariamente tendrá una unidad, pero fue lo que nosotros recogimos.

¿Y ese recorrido que hizo Felipe, no fue planificado en el guión?

-Grabé a Felipe durante tres años antes de irnos de viaje, por lo tanto sé cómo él trabaja y es así. Tuvo 15 días para recorrer y recoger lo que le llamara la atención. A eso lo llama “experimentar” y se refiere a vivir la experiencia, como tocar las piedras, meter las manos en el barro. A eso se dedica en su vida y pensé que si lo dejaba hacer eso durante la película, iba a entrar en un estado mental que llevaría a que “algo sucediera”. Y así fue, natural. Hoy vive en Berlín y allá anda recogiendo carteles en la calle y con eso hace obras. Es su forma de trabajar y tiene mucho que ver con la historia que le contaban, de que era más o menos un desecho en la familia porque veían ridícula su historia. Finalmente la historia que él encontró era mucho más chica pero más parecida a la que tiene cualquier persona. No necesitamos tener un pasado incásico para que nuestras historias sean importantes. No es por el cliché sino porque es importante tener donde afirmarte y saber quién eres.

¿Y cuándo pensaste en tus antepasados, pudiste explicar algo lo que eres hoy?

-Sí, y sobre todo con rasgos sicológicos más que físicos. Mi familia es muy chica, no tengo primos, tengo una sola tía y eso habla, en la práctica, de soledad. Dos generaciones atrás, mis familias paterna y materna eran de muchos hermanos, hasta que en la generación siguiente mi padre fue hijo único y mi mamá una hermana soltera. Luego una hermana mía tuvo 3 hijos y sería. No sé si estoy tan interesada en saber por qué ocurrieron esas cosas o si es bueno o malo haber tenido pocos o ningún hijo. Si habla de soledad y aislamiento, lo que hace eco en mi manera de ser en muchos sentidos.

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Fotograma de El Príncipe Inca

¿Cómo crees que se mira hoy al que dice que tiene antepasados de pueblos prehispánicos? ¿Se ha insistido en lo exótico y pintoresco?

-No lo sé. Me llamó la atención uno de estos “estudio-revela” que aparecen en los diarios, que decía que las postulaciones para ser reconocido como indígena en Chile, subieron de forma abismal. Esta cifra, que ahora no recuerdo, se le atribuye que esa categoría jurídica ofrece el acceso a becas, tierras y a un montón de cosas materiales. Por otro lado, las clases más educadas y, por tanto, las que tienen más plata, están revalorizando las raíces y se dan cuenta que las personas de orígenes más rurales tienen un acervo cultural admirable. La señora que cocina en sus casas sabe hacer cosas que nadie más sabe hacer…

Como hablar mapudungún…

-…U otra lengua distinta, o conocen ciclos de la naturaleza que en el calendario gregoriano no se ven. No sé si esto se está poniendo de moda y el tema de las raíces no sólo lo reduzco a los pueblos prehispánicos sino a todas las mezclas migratorias que tenemos. Hoy la migración es notoria, es mucha la población caribeña la que ha llegado, varios de ellos haitianos que no hablan castellano. Esto genera el tan humano miedo al otro, sobre todo cuando ese otro posee un color de piel distinto. Pero en la segunda generación se generará un sincretismo cultural, que posiblemente será muy rico.

A propósito, ¿Cómo proyectas el fenómeno migratorio en Chile, donde todavía es incipiente: el 2,3% es extranjero en el país?

No tengo cómo saberlo, sólo puedo observar. Si bien es el 2,3% nacional, hay comunas de Santiago donde es mucho más que eso. Lo deseable sería que no se formaran guetos pero eso ya está pasando. Lo ideal es no encasillar a personas en ciertas labores, como en Inglaterra, donde se pinta que no puede haber un gásfiter que no sea polaco, como aquí decíamos que todas las nanas son peruanas. No es malo ser polaco, gasfiter, nana o peruana; lo que no son buenos son los estereotipos. Veo difícil que no ocurra acá si pasa en todo el mundo. Pero al mismo tiempo hay otras manifestaciones positivas que unen a todas las personas, como lo es comer. Mucho renegarán los alemanes del montón de turcos que hay en sus ciudades pero todos comen falafel y kebab. La integración cultural nunca ha sido fácil, sea con invasiones o simples movimientos migratorios.

Has tenido experiencia con la cultura quechua y aymara. Si bien no quieres hacer proyecciones, ¿existe un riesgo de que sean engullidas por occidente y su aparato cultural-mediático?

-Dos cosas: primero, que una cultura se engulla a otra es un movimiento cíclico, universal y que siempre ha sido así. Esto de preservar las cosas sólo por el hecho de conservarlas no es natural, porque siempre se generarán sincretismos. Tratar congelar una cultura en el tiempo ni siquiera sé si sea bueno. Por otra parte, la cultura aymara es una nación que, 500 años después de la llegada de los europeos, desborda los límites geográficos. Al aymara de Chile le gusta ser chileno por tener ciertos beneficios pero tienen el mismo idioma, se visten igual y les da lo mismo cruzar la frontera. No tendrán Estado pero si son una nación que está presente en el sur peruano, en el altiplano boliviano y en el norte chileno y argentino. Tampoco están en peligro de desaparecer. En ciudades como La Paz ves más sincretismos y una migración campo-ciudad feroz.


El documental El Principe Inca se encuentra en la cartelera de cines nacionales desde el 8 de septiembre gracias al programa Miradoc.

Ver horarios y fechas de funciones en Viña del Mar y Valparaíso en: Cinemark Espacio Urbano e Insomnia Alternativa de Cine 

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