Alfredo Castro: “Pedro Lemebel y yo nunca fuimos amigos, incluso creo que me odiaba”

Foto: Wilson Gajardo

No viajó a Italia, pero ya enciende la pantalla de la Mostra de Venecia en Tengo miedo torero, la cinta de Rodrigo Sepúlveda basada en la popular novela del fallecido escritor y artista chileno. De cara a su estreno local vía streaming, que ya vendió más de 14 mil entradas, el actor y protagonista del filme revela cómo construyó a la Loca del Frente, y el duelo que vivió al salir de ella. También desmenuza por primera vez su lejana y agridulce relación con la ex Yegua del Apocalipsis: “Recuerdo muchas miradas suyas distantes y antipáticas hacia mí”, cuenta.   

Por Pedro Bahamondes Chaud

Dirá que no le fue fácil cortarse y desteñirse el pelo, sacarse las uñas, las tetas. Dirá que nunca es fácil abandonar y sentirse abandonado por un personaje, pero que solo en tres ocasiones ha sentido una especie de catarsis al salir de ellos. Le sucedió primero con Tony Manero (2008), y luego con el Padre Vidal de El Club (2015), también bajo la dirección de Pablo Larraín. Su “duelo” más reciente, cuenta ahora Alfredo Castro (1955), es el de la Loca del Frente de Tengo miedo torero, la cinta de Rodrigo Sepúlveda basada en la popular novela de Pedro Lemebel, que por estos días se presenta y compite en la Mostra de Venecia.

Habría sido su cuarta vez sobre la alfombra roja del principal festival de cine italiano, pero la pandemia dijo otra cosa. “Tengo prohibida la entrada, ningún chileno puede entrar a Italia. Chile es país prohibido. Es triste no estar ahí, pero tampoco se puede ni vale la pena patalear por eso. Cualquier queja nuestra es banal al lado de todo el horror por el que han pasado tantos. Nosotros estamos muy contentos con la recepción de la película, y de que vaya llegar a tanta gente que quiere verla”, dice el actor y director teatral chileno, a solo días de que el filme tenga también su estreno local vía streaming el próximo sábado 12 de septiembre. La función se agotó en pocas horas, vendió 14 mil entradas y hubo que fijar una segunda para el día siguiente. 

Basada en la exitosa novela publicada en 2001, la historia del filme transcurre en el cada vez más álgido Chile de 1986. Con las protestas nuevamente en las calles, y mientras el Frente Patriótico Manuel Rodríguez urdía un plan para dar muerte al dictador Augusto Pinochet, un travesti ya mayor y que borda manteles para esposas de militares se enamora de Carlos, un guerrillero involucrado en el fallido atentado. 

¿Qué genera tanta expectación en Tengo miedo torero

–Yo creo que primero tiene que ver, ante todo, con la figura de Pedro Lemebel, que es la de un artista comprometido con la lucha LGBT por tantos años, y creador de una obra que es imposible separar de su autor, como son las buenas obras literarias. Él era su obra, y es muy interesante porque es la única novela que escribió. Hay una cantidad de ingredientes que explican este fenómeno, pero por lo que la gente más me escribe es por la expectación que despierta siempre Pedro, como el fuerte de la película. Es increíble ver cómo la gente quiere además a sus artistas, y corresponde. 

Probablemente ningún otro escritor chileno gozó de tanto cariño y cercanía con sus lectores estando vivo…

–Es que su obra es muy extrema y vigente, eso es lo más lindo que está pasando. Lemebel puso la marginalidad en un primer plano, en mi opinión, de visibilidad y opinión crítica al respecto. Es muy importante lo que él hace, que es instalar la “marginalidad”, esa palabra tan pegoteada y tan mal usada, pero que él hizo que se convirtiera en un tributo. Ser pobre y ser marginal no tenía que estar oculto, porque la marginalidad es y ha sido parte de nuestra diversidad siempre. 

El otro día, cuenta el actor, le paró el carro a una periodista de radio en una videollamada. “Se puso muy nerviosa. Pobre chica, tan joven, pero en la mitad de la entrevista empezó a hablar de la ‘elegancia’ de la Loca del Frente y de Lemebel. Yo le dije: perdón, ¿de qué estás hablando? La palabra ‘elegancia’ no tiene cabida en lo que estamos hablando, no pega ni junta con la obra de Lemebel. La Loca del Frente está descrita por él mismo como una travesti fea, pobre, casi en situación de calle, flaca y sin pelo ni dientes. Entonces, ¿de qué elegancia me está hablando? Pedro reivindica y pone en su sitial la esencia de esa persona maravillosa que es la Loca del Frente. Logras ver su nobleza y la seguridad de su identidad que ella no transa, pero que sí acepta el cambio”.

Claro, hay una conversión ideológica en el personaje…

–Exacto. Ella parte siendo de derecha, y hay una conversión política a través del “amor”, el afecto o más bien yo diría que por la lucha clandestina, más que el amor, y que hace que la Loca del Frente cambie su parecer político enfrentada a la realidad. Ella va tomando consciencia de lo que pasa en las calles y en su país. Entonces, sí, hay un cambio ideológico muy lindo, pero nunca la elegancia de la que hablaba esta chica. Realmente me desconcertó lo que dijo. 

El amargo incidente le trajo además un recuerdo. Era 2008, y el actor estaba en Cannes, presentando la premiada película Tony Manero. A su lado se encontraba, más joven y novato, el director chileno Pablo Larraín, y frente a ellos periodistas de todo el mundo. 

“Estábamos todos súper emocionados y sin saber a qué atenernos, menos Pablo, que era muy joven y con muy poca experiencia. Y bueno, resulta que una periodista francesa dejó la cagá: preguntó por qué Pablo había escogido esa estética “tan fea” para la película. Pablo se entorpeció y le dije: déjame contestarle a mí. ‘Esta no es una estética, este es mi país’, le contesté. ‘Este es mi país, no una elección de estética’. Todo eso me recuerda también un poco a lo que pasa con Pedro. Todo lo que Lemebel pone en escena es mi país, es 80% o 90% este país, y eso en la película está mucho más retratado y contextualizado que en la novela”, cuenta. 

Entiendo que pediste incluir algunos textos en el guión de la película. ¿Fue así? 

–Sí. El guión de Rodrigo Sepúlveda es un súper buen guión porque contextualiza la novela, que parte cuando los personajes ya se conocen. Lo que hace Sepúlveda es contextualizar la novela hasta que ellos dos se conocen. Pone el contexto político de fondo político, y eso le da una perspectiva histórica. En paralelo, me leí el último libro de entrevistas de Pedro y le dije a Rodrigo si podía incorporar ese texto, que además es el título, Yo no tengo amigos, tengo amores, y dijo que sí. Luego encontré ese otro que decía: “Si algún día haces una revolución que incluya a las locas, avísame, ahí voy a estar yo en primera fila”. 

Foto: Sebastián Utreras

¿Cuál fue tu relación con la novela antes de involucrarte en su adaptación al cine?

–La cosa fue así: la novela salió a la venta, yo la compré, la leí y me fascinó. Con el tiempo entró en el olvido, como pasa con casi todas las novelas que uno lee, y no volví a escuchar el título ni nada hasta el 2005, cuando Pedro me cuenta del primer proyecto de película. Esa primera película no se hace, desde luego, y pasan 15 años en que fui convocado varias veces y a distintos proyectos. Varios. Te digo todo esto porque el Pedro siempre trae vendavales, tormentas, y este proyecto no fue la excepción; cayó en manos de muchas personas, entre directores, guionistas, etcétera. De hecho, yo una vez postulé a un Fondart, hice la carta y me llegó otra petición de carta y dije pero cómo, si ya firmé una. Recuerdo que había dos directores postulando con el proyecto y no ganó ninguno, y finalmente llegó este otro proyecto que tenía los derechos, las conversaciones con la editorial y la familia, y recién ahí se puso en marcha y yo me releí la novela. 

¿Cómo te metiste en la piel de la Loca del Frente? 

–Lo primero que hice fue ir a hablar con un amigo de Pedro que me pidió que no revelara quién es y no lo voy a hacer, y le pregunté tres cosas: si acaso yo tenía que mariconear en la película, y me dijo que por ningún motivo; o si tenía que mujerear en la película, y tampoco, por ningún motivo, y si acaso tenía que hablar de manera lumpen. Y no, tampoco, me dijo, porque Pedro no era eso y la novela no es Pedro y sí es Pedro, y te puedo contar cuáles momentos él sí vivió y cuáles no y son ficción. Yo en realidad creé el rol físicamente en base a una travesti argentina que vive en situación de calle, y que la invitan cada tanto a los programas de Tinelli. La humillan, se ríen de ella, le pegan, le tiran agua, le regalan un refrigerador, la tipa vuelve a la calle, lo vende y así. Esa fue mi construcción, más la descripción que Pedro hace de la Loca.

¿Tengo miedo torero es, ante todo, una historia de amor para ti? 

–Lo es ante todo, y te contesto con otra anécdota. (Roberto) Bolaño va a una comida con escritores chilenos cuando viene a Chile, en un restaurant, y alguien le dice: Lemebel está aquí, a una o dos cuadras, y te quiere conocer. Bolaño parte y se queda con él toda la noche. Cuando Pedro termina de escribir la novela, se la manda a Bolaño y él le dice: ‘Qué es esta huevada, esta novela de amor que has escrito’, y Lemebel le contestó: “Qué te pasa niña, qué otra cosa iba escribir yo más que una novela rosa’. Así fue. Entonces, es una novela de amor calificada por el mismo y propio Lemebel como una novela rosa, y la escribió con esa maestría tan suya. Yo no veo mucha poesía en la novela, sino su maestría. Lo que él hace es darle la categoría política a la historia de amor. Insisto: es una travesti, ya sabemos, pobre, fea y facha, y él un chico burgués, guapo y terrorista. Son los ingredientes perfectos para una historia de amor imposible. Posible-imposible, quiero decir. 

Siempre estuvo la duda de si Lemebel había sido o no la Loca del Frente, ¿qué crees tú?

–Sí lo fue. No oficialmente, digo, porque Pedro nunca militó realmente en el Partido Comunista. Su máxima cercanía con ellos fue con la Gladys Marín, con quien tuvo una relación de afecto y admiración mutua, pero Pedro nunca militó ni fue parte de ellos. Ahora, en la novela hay historias, momentos que él sí vivió, y no como parte del Frente Patriótico, que quede súper claro. 

La novela deja también a la luz la homofobia social y política de la época, y de un país que no ha cambiado tanto.

–Y te agrego que, por sobre todo, el mundo político era y sigue siendo muy homofóbico. El mundo político despreció a Lemebel una y otra vez. Si no acuérdate de lo que pasó cuando estaba Aylwin en el Caupolicán, y la Concertación completa se fue de espaldas y encontraron que era una ofensa espantosa lo que hizo Pedro. 

Aparecer con tacos y plumas en un acto de camaradería… 

–Claro, por eso el mundo político está muy al debe con la figura de Lemebel. Y te hablo de la alta política, de los huevones importantes de la Concertación y la Nueva Mayoría, de Aylwin para adelante, todos. Tú me preguntabas por la figura de la loca, y piensa nada más que hace unas semanas torturaron a otro chico por ser gay. ¿Tú me vas a decir que este país ha cambiado en algo? Nada. Hay una homofobia enclaustrada y que en cualquier otro momento aparece y se desquita y asesina a otro Daniel Zamudio, o como le sucedió a este otro chico, que fue torturado hace dos semanas durante 25 horas. Entonces, la lucha de Pedro continúa. Él la hizo visible. Me gusta mucho ese texto suyo en que dice que luchó tanto para que los maricones se vinieran a casar ahora. Me parece notable, y les pega una patada a varios. 

Foto: Raúl Bravo

OJO DE LOCA

Debe ser una de las críticas más despiadadas que haya recibido en los más de 40 años que lleva sobre los escenarios. Acababa de estrenar su recordada obra Historia de la sangre (1991), y todos, o casi, se rendían ante Alfredo Castro (1955) como uno de los más talentosos renovadores de la escena teatral del Chile post dictadura. Todos menos Pedro Lemebel, claro, el artista y miembro del colectivo Las Yeguas del Apocalipsis, quien por entonces publicó un comentario sobre el montaje en el que se refería al actor y director como un “nazi revenido”. 

“Yo la encontré tan magníficamente bien escrita, que aún la tengo guardada. No me ofendió, sino que me hizo mucha gracia. Y bueno, venía de él, que era una persona con sus humores”, dice el actor. 

¿Cómo fue tu relación con Pedro Lemebel?

–Nuestra relación, si la hubo, fue bien de amor y odio la verdad. Pedro Lemebel y yo nunca fuimos amigos, incluso creo que me odiaba. Hasta me sentí un poco discriminado por él. Yo creo que lo hacía desde el otro lado y por una cuestión de clase, por mi pertenencia a la clase media, no sé. Yo le tenía temor, la verdad, porque sabía de sus ánimos. Siempre pensaba que un día cualquiera me iba a putear en la calle, o qué sé yo. No tengo recuerdo de que eso haya pasado, pero sí recuerdo muchas miradas suyas distantes y antipáticas hacia mí”, recuerda hoy el actor. 

Fueron vecinos de barrio en los 90. Alfredo Castro vivía aún en la calle Bombero Núñez, en pleno Bellavista, al igual que el cronista y autor de El zanjón de la Aguada. “Yo caminaba a hacer clases a la escuela de Fernando González, y en las noches volvía y muchas veces nos cruzamos. Iban casi siempre Pedro, el Pancho (Casas), la Nelly Richard y toda esa comunidad que ellos tenían y a la cual yo no pertenecía”, cuenta. “La escena artística estaba dividida entre los íbamos a la Plaza Mulato y los que iban al bar Jaque Mate, y yo me paseaba entre los dos. En mi locura no existía esa división, pero siempre sentí que para él sí”, agrega. 

Sin buscarlo, fue a pillarlo de buena tiempo después, allá por el año 2005. Alfredo Castro recibió una llamada de la asistente de Pedro Lemebel y fue citado a un bar en el barrio Lastarria. Iban y venían los sours, y el resto de la historia ya es conocido: fue el propio autor quien le contó que el director italiano Vanni Gandolfo iba a adaptar Tengo miedo torero al cine, la única novela que publicó antes de morir, en 2015. El actor aún recuerda sus palabras exactas: “El personaje de la Loca del Frente es tuyo, y no quiero que nadie más lo haga”. 

La anécdota ha sido puesta en entredicho por algunos. Castro les responde: “Lamentablemente, el Víctor Hugo Robles, el Che de los gays, lo puso el otro día en duda. Que de adónde había sacado yo que el Pedro iba a los bares en Lastarria. Y yo le contesté, porque no es momento para odiosidades. Le dije: pregúntale a tu amiga, la Jovana Skármeta, que fue asistente y amiga de Pedro, y que estuvo presente y fue quien me llamó. ¡Cómo se te ocurre que yo iba a estar inventando historias! Menos con una historia tan radical como esa, si yo no soy un mitómano. Yo fui considerado para la primera película que se iba a hacer, y que la iba a dirigir el italiano Vanni Gandolfo, y años después Pedro me invitó a su programa de radio. Yo le dije: ¿y pa qué me invitai, si te caigo como el pico y todo lo que yo hago te parece horrendo? Me respondió: “No seai tonta niña, son huevás de loca, una tiene sus días, pero vente al programa porque mi mamá te ama”. 

¿Y fuiste? 

–Por supuesto, acepté y fui al programa. Debe estar grabado, y puede que aún esté dando vueltas por ahí. Fue amoroso, todo bien, pero yo nunca fui amigo de él. Y de hecho uno de los chicos que montó guardia para su funeral cuando yo fui a la iglesia, cosa que nadie ha comentado nunca, esta última perfomance suya de hacerse velar en una iglesia, y yo le rendí mis honores y un chico se me apareció y dijo si yo quería pararme al lado del cajón y rendir mis honores, dar unas palabras. Yo le dije que Pedro y yo nunca habíamos sido amigos. Él no me consideraba su amigo, y había allí muchos otros que sí lo eran. Yo viví su partida desde mi tristeza personal. Yo lo admiraba muchísimo, y fui a muchas lecturas suyas, pero no fuimos cercanos. A mí lo que me jode ahora es que está lleno de viudas y viudos de Lemebel, y que todos salen a defenderlo y a decir qué diría Pedro, qué diría Pedro. Y creer que se puede leer la mente de los muertos es francamente una odiosidad. 

Fue la loca del psiquiátrico en Fuga (2006), de Pablo Larraín. Y, sobre el escenario, la Eva Perón de Copi, un transexual en la obra Los arrepentidos, y hasta uno de los personajes travestidos de Mauricio Wacquez en el montaje Excesos

Te ha tocado mucho explorar tu lado femenino. ¿Cómo llevas esos procesos?

–Yo fui uno de los primeros que hizo su transición escénica en Chile. Mi primera incursión en el cine fue precisamente en Fuga, y haciendo a esa loca entrañable que estaba escrita en estilo Lemebel. Hablabla del “alita rota”, eran textos casi completos de Lemebel, y que ahora culmine con esta figura en Venecia me parece un recorrido político y artístico súper importante para mí. Es complicado hablar de uno mismo, pero evidentemente yo hice mi transición de género en el teatro hace muchos años. Me pone en un lugar muy interesante políticamente, para mí, y solamente para mí, desde el cual yo puedo declarar para mí que el género en el teatro no debería existir, en cuanto a director y actor. Porque en el momento en que yo dirijo a la Amparo Noguera en la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, yo soy la Blanche DuBois, como director y actor. Yo tengo un género líquido, que transita según la necesidad del rol, y la virtud de poder ser en escena, durante una, dos o tres horas, o durante años, en una película, La loca del Frente. 

¿Cómo fue sacarse a la Loca del Frente de encima, salir del personaje?

–Yo creo que hay tres momentos en que yo he tenido una especie de catarsis importantes: con Tony Manero, El club y con la Loca del Frente. Son tres películas que yo terminé y tuve una dificultad y una travesía emocional fuerte para abandonarlos y recuperarme. No dramática, no histérica, pero habiendo estado tanto tiempo en esos personajes no fue fácil cortarme y desteñirme el pelo, sacarme las uñas, las tetas. Fue un proceso. Recuerdo exactamente que la última escena que hice de Tony Manero fue la del baile, la de la competición, imagínate. Terminamos todo el rodaje, vinieron los aplausos, los regalos, me fui a desmaquillar, a tomar un café y me puse a llorar. Lloré mucho, de emoción. Es una vida la que uno transita, esto nunca ha sido un juego para mí. Entonces, hacer todo el duelo que implica dejar un rol que uno ha metabolizado es complejo, y el de la Loca del Frente fue mi último duelo. Y espero, de verdad, que no sea el último.


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