Acerca de Zapatos de gamuza y Amores perros

los zapatos de gamuza -ljm-

 

Por Rosa Alcayaga

Convencida, tal como señala Roberto Bolaño, en una de sus entrevistas, que lo importante es que el crítico literario, aunque no me reconozca como tal, se asuma como lector y, en tanto lectora, propongo diversas lecturas. Mi acercamiento al poemario LOS ZAPATOS DE GAMUZA. Crónica de la muerte de Luis González es desde la hermenéutica literaria contemporánea. Como lectora coincido en que ningún texto puede considerarse comprendido de una vez y para siempre.

El poeta Felipe González Alfonso nos propone este poemario como una crónica. Como toda crónica, remite a hechos. Pero este no es cualquier hecho. Se trata del asesinato del abuelo del poeta, que muere a los 27 años de edad. Su nombre es Luis Humberto González. Asesinato del abuelo: año 1961.

En este poemario, sostengo que el año 1961 actúa como eje articulador del relato; su objetivo, al parecer, es transgredir la linealidad del texto-tiempo y para ello la fecha indicada oficia de nodo. Me recuerda la película Amores perros, en donde alrededor de un accidente, como punto de inflexión, fragmentos de historias de distintos personajes, unen sus vidas en la desunión, encontrando sentido en torno a un hecho y/o espacio-tiempo determinado. Personajes como el ex Presidente Jorge Alessandri Rodríguez, la vedette Xenia Monty, el escritor Ernst Hemingway, el poeta Ernst Walsh y el premio Nobel Bertrand Russell desfilan por las páginas del poemario de Felipe González Alfonso con una muy buena y escogida dosis de humor que despoja al texto, hasta cierto punto, de la gravedad que reviste un hecho dramático como es un asesinato. El caso no fue resuelto. Entonces, las páginas amarillas de los diarios, que sobreviven entre los cachivaches de la abuela, fueron el punto de partida del poeta-investigador que quiere encontrar a los culpables y, en este poemario, nos sugiere algunas pistas.

AÑO 1961. Ese año el ex Presidente Alessandri Rodríguez, en las elecciones parlamentarias, pierde su poder de veto, y el poeta con su poema “Isidora Zegers jode con Alessandri en el puente de Melipilla” (p.27), en su primer verso dice “Jorge Alessandri está furioso”, ¿por qué? El filósofo y pacifista Bertrand frisando los 90 de edad, ese mismo año fue encarcelado por incitar a la desobediencia civil en Londres, el poema dice “Bertrand Russell incita a la violencia en las calles de Londres” (p.35) y, en el primer verso, de la segunda estrofa, “El Sr. Russell invita al público / a tomar el toro por las astas, / llegar a las manos si el caso lo amerita”. Y en un guiño a la renombrada Xenia Monty, famosa vedette que trae los vientos de la Nouvelle Vague, movimiento que nace en los 60, a la que en Chile le robaron su costoso abrigo, el poeta titula “Xenia Monty sufre un robo en la boîte El Buque” (p.41), y en sus versos, “quién te hubiera visto en la Nouvelle Vague 61 / o en el Folies Bergère en París.” (p.43).

Por último, el escritor Ernst Hemingway que se suicida un 2 de julio de 1961. En el poema “Un nieto de Luis Gonzáles divaga sobre Hemingway en el jardín del Luxemburgo” (p.57), el autor provoca el encuentro entre tres personajes, el abuelo Luis González, Hemingway y el poeta Ernst Walsh. La pista está dada por el propio Hemingway cuando en su libro, “Paris era una fiesta” (1960), acerca del poeta Ernst Walsh dice “le miré y vi su expresión de marcado para la muerte”. ¿Y el abuelo? Acerca de su destino, González Alfonso, a modo de paráfrasis, escribe “Luis González / sin ir más lejos / estuvo marcado para el desastre” (p.59).

Felipe Gonzáles Alfonso se nos presenta, en este poemario, con su carta de navegación, así, en el poema “Poética del crimen” (p.61), él escribe: “Qué tipo de adjetivos se deben usar / para hacer el poema de un muerto / sin afectaciones / fuera de la vanguardia / y de los nuevos panfletos.” (p.63). Diríamos que él no adscribe a la vanguardia ni a los panfletos, ni a los relatos totalizantes y sacros que mostraban el camino y ensalzaban ciertas utopías. Ya no estaríamos en la época del “bardo y del chamán”, como dice José Emilio Pacheco y, ¡quizás! como él, González Alfonso aspira a una poesía “más próxima al transeúnte de las calles citadinas”.

 

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