Volver a Buenos Aires

Fotografía: Alejandra Delgado

Fotografía: Alejandra Delgado

Por Paula Aravena*

Veinte años llevaba imaginando cómo sería volver a Buenos Aires. Planifiqué el viaje en una libreta que completé durante ese tiempo con datos extraídos de mi vida personal y cartas de mis padres. Desde que tenía 10 años no volví a pisar esa tierra y las historias que cuentan mis familiares, sólo en algunos casos, se ven unidas a mis recuerdos. Al proponerle a mi compañera de viajes este destino, y en parte mi intención, esta solo puso una condición: “Yo te acompaño a tu barrio, si me acompañas a la Bombonera, sin mala cara”. Me pareció un trato justo.

La mañana del vuelo buscando un libro que acompañara mi camino, encontré una frase que me removió: “No se debe volver al lugar donde se fue feliz, porque esa es la manera de comenzar a perderlo”. La aseveración me llenó de miedos. Siempre creí que al pisar las famosas callecitas de Buenos Aires, ese qué se yo, podría poner en contexto las imágenes y sonidos que muchas veces venían a mi recuerdo. Ante la posibilidad de no encontrar, sino de perder, decidí no llevar el libro, sentí que podía ser un amuleto de mal augurio.

Los dos primeros días paseamos, al igual que cientos de personas, por algunos barrios clásicos como La Recoleta, Belgrano y Palermo. Observamos que en cada esquina aumenta la posibilidad de expresar su historia viva. Garzones, choferes y guías, todos con gran pasión nos explicaban la situación argentina y quiénes eran los responsables. Una garzona de una pizzería nos aseguró que “lo que se dice y se sabe de Buenos Aires, ya no existe, esta es una nueva ciudad, la otra hace más de 10 años que desapareció”. Ante nuestra mirada de duda reafirmó: “es el sentir el que cambió, seguimos haciendo casi lo mismo, si vos caminás, los salones, y teatros están llenos, pero ya no somos los de antes”. Sabemos que no nos hablaba de los datos clásicos, Buenos Aires sigue siendo la capital de Argentina, es el principal núcleo urbano del país y su población continúa siendo la segunda más grande de Sudamérica, pero el corralito y otras crisis generaron que el sentir de algunos habitantes se transformara.

El tercer día, durante el almuerzo, le comenté a mi amiga que prefería ir a Quilmes, al barrio de mi infancia, lo más pronto posible. Pensé en el análisis de la garzona y me llené de ansiedad. Sabía que la ciudad había cambiado, pero no era ese cambio el que me asustaba. Me pregunté si quizás era yo o mi recuerdo el que se había modificado. Las personas, las ciudades y los recuerdos no son inmunes al paso del tiempo, por tanto pueden transformarse. Quizás eso es lo que me angustiaba y quería saberlo pronto. Antes de salir, un mensaje nos detiene el tiempo, nos informan que un amigo ha muerto. Salimos, caminamos sin rumbo y recordamos. Nos damos vueltas por Rivadavia, Corrientes y 9 de Julio, calles que captan su esencia, con muchas tiendas de recuerdos, equipos de fútbol, libros y en cada esquina, arbolitos, personas que de manera clandestina, pero visible ofrecen cambio de dólar a quienes quieran un precio conveniente. Son calles de paso y distracción. Cada uno de esos elementos conformaron su vida, siempre rodeado de mucha gente, con más presencia en el pasado que en el presente, con una pasión única por el equipo de sus amores y una vida llena de acciones ilícitas que realizaba a la luz de sus días.

Nuestro viaje continuó, pero su itinerario se modificó por completo.Perdimos la noción del tiempo y decidimos dejar la planificación de lado. Sentimos a Buenos Aires entrar en nosotras sin su celeridad habitual, caminamos en cámara lenta, sin destino, cambiamos los colectivos por el tren y fue a esa velocidad que recreamos los años junto a él. Entendimos que su historia no era igual a nuestros recuerdos, puesto que éstos estaban marcados por un profundo cariño. Nos pareció que el enterarnos de su muerte en Buenos Aires fue muy poético. Siempre pensamos en viajar los tres, pero nunca lo hicimos porque su amor no correspondido, por mi compañera de viajes, podía causar algún conflicto.

No quise ir a Quilmes a recomponer los pedazos de mi memoria infantil. Sentí que no era necesario, porque no son las calles o las casas quienes construyeron esa historia, fueron las personas y vivencias, que, al igual que la vida de mi amigo, estaban marcadas por el cariño. Y eso me bastó. Quizás para otro viaje u otro recuerdo, requiera algo más de concreto.

A pesar de esto, sí cumplí la promesa y fuimos a la Bombonera. Para mi compañera de viajes, amante del fútbol, ir al museo-estadio de uno de los equipos más representativos de Argentina fue una experiencia inolvidable. Para mí fue una conexión más.

Al volver a Chile, tomé la libreta que había preparado y, al repasar los apuntes, entendí que la frase que me atemorizó antes de viajar no me parecía tan certera, puesto que volver a los lugares donde fuimos felices nos hace resignificarlos con los cambios que hemos tenido, nuestros recorridos, personas y vivencias En mi caso, Buenos Aires ya no es solamente parte de mi infancia, es mi amigo y una alianza, es caminar por calles conocidas, pero vistas de una nueva forma. En definitiva, es encontrar.

*Participante del Taller de Escritura La Juguera Magazine

 

 

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