Una pandemia llamada extractivismo

«Es tiempo de recuperar la salud, con toda la potencia imaginativa posible. Esta pandemia puede ser una oportunidad para ejercer presión desde diferentes frentes y a lo largo del tiempo: a favor de una salud pública de calidad y subsidiada, en defensa del intercambio libre de semillas, a favor de la des-privatización de las vacunas, a favor de proteger los menoko Mapuche, contra el uso de pesticidas que nos enferman y contra el uso de animales en la farmacéutica …”

Río Chaihuin, Wallmapu/Chile.

Texto y fotografía por Montserrat Madariaga Caro
Ilustraciones por @uglylittlerose

A ratos parece una película apocalíptica de Hollywood. Esa escena donde lxs protagonistas ven en la pantalla a alguien que con voz autorizada nos recomienda no caer en el pánico. Pero la palabra “pandemia” no hace más que recordarnos nuestra fragilidad humana. Las emociones reinan y reaccionamos de maneras diversas: negación, angustia, carpe diem, pragmatismo, adrenalina, melancolía. Nuestra posición en la escala de privilegios se ha vuelto más visible. ¿Quién puede teletrabajar y quiénes están obligades a seguir expuestes en la calle? ¿Quiénes están sistemáticamente al cuidado de otres? ¿Quiénes tienen salud privada, quiénes salud pública en Chile? ¿Quiénes se sienten libres de violencia en sus casas? Y no, no es lo mismo ser una persona trans en medio de la crisis que ser hetero y cis. O tener ciudadanía que ser “indocumentado”. El virus nos afecta a todes de formas muy desiguales y eso es político. 


En Chile, el Presidente y sus ministros toman medidas que protegen más a la economía del país, a las grandes empresas y al 30% más rico del país, que a la gran mayoría de lxs trabajadores. Acaban de declarar “toque de queda” por las noches, como si el virus fuera sólo noctámbulo, como si la gente no estuviera en riesgo cuando se traslada a sus trabajos. Mientras, en sólo 13 días pasamos de la fase 1 a la 4 y los números oficiales son 632 personas contagiadas y 2 fallecidas. En esta crisis, la sociedad civil con acceso a información global ha sido más responsable que el gobierno. De voz en voz, ha corrido una campaña solidaria de prevención, #QuédateEnCasa, y no por el bien individual sino por el bienestar colectivo. El Colegio Médico demanda transparencia al Ministerio de Salud y en redes sociales se exige #CuarentenaNacional y mejores medidas estatales que protejan la estabilidad laboral y económica de las personas, incluyendo a quienes trabajan a honorario. Esta pandemia se nos junta con la peor crisis de representatividad desde el regreso a la democracia, con todo lo vivido desde el 18 de octubre de 2019. Y es que el problema en muchas naciones no es solo la rápida expansión del virus y su tasa de mortalidad, sino la precarización de la vida que estructuralmente ejerce el modelo económico neoliberal y el colonialismo de Estado.

Desde una perspectiva global, nuestra existencia depende de la ciencia médica, de la industria farmacéutica y de las decisiones que tomen quienes nos gobiernan. Pero cuando la pandemia se maneja como un asunto de “seguridad nacional” se profundizan las lógicas competitivas del capitalismo colono. ¿No es acaso el colmo del racismo que el presidente de Estados Unidos hable del “virus chino”? Pero no todo es dependencia y estadísticas. Cada vez toma más fuerza la micropolítica que surge desde lo cotidiano y lo colectivo. Su poder transformador es evidente en Chile desde el estallido social del 18 de octubre y esa energía me lleva a escribir sobre una enfermedad tóxica que lleva siglos haciéndonos daño y de formas en que podemos hacerle frente.

Necrofilia colonial

¿Cuál es el origen de la ciencia por la que compiten actualmente los Estados y las corporaciones? La ciencia comienza con la observación del entorno natural, con el estudio de la vida. Llega un momento en que esa observación se convierte en una pregunta y una respuesta posible o hipótesis. Los remedios, tanto de la farmacéutica convencional como de las medicinas indígenas y de otras llamadas “alternativas” se crean a partir de vidas vegetales y microorganismos. Y en el caso de la medicina occidental, son probados en animales. En otras palabras, dependemos de vidas no-humanas para estar sanxs. Pero, el comercio global moderno, que comienza con la colonización en el siglo XVI, no ha hecho otra cosa que explotar y deteriorar aquello que nos sostiene, la vida en sus diferentes formas. 

Los imperios, los Estados nacionales y las corporaciones han practicado por siglos el extractivismo: la extracción de recursos naturales de forma intensiva y no sustentable en un territorio para su disposición en el mercado capitalista global. Así, este sistema colonial destruye múltiples vidas y la cadena de producción de vida. Se arrasa con árboles, minerales, peces. Se arrasa con entidades orgánicas e inorgánicas según la industria a la que sirva. La escisión es profunda: La naturaleza, el medioambiente es reducido a un conjunto de bienes de consumo o recursos económicos. Y, ojo no para todes les humanes. No olvidemos que para los imperios europeos las personas que habitaban (habitan) los territorios conquistados no tenían la misma “calidad” racial. Hoy se sigue desplazando y empobreciendo a grupos humanos en beneficio del “progreso”. El extractivismo, como plantea Macarena Gómez Barris en el libro The Extractive Zone, es un sistema económico “que organiza violentamente la vida social así como la tierra, por medio del robo de recursos en territorios indígenas y afro-descendientes” (mi traducción). Por si esto ya no bastara, su ideología es profundamente patriarcal: naturaleza, mujeres, indígenas, disidencias–respecto al colono–son vidas salvajes que están por debajo del hombre (como categoría ideológica).

En definitiva, el colonialismo y su capitalismo extractivista alteran la comunión y comunicación entre las vidas de un ecosistema que forman un lugar, un hogar, incluyendo a las personas humanas que habitan los territorios y son parte de esas comunidades bio-diversas.  Este daño es algo que científicos occidentales están estudiando como posible origen de las epidemias. Por ejemplo, según el New York Times, Estados Unidos financia un proyecto llamado Predict que reúne a veterinarios, biólogos y médicos expertos en epidemias para estudiar la “ecología de las enfermedades”, el origen medioambiental de los padecimientos humanos. Una de las conclusiones de este grupo de científicos es que las enfermedades del último tiempo son el resultado de la intervención humana en lo que llamamos “naturaleza”. En el mismo reportaje, el experto en el tema Peter Dszak, presidente de EcoHealth dice que “Cualquier enfermedad en los últimos 30 ó 40 años ha sido resultado de la invasión a tierras silvestres y cambios en la demografía” (mi traducción). La relación entre el extractivismo y el Coronavirus no es comprobable todavía. Sin embargo, son cada vez más los científicos de la medicina moderna que apunta a la deforestación, la industria del monocultivo y el tráfico de especies como causales de las enfermedades virales (ver artículos en National Geographic, Anfibia, WWF). Cada enfermedad viral tiene una narrativa diferente de su origen y hay más factores que considerar en su rápida propagación, como el uso intensivo del transporte aéreo (¿una explotación del cielo?), pero no podemos hacer oídos sordos de esta conexión entre extractivismo y enfermedades humanas.

Todo esto es algo que la mayoría de los pueblos de Abya Yala (nombre que se usa para visibilizar a los pueblos indígenas de América) nos vienen diciendo a nosotres los invasores por siglos: cuidemos el agua, la tierra y sus vidas. Recordemos que las enfermedades han sido una aliada colonial en el exterminio de gentes. La viruela traída por el imperio español a América, por ejemplo. Cada vez que se deforesta parte de la selva amazónica, cada vez que se ocupa el mar de vertedero por parte de la industria pesquera, como sociedad aún colonial nos disparamos en los pies. Pero contra este modelo disfrazado de democracia no hay alarma mundial, no hay movilización de los aparatos estatales, no se llama a la paralización ni a medidas extremas. ¿Cómo no ver la necrofilia del colonialismo actual y su misoginia en los asesinatos y muertes misteriosas de mujeres que defienden la tierra en América? Macarena Valdés en Chile/Wallmapu y Berta Cáceres en Honduras, por mencionar dos casos emblemáticos.

Micropolítica como potencia creativa y de resistencia

La tierra se mueve mientras escribo. Es un temblor que me recuerda una vez más que co-dependemos del territorio vivo. Es un llamado de atención, un “es hora de parar”, o quizás un augurio de muchos temblores emocionales colectivos que vendrán en este periodo. 

Para mí es evidente que el Chile movilizado está bajo amenaza y no sólo por el virus. La higenización del estallido social comenzó el 19 de marzo, 2020, en la Plaza de la Dignidad de Santiago (ex plaza Baquedano), con la capa de pintura que borró todas las consignas de lucha escritas sobre la base del monumento al general Baquedano, un militar que encarna los valores coloniales de la elite criolla. También, “limpiaron” la historia indígena del estallido removiendo las tres estatuas de madera—una representaba a un chamán del norte, otra a un espíritu Selknam y la tercera era un Domo Maüll Mapuche—que el taller de escultura Pillan Mamüll instaló ahí, junto a un cartel que decía “Genocidio colectivo originario”.

Es muy cierto que si nos reunimos a protestar, aumentará el número de enfermos, y, por lo tanto, de muertes. El virus es real y es letal. También lo es la pauperización del sistema de salud chileno y esa es una de las razones del estallido social. Por eso la política “desde abajo” continúa. Una alianza de la Primera Línea de Plaza de la Dignidad, aquella que los conservadores llaman lumpen y acusan de saqueadores (no es verdad), han escrito un comunicado llamando a quedarse en casa: “Como primera línea nuestra misión es cuidar del resto”, afirman. Su argumento para guardarse es que sanos se puede seguir luchando y se puede ir a votar. Esta es una demostración de micropolítica, de reflexión colectiva, que prueba la madurez de les que luchan ante un gobierno acostumbrado a infantilizarnos. 

Silvia Rivera Cusicanqui, activista y pensadora autodenominada ch’ixi (algo así como mestiza aymara) de Bolivia, en su libro Un Mundo ch’ixi afirma que la micropolítica está en las acciones cotidianas que van a contracorriente de las lógicas del sistema colonial-neoliberal y así lo van fisurando. Son “constelaciones impensadas”, dice, “sobre todo la eclosión de comunidades de vida que se inspiran en epistemes indias, ecologistas y feministas”. Así, otro foco de activación de micropolítica contra la necrofilia colonial en Chile fue la protesta realizada por trabajadorxs del mall Costanera Center en Santiago, el 17 de marzo, reclamando el cierre del centro comercial. “Nuestra salud está en riesgo”, decía uno de los letreros. Quizás sin estallido estas personas no habrían tenido la valentía de organizarse, usar los medios de comunicación y las redes sociales para ejercer presión y lograr el cierre. 

También es micropolítica el Plan de Emergencia de la Coordinadora Feminista 8M, su llamado a una huelga general productiva (pueden seguir los hashtags #NuestroCuidadoSobreSusGanancias y #CuarentenaTotalConDignidad),su llamado a crear catastros barriales de las personas en riesgo y de las personas con formación médica, su llamado a crear herramientas para lidiar con las violencias cotidianas. Asimismo, es micropolítica el formulario que creó La Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres para ayudar a las personas expuestas a la violencia patriarcal a tener un plan de acción. Y es micropolítica el comunicado de MapuExpress que adapta los consejos del mundo wingka al mundo Mapuche en español y mapuzugun

Mi esperanza está en que este periodo de distanciamiento físico y cuarentena fortalezca las demandas colectivas por una vida más digna. Al menos en Chile, ya hay signos de que así será. Asimismo, es una oportunidad para plantearnos nuestra relación con la salud y la enfermedad en términos de una justicia social que incluya toda nuestra realidad bio-diversa: que además de luchar por una salud pública de calidad y accesible, tracemos la línea del colonialismo al extractivismo, a los virus letales. Esto implica conocer, reconocer y apoyar las luchas de muchos pueblos indígenas en resistencia. No solo alzar la bandera Mapuche en las marchas chilenas, sino ir a las causas de sus luchas, reconocer el colonialismo actual y nuestras complicidades.

Es tiempo de recuperar la salud, con toda la potencia imaginativa posible. Esta pandemia puede ser una oportunidad para ejercer presión desde diferentes frentes y a lo largo del tiempo: a favor de una salud pública de calidad y subsidiada, en defensa del intercambio libre de semillas, a favor de la des-privatización de las vacunas, a favor de proteger los menoko Mapuche y sus plantas-remedios, contra el uso de pesticidas que nos enferman y contra el uso de animales en la farmacéutica. Por favor, lectrxs, inserten aquí __________ y aquí _____________ y aquí _____________ sus ideas. Que este encierro sea fértil en micropolíticas, que nuestra cotidianidad sea despierta y no sumisa, que se nos revelen aún más las cadenas de opresiones de las que tenemos que liberarnos y comencemos a sanar colectivamente—todas, todas las vidas— por fin.

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