Una noche en “la Aníbal Pinto”

“Triste futuro, triste lugar, testigo mudo de una guerra sin final…”  [La Polla Records]

Kim Dorland

Kim Dorland

Escribe Karo Torres

En la madrugada del sábado 1 de Abril del 2017 (entre 12 y 1 am) asesinaron de una puñalada a un joven de 19 años frente a la Plaza Aníbal Pinto de Valparaíso. Durante el momento que intentaron reanimarlo, los “lugareños” seguían alcoholizando las horas y festejando, mientras daban vueltas con la indiferencia propia de nuestro tiempo.

Esa noche salí con un grupo de amigas, nos encontrábamos muy cerca de lo ocurrido. Quedamos impactadas ante la frialdad de una ciudad que se hunde, y ante la fragilidad que expone nuestros fracasos como seres humanos.

“La Pinto”, como es conocida entre la juventud porteña, hace años se convirtió en un caos lleno de exceso en espera de ser consumido. Devorada por la esquizofrenia propia de una ciudad sin diagnostico serio, este lugar es el paraíso de la fiesta permanente y desquiciada. El desplome comienza temprano y el trabajo de los vendedores ambulantes es mantenerte idiota de forma ahorrativa, (consentidamente, por supuesto), es decir, borracho o drogado hasta que algún mareo te tire a piso. Con esa premisa a cuestas, se podrán imaginar el catálogo sublime de lo que allí se propaga.

En nuestra realidad, la inmediatez se extrapola al quehacer más nimio de nuestra vida, se busca con desesperación algún “efecto” que no se agote, fácilmente accesible y violento, supeditado por los placeres del “yo” y del “derecho” a desquitar la rabia. Creo que, en vez de realizar juicios de valor al respecto, hay que reflexionar en torno a estas temáticas.

Dan Cretu

Dan Cretu

El cuerpo de Camilo Navea fue cubierto por un nylon celeste, custodiado por Carabineros y varias patrullas que se fueron sumando durante la noche. Se corría el rumor que había sido asesinado por un vendedor de sopaipillas, pero ya nada de eso importaba.  Los mirones y borrachos se fueron disipando hasta instalarse en el sector de Bellavista y sus alrededores. La música de una discoteque cercana se oía en la calle. Mientras, las pantallas mostraban antiguos pasos de baile. En la pista del bar un especial de Smashing Pumpkins regalaba frases al aire: “The killer in me is the killer in you”, se escapaba como coro proyectado a través por las ventanas, cayendo lejos, en algún silencio extraviado de la muerte. En la segunda sala una mezcla de ritmos que sumaban a Michael Jackson  y Die Antwoord, completaba la fiesta.

En algún momento “La Pinto” quedó irreconocible, casi vacía. El resumen de la decadencia se condicionó a un plástico celeste. La persona bajo su protección había quedado como parte del paisaje nocturno, convertido en rumor.

Frederick Hart

Frederick Hart

El recordatorio de que la vida de alguien había sido arrebatada con violencia y sin sentido (a escasos metros de distancia) no me dejaba tranquila. Pensaba en su familia y en la circunstancias, en las coreografías dichosas que seguían existiendo en los antros próximos a la tragedia.  Me preguntaba “¿Y los amigos de Camilo a dónde fueron?”

En medio de la oscuridad lo divisé, se trataba de un joven vestido al estilo punk. Caminaba y retrocedía en línea recta, denotando desesperación y pena. Miraba en dirección hacia el cuerpo inerte de su amigo fallecido, vigilado por la institucionalidad y la indiferencia. Lo vi llorar, se tapaba el rostro con el brazo, iba sin rumbo y sin compañía.

Mi amiga Noe fue la primera en acercarse y prestarle apoyo, luego la seguí. Me conmovió mucho su rostro. Los pocos años a cuestas relucían en su expresión y lo hacían parecer aún más niño. Nunca olvidaré la mueca de incredulidad bajo el rudo maquillaje de sus ojos. Me acordé de mis años de rebeldía, cuando el ímpetu de cambiar al mundo se empareja a un estilo musical; tiempo en que los amigos lo son todo y las aventuras callejeras se viven con diversión. Ese espíritu disconforme  estaba allí, pero había sido destruido en segundos inexplicables. Valparaíso puede masticarte y devolverte convertido en bulto.

Me conmovió mucho su perdida y las futuras implicancias emocionales. Le pegó algunas “quemadas” al cigarrillo de la Noe y siguió caminando en dirección al puerto. Lo volví a ver un rato después, llorando desconsolado junto a una mujer, abrazados.

Cuando eran las cuatro y media de la mañana, todo seguía en el mismo lugar, pero esta vez, se había aglomerado un grupo de gente. Algunos interpelaban a carabineros y arrojaban objetos que encontraban en la calle, querían abrazar al amigo caído, patear la rabia, comprender tanta fragilidad.

Camilo murió asesinado en “La Pinto”. Una pareja que iba pasando por el lugar, se sacó una “selfie” muy animada con la patrulla y el nylon de fondo, al día siguiente recuerdan entre risas el momento. Suben la fotografía a Facebook, obtienen “likes” y comentarios. Es un buen día para ellos.

Esa madrugada caminé decepcionada de regreso a casa.

Siempre la fiesta ha sido una mentira.

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