Un día después

Por @valosa
Foto: Paula López Droguett (de la serie Deseo)

Hace una semana me tomé la pastilla del día después. Por tercera vez en mi vida. La última fue hace dos años, cuando tenía 26. Escapel-1. Era un sábado de agosto, recuerdo. Ese día sacudí la cama, le cerré la puerta a mi compañero de aquella noche, y caminé sola hasta la farmacia que quedaba justo al frente, a dos cuadras de ahí. Entré. Había gente, pero no tanta. Me acerqué al mesón y dije entre mis dientes: “La pastilla del día después, por favor”, mirando al suelo. Probablemente con la cara roja. Avergonzada sintiendo el tabú en mi cabeza.

Recuerdo que seis años antes de ese momento, cuando apenas había vivido el sexo, esperaba en el estacionamiento de una farmacia en Viña del Mar. Venía saliendo de Urgencias del Hospital Fricke. Horror. Había llegado confundida, acompañada por una amiga, sin plata, para que me quitaran de adentro un condón. De mi útero. Había estado muchas horas ya en mi cuerpo, mi organismo. Ante el riesgo, debía adquirir la pastilla.

Esa vez tuve síntomas después de tomarla. A días de ese paso por el hospital y luego a la farmacia, viajé a Valdivia por la universidad. Un gran congreso de estudiantes se llevaba a cabo, y en medio de las conferencias, me escapaba al baño. Mareo. Vómitos. Hormonas: Escapel se hizo sentir desestabilizando mi pequeña estabilidad.

Hace una semana salí del trabajo como cualquier otro día. Eran las 6 de la tarde. Salí caminando de la institución católica que me da pega (irónico, pienso), avancé unas cuadras hasta encontrar una farmacia. “Ojalá una piola”, pensé. Pero no, era una farmacia de una gran cadena, en un mall céntrico de Valparaíso. Hora peak. “Seguro estará llena. Tengo 28 años, todo va a estar bien, no debo avergonzarme”, rezaba en mi mente. Nuevamente una ironía (¿o tal vez no?): rezar.

Me acerco al mesón y esta vez lo digo fuerte y claro, como la mujer convencida y segura que expresaba ser. Total, ¿qué tanto con tomar la pastilla del día después?, me repito para mis adentros.

-Una pastilla del día después, por favor.

-¿Y algo más?

Unas toallas desmaquillantes. Eso.

Los primeros días no me atreví a decir que me la había tomado, ni que me la iba a tomar. ¿Debía compartirlo? En mi pecho sentía que sí. Pero el malestar y las hormonas me llevaban al rezo y el rezo me llevaba a la culpa. Todo estaba bien, hasta que comenzaron los síntomas: mareos, hormonas, asco, sangre, hambre, sueño. Nada grave.

«Creo que me la voy a tener que tomar», le había contado a una amiga antes. «¿Pero qué hiciste? ¿¡Lo hiciste sin condón?! me dice ella.  Yo intento aclarar(me): «No. Bueno, un rato… No lo sé. Hubo condón, pero después no, y entonces…»

No podía quitarme de la cabeza que el malestar que estaba sintiendo y que quería compartir a cambio de un poco de comprensión, de empatía, de un “¡ánimo!” cuando las hormonas juegan en contra, era mi culpa. Que tenía que ser muy hueona para estar pasando de nuevo por esto. Que la última vez que lo hice me dormí casi toda una semana, cansada de lo que pasaba dentro de mi cuerpo. Que los adultos que se conocen y respetan y no tienen pareja fija siempre ocupan condón. ¡Mentira! ¡Todos quieren «tirar» un rato sin condón! Y yo lo hice. Fue sólo un poco, sólo un roce. No estuvo bien, por muchísimas razones (mayoritariamente de salud), pero en ese momento lo quise hacer. En ese momento, con consentimiento, pero bajo la influencia del alcohol y de la calentura, pensé por un mini instante que terminaría comprando la pastilla, que terminaría sangrando a destiempo y desordenando mi ciclo.

No está bien tirar sin protección. Es un auto cuidado emocional también. Cuando compré las pastillas, mi contraparte se manifestó preguntando cómo estaba, y con una transferencia a mi cuenta. Así “se haría responsable”.

Ayer me sentía sensible y perdida, hinchada. Incómoda. Por eso le escribí para contarle lo que me pasaba. Para decirle que tenía desordenado el cuerpo, y la vida, y que – por sobre todo – tenía hambre. Que funcionaba normal, pero la pastilla se había apoderado de mi cuerpo (y hormonas) esta vez. Que no quería alegar, sólo quería hablarlo. Lenguajearlo.

“Perdón. Es mi culpa”, leo en la pantalla del celular como única respuesta.

¡No quiero apuntar culpables! Compartir estas cosas es exponernos a que nos apunten con el dedo como si nunca nadie se tomara una pastilla para contrarrestar un error, un descuido. Un descuido proveniente de una cuerpa adulta que conoce las consecuencias.

Hay un demonio en torno a la sexualidad. A tener sexo, o no tenerlo. Hacerlo mucho o poco, dejar que te lo hagan. Hay demonios en torno a la protección y en torno a los anticonceptivos. En torno a la menstruación. En torno al aborto. Y también, a la pastilla del día después.

Creo que todas tenemos el derecho de querer buscar empatía cuando hay algo extraño pasando en tu cuerpo, sea pequeño o grave. Pero no siempre hay tolerancia para eso.

Obvio que no. Obvio que quiero hacerlo sin condón muchas veces de nuevo, con todos. Obvio que no, que no quiero más tomar esa pastilla.

Pero esa conclusión, siempre me llega un día después.

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