Un día cualquiera por Plaza Echaurren

 

Fotografía de Jorge Severino.

Por Gabriela Olea Alcántara*

A la altura donde casi se juntan los Cerros Alegre y Cordillera, me subo a la micro “O” con destino a la Plaza Echaurren, quizás el mayor baluarte del barrio puerto de Valparaíso. El ondulante y estrecho camino cintura no tarda en aparecer, envuelto por casas de todos los tamaños, colores y materialidades y en todos los estados posibles (incluyendo el de ruinas). En el camino además veo un área verde que vecinos luchan por convertirla en parque: “Un Parque en Camino Cintura” dice un cartel. También diviso el auditorio Guillermo Bravo, centro deportivo y cultural que anima el barrio. Observo quebradas que llevan cursos de agua y me pregunto si serán aprovechadas. De tanto en tanto, también salpican a mi vista banderas verdes desteñidas por la intemperie. En eltrayecto me cruzo con el centro comunitario TAC, la hace tiempo remozada Población Obrera, varios negocios de barrio, un par de iglesias, escaleras diversas, algunas de aspecto triste, otras muy intrincadas y exóticas; múltiples calles en pendiente, vegetación típica de cerro. Todo aquello con el mar como telón de fondo en el mediodía de un frío, pero soleado día invernal.

Me bajo en la Plaza Echaurren, justo a un lado de la estrecha calle Castillo, una por donde los vehículos que suben se deben turnar con los bajan mediante un necesariamente coordinado semáforo.

No importa cuántas veces visite este sector del Barrio Puerto, siempre y de alguna manera se transforma en un hilo conductor que me lleva a la infancia: El conjunto habitacional San Francisco, donde visitaba a mi tía Betina y a mi tío wanderino desde siempre y de corazón, los juegos en las afueras con varios niños, entre ellos, mis primos. También recuerdo las mañanas de compras en el sector donde se podía encontrar de un cuánto hay, las conversaciones de mi madre, la gente que le recomendaba ir a La Bandera Azul; las prietas y embutidos de Sethmacher que compraba mi“abueli”.

Recorro la plaza sin prisa, pero activamente. Un retén móvil de punto fijo se encuentra en medio de ella. Miro cómo un improvisado guía turístico de la tercera edad conversa con un hombre también de edad avanzada a quien lo acompaña su hija y que según escucho, hace tiempo que no visitaban Valparaíso, a pesar de sus orígenes porteños. Él le comenta al anciano que ese sector siempre ha sido bravo. El “guía” le responde que ahora los cuidan los carabineros. Yo solo veo que estos hacen de orientadores turísticos de vez en cuando, respondiendo las preguntas de familias paseantes por el sector.

Estatua de Jorge Farías. Fotografía de César Pincheira.

Circundan la plaza un par de farmacias, un par de carnicerías, una botillería, un local de pizzas, la peluquería y barbería “Don Luis”, un centro de llamados y recargas telefónicas, un bazar que vende de todo un poco, un supermercado y los ya míticos e históricos locales La Bandera Azul, el Mercado Puerto (aún esperando ser abierto al público) y el legendario Bar Liberty, que a esta hora del almuerzo ya anuncia su menú de porotos con riendas y ensalada por $2.500. En la misma plaza, grupos de ancianos conversan animadamente. La estatua manca de Jorge Farías es rodeada por mucha gente que circula por aquí. Y de palomas, muchas palomas que se agolpan buscando comida.

Me dirijo al supermercado para comprar algunas pocas cosas y me llama la atención que la mantequilla no esté en la góndola de las margarinas, sino que más escondida. También compro café y me encuentro con todos los tarros sin su tapa. Me avisan que la entregan en Servicio al Cliente pues se las roban los pastabaseros. Guardo los productos en mi bolsa y al salir me empuja un hombre joven que se marcha apurado con embutidos escondidos en su chaqueta, pero que entrega a los guardias de la puerta junto con algunos garabatos.

Antes de irme, compro verduras en un puesto atendido por una mujer de raza negra, quien saca la cuenta velozmente. Luego en Sethmacher pido prietas. Me las envuelven en el mismo papel color crema de siempre.

En la esquina de la mítica calle Serrano tomo de vuelta la micro “O” de regreso a casa. Me subo a una máquina verde. Verde sus asientos, sus tapices, su piso. El Wanderers presente con su insignia en todos lados. Valparaíso y su Barrio Puerto mostrando su cotidiano un día cualquiera a mediodía, con sus paisajes y postales vivas cargadas de identidad y personalidad.  

Hago el camino de vuelta, nuevamente serpenteando, ondulando, mirando quebradas y casas amontonadas, transitando imaginariamente por cada escalera y calle dibujada en pendiente. Siento que me gusta mi ciudad. Intrincada, laberíntica e imperfecta.


*Participante del Taller de Crónica.

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